sábado, 24 de agosto de 2019

KERIDO ODIARIO: LA MIERDAMÚSICA

Te odio con el odio de la ilusión marchita
Amado Nervo

La "mierdamúsica" es un ente con identidad propia. Me acecha, me persigue, se adelanta a mis propios pensamientos y aparece allí donde menos me lo espero.
Mi vecino de abajo canta a voz en grito. Nos dedica, con disciplina militar, tres pases diarios; al amanecer, a la hora de la siesta y a las dos de la madrugada.               Lo suyo no podría denominarse exactamente “mierdamúsica”. Se trata, más bien, de una mezcla de copla ultrasónica, dementes tarareos de grandes éxitos de los ochenta, alaridos de hombre lobo y el canto de cortejo del periquito australiano. Mi vecino es un enfermo mental. Lo sospechábamos todo el vecindario y él mismo nos lo corroboró describiéndonos el término médico de su enfermedad: “yo lo que estoy es como un cencerro”.
Un día, me lo encontré en el rellano de la escalera e intenté convencerle de que, tal vez, cantar no era lo suyo y que podía encontrar otras aficiones como, por ejemplo, lanzarse desde la azotea. Ya lo tenía casi convencido cuando, de pronto, apareció la vecina de arriba y le dijo: “Tío, me gusta tu canto. Sigue así, no lo dejes”. No sé si mi vecina es una cachonda u otra jodía chiflada pero el resultado fue que el vecino canta ahora a todas horas.
En la playa en la que hoy me encuentro, la “mierdamúsica” ha tomado la forma de una niña gorda e hija única. Tan única que, en su corta vida, no parecía haber hablado con ningún otro ser humano que no fuera de su familia y, a pesar de eso, era la propietaria o, al menos, la exclusiva administradora de un teléfono móvil que conseguía manejar con una habilidad cuasi diabólica y en el que cabían todas las “mierdamúsicas” de las últimas temporadas que mi querida “mierdaniña”, en lugar de estudiar y labrarse la educación que, sin duda; aún no poseía, prefirió utilizar su capacidad cognitiva en memorizar todas y cada una de las “mierdaletras” y, mientras las escuchaba a todo el volumen que el aparato podía alcanzar, era capaz de cantarlas a viva voz y en perfecta sincronía mientras su padre y su madre aplaudían y jaleaban sus interpretaciones como si estuvieran en un jodido concurso de “mierdatalentos”.
La crispación que toda esta escena me producía me hizo preguntarme si era lícito que un adulto pudiera llegar a odiar a una niña que no contaría con más de diez años y no tardé ni un segundo en responderme que no solo era lícito sino justo y necesario.
Me visualicé levantándome y acercándome a la jovial familia; librándome de sendos guantazos de madre y padre; acojonando a la niña narrándole alguna de las historias de la antología de los niños muertos; aprovechándome de su estado de estupor para arrebatarle el teléfono y, como final de tan gerundivo y dramático clímax; estampanándole el móvil contra una roca.
Me levanté dispuesto a cumplir con el plan pergeñado pero el padre se levantó al mismo tiempo y lo que antes era, simplemente, una confusa figura detrás de una sombrilla, se convirtió en una amenazante realidad. Una descomunal y tatuada masa de grasa se presentó ante mí y advertí en su mirada que si, por el motivo que fuere, estuviera en su intención arrancarme el corazón de cuajo no sería yo el primer ser humano al que aquella bestia hubiera proporcionado el mismo tratamiento.
Recogí mis playeros bártulos y me marché. Una huida a tiempo siempre es una victoria.
Regresé a la playa al día siguiente y allí encontré, de nuevo, a mi estimada y  peculiar familia. Mientras sus progenitores colocaban sombrillas, estiraban toallas y enfriaban cervezas; la niña ya estaba en su silla con el móvil a todo trapo dispuesta, una vez más, a darlo todo por su arte.
Yo, por mi parte, me he traído a mi vecino. Le conté que la acústica de un lugar abierto sería perfecta para lograr cotas de volumen inigualables y por si le diera un bajón en algún momento, traje también a mi vecina para que no pare de animarle.
Tres, dos, uno…¡Qué comience el combate!.

The Nuevo.

KERIDO ODIARIO: EL CAMBIO

Odiar a alguien es sentir irritación por su simple existencia.
José Ortega y Gasset

  Acabo de poner una cebolla en remojo junto al ordenador. Una cebolla blanca. Es la que mejor me ha caído de las tres que había en la bolsa. A ver si crece. La anterior, de una variedad morada, fue consumida por el agua de manera fulminante, en vez de crecer, se deshizo entera, se disolvió, y ahora el agua es morada. La cebolla representa el odio cerrado que siento por ti. Ya conoces la teoría de las capas superpuestas, explicada siempre a través de una cebolla, bueno, pues en todas mis capas estás tú. 
 Dos cosas, tú y el hecho de odiarte, porque no se me olvida que te has quedado con el cambio de cuarenta y ocho céntimos "cachocabrón". 

Caracol Romera.

viernes, 5 de julio de 2019

KERIDO ODIARIO: EL ESPOILER

El odio es un borracho al fondo de una taberna, 
que constantemente renueva su sed con la bebida. 
Charles Baudelaire

Atención: contiene espoiler. (Eso ahora, porque, de siempre, aquí lo hemos llamado: destripar).
Querido Odiario: Lo prometo, no le odio por sus infidelidades, sino por no contármelas. Fui descubriéndolas yo misma poco a poco, igual que en esa canción de Marlango donde las penas se van yendo, solo que aquí las penas no se largaban sino que iban viniendo. Eran pequeñas sospechas teñidas de intuición, basadas en diminutos indicios casi inexistentes. Pero ahí estaban, sentadas a mi lado, a menos de un centímetro de distancia, maquillando la mentira con sutiles expresiones de asombro que a mí me sonaban raras y exageradas. ¿Me estaba mintiendo?. ¿Me estaba siendo infiel?. Yo, desde luego, no me atrevía a preguntárselo, porque, si le preguntaba, las dos posibles respuestas eran decir la verdad o seguir mintiendo, y las dos me parecían aterradoras. Decidí que lo mejor sería hacer como si no me importara. Actuar como una esposa casi consciente que consiente, que sabe, acepta y calla. Por el bien del matrimonio. Después de todo, ¿no hicieron eso mi madre y la madre de mi madre?. Pero ellas nunca tuvieron una evidencia tan clara como la mía. Muchas cosas no se saben y muy pocas son certezas. Mi madre y mi abuela dudaron, sospecharon, oyeron rumores, pero nunca estuvieron tan seguras como yo después de la cena de anoche, cuando la verdad me saltó a la cara sin que yo la buscara. 
Mi hermana y su marido llegaron poco antes de las nueve y se fueron a eso de la una y media. Cenamos y abrevamos de nuestras copas hasta consumir tres botellas de vino. A eso de la una y tres minutos, mi hermana y yo nos quedamos solas en la cocina mientras nuestros cuñados se fumaban un porro en la terraza. Hablamos de cosas de hermanas y de Juego de Tronos. De repente, como sin querer, como si se le hubiera escapado, dijo, a Antonio José le sentó fatal que Jon Nieve resucitara, dando por hecho dos verdades inciertas, que yo ya sabía que Jon Nieve había resucitado en la nueva temporada y que mi marido estaba al tanto, porque no se me olvida que Lali me quiere mucho y nunca jamás en la vida me soltaría un spoiler tan grosero como ese. ¿Hablarían en alguna ocasión?. ¿Comentaron la vuelta a la vida del hijo bastardo de los Stark, asumiendo mi hermana que yo también había visto el capítulo porque todo el mundo conoce nuestra férrea costumbre, de mi marido y mía, de visionar juntas todas las series?. Y esa es la cuestión y la prueba irrefutable del engaño de Antonio José. Esto es, ¿por qué mi hermana daba por hecho que yo había visto el milagro de la sexta temporada? La única explicación era que Antonio José visionaba todos los capítulos antes que yo en el trabajo. Su ansia por descubrirlos no le permitía esperar hasta la noche o hasta el fin de semana para hacerlo conmigo. De manera que cuando nos acurrucábamos en el sofá frente a nuestros personajes favoritos de la tele, él ya sabía lo que iba a pasar pero fingía torpemente no saberlo. Y yo, vamos a ver, si esto no es un motivo para odiar eternamente a alguien, que venga Khaleesi y me lo diga. Mientras tanto, ya he preparado la demanda de divorcio. Hasta mañana, queridísimo Odiario. 

El espoiler: 
Esta historia ocurrió hace un par de años. A día de hoy, "Juego de Tronos" ha terminado después de la octava temporada y el que se ha quedado de mandamás, ocupando el ansiado "Trono de Hierro", es el "pringao" de Bran Stark.
¡Qué ustedes disfruten lo votado!.


Caracol Romera.

KERIDO ODIARIO: LO BRUTAL

Él sabía bien de odios, pues el que odia con tenacidad 
sabe reconocer bien ese mismo sentimiento en otros y sabe apreciar 
cuándo una animadversión es ya definitiva e irreversible. 
Santiago Posteguillo


   Cada mañana tengo la opción de elegir entre dos caminos; uno estrecho y otro ancho. Tan adormilado me encontraba que, sin que mediara la intención ni el deseo, fue el camino estrecho el que me eligió a mí y un chorro de gélida realidad aterrizó violentamente sobre mi atontado rostro sacándome, abruptamente, del estado de profundo sopor en el que me encontraba.
   Tras unos instantes de conmoción, reaccioné. Pensé que, precisamente lo que había ocurrido, era lo que necesitaba. Lo imprevisto, lo inesperado, lo brutal. Esa súbita sacudida sirvió, no solo para despertarme, sino también para limpiar las telarañas de mi mente que se estaba consumiendo ahogada en la mugre acumulada de mis propias mentiras. 
   Alguna vez he reflexionado sobre el poder del odio como elemento liberador pero, ¿qué se puede hacer cuando a quien más odias es, precisamente, la persona en la que te habías acabado convirtiendo?. 
  Con calma, descolgué la ducha. Miré fijamente a los agujeros que, un momento antes, me habían empapado y les expresé mi gratitud repitiendo; gracias, gracias, gracias. 


The Nuevo.

viernes, 29 de marzo de 2019

KERIDO ODIARIO: EL INSOMNIO


El odio es pasión más viva que la amistad.
Luc de Clapiers


La oscuridad se tragó todos los sonidos de la noche excepto al gato. Aquel animal era totalmente inconsolable.
El silencio amplificada sus lastimeros maullidos consiguiendo que se incrustaran en mi cerebro como esa boba melodía de la que eres incapaz de desprenderte o como ese recuerdo que desearías que nunca hubiera quedado grabado en tu memoria.
Un día, en un arranque de furia y estupidez, quemé las alas a una mariposa. Ya hace cuarenta años de aquello y, desde entonces, no he conseguido dormir bien ni una sola noche.
Gato y remordimiento resultaban una mezcla demasiado explosiva para poder descansar así que decidí lanzarme a las calles y ahogar en alcohol mis pensamientos.
Sentado en la terraza de aquel bar, los tragos de bourbon iban poniendo mi mundo en su sitio o, al menos, en el sitio que yo quería que estuviera.
En la mesa de al lado, un hombre abrazaba a una mujer. Lo que, en principio, debería ser una imagen hermosa, a mí no me lo estaba pareciendo. Él se asemejaba al Kraken rodeando con sus groseros tentáculos a un navío con la única intención de hacerlo naufragar y el rostro de ella reflejaba que la situación le incomodaba profundamente. Cuanto más intentaba zafarse del agobiante manoseo, más hacía él por aferrarse a su presa.
Le odié, por instinto, como suelo odiarme a mí mismo. Sé lo sencillo que resulta dañar a lo que crees amar.
—Disculpa —le dije.
—¿Qué mierda quieres? —replicó. ¿No ves que estoy ocupado?.
Resolví que dialogar no iba a llevarme a ningún sitio así que le estampané la cabeza contra la mesa. 
Mientras me alejaba, la chica intentaba atajar la hemorragia de aquel cerdo y, al mismo tiempo, me dedicaba todo tipo de insultos y amenazas.  No hay nada como pensar que el enemigo es alguien de fuera para olvidar que el mal puede estar compartiendo tu misma cama.
De regreso a la mía, el gato seguía en el mismo punto en que lo había dejado.  Intenté sincronizar mi respiración con sus maullidos. Tal vez así lograría dormir más de quince minutos seguidos antes que la locura decidiera llamar a la puerta.


The Nuevo.







KERIDO ODIARIO: EL ODIO QUÍMICO

Si las masas pueden amar sin saber por qué, 
también pueden odiar sin mayor fundamento.
William Shakespeare


De repente, un día aparecieron sobre el cuadro veinte esferas amarillas. Yo fui la primera en comprender que aquello no era normal y la primera en abandonar la fila. La visión de aquellas pompas era más poderosa que el rastro químico de mis compañeras. Si ni siquiera tenía hambre, ¿por qué iba a por comida? De modo que me desvié del camino y me senté frente a una de esas cosas globulosas para dedicarme a mirarla durante el resto de la jornada. Y mientras la miraba, sentí que yo era dueña de mis patas y de mi boca, y que sabía buscar comida por mí misma sin la ayuda de nadie. Por el rabillo del ojo las odié a todas, porque no se daban cuenta de algo tan evidente y esplendoroso, porque seguían caminando en fila india para transportar comida, solo eran putachusma. 
  Una hermana a la que no había visto nunca se acercó y me preguntó qué diablos estaba haciendo y me amenazó con descuartizarme si no volvía pronto a la fila. Le pedí por favor que mirase la esfera y que reflexionase sobre la posibilidad de buscarse la vida por ella misma, sin depender de la demás y sin guardar colas. Le hablé de la perfección tridimensional, que simbolizaba la plenitud, y de la luminosidad que parecía emanar de las bolas. 
  La miró fijamente, durante tres o dos minutos, y luego me miró a mí. Joder, dijo. Y volvió a la fila, pero en lugar de unirse al flujo, cogió con las pinzas a la primera hermana que pilló y la partió en cuatro pedazos. Hubo un gran revuelo, un "pero qué está pazando" químico que se extendió a todo lo largo de la caravana en pocos segundos. También hubo un silencio, una espera tensa. Todas las que estaban cerca la miraban, la olían, se preguntaban qué estaba a punto de anunciar. Ella separó los colmillos y gritó: ¡¡Os odio a todas!! 
  Unos minutos después, se desdibujaron las líneas y el odio nos hizo libres, individualistas y mortales, mientras muchas buscaban a la hermana sabia. 


Caracol Romera.




miércoles, 20 de febrero de 2019

KERIDO ODIARIO: LA CITA

Poder odiar y ser odiado sin conocerse 
es una de las ventajas de este mundo.
Alessandro Manzoni

El odio, aunque muchos se empeñen en creer lo contrario, no es un sentimiento inamovible. Lo que hace años podríamos odiar profundamente hoy puede resultarnos aceptable e, incluso, llegar a gustarnos.
El tiempo, empeñado en caernos encima minuto a minuto, es el factor más importante para que nuestros sentimientos se maticen o, incluso, para que cambie radicalmente nuestra forma de pensar.
Por poner un ejemplo; el dios judeocristiano. Cuando era un crío, le dio por las construcciones y se creó un planeta para él solito en apenas siete días (del resto del universo mundo no tenemos constancia escrita). En su fogosa juventud, se dedicó a castigar con mano dura a todo aquel al que se le ocurriera llevarle la contraria utilizando un sinfín de creativos métodos que iban desde la destrucción de ciudades con fuego y azufre al ahogamiento universal por inundación planetaria. En la madurez, su carácter se tornó más tranquilo y reflexivo e intentó no resolver todos los problemas a guantazos. A día de hoy, que yo calculo que debe estar a las puertas de convertirse en dios emérito, lo único que debe preocuparnos es que su vista ya no sea la que fue y, sin mala intención, le dé por apretar el botón de “apocalipsis” en lugar del de “entrañable aparición de mi rostro en una tostada quemada”.
En lo que a mí respecta, siempre había odiado las citas a ciegas y hoy, en cambio, estoy esperando ansiosamente a que llegue a mi móvil el mensaje de la chica a la que mi amigo Abel ha convencido para que salga esta noche conmigo.
Desde lo de Eva, que después de cinco años decidió romper nuestra relación apelando al manido “no es por ti, es por mí”, no he vuelto a salir con nadie. Demasiado trabajo, demasiados Orfidales, demasiada frustración, demasiado Netflix… Este último año en soledad he conseguido que los buenos momentos no me lleguen ni para llenar una caja de zapatos.
“Hola, soy Sara. Abel me ha hablado mucho de ti. ¿Te apetece cenar juntos para conocernos?”.
Comencé a sudar mientras intentaba leer el “whatsapp” que acababa de llegar y el móvil, como el resto de mi vida, se me fue de las manos cayendo encima de la cabeza del gato que, en plan venganza, optó por arrearme un mordisco en el tobillo.  “¡Hoy vas a comer lo que yo te diga, jodido rencoroso!”, le grité, pero él, que siempre tiene que maullar la última palabra, concluyó la discusión meándose en el pasillo. No seguí con el tema porque tenía las de perder.
Recuperé el teléfono y escribí: “Desde luego. ¿Dónde?”.
Después de un montón de “escribiendo” que me parecieron interminables, recibí la contestación: “En el restaurante “De Primero Tenemos”, si te parece bien”.
“Me parece perfecto. ¿Reservo para las 10?”.
“Genial”.
“Genial”. Emoticono de beso
“Nos vemos”. Emoticono de beso.
Pues ya está. Espero no hacer el ridículo más allá de lo indispensable.
Después de pasar el día maqueándome lo mejor posible para parecer un tipo interesante me dispuse a salir con tiempo porque la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y no quisiera llegar tarde a una primera cita.
A pesar de mis esfuerzos, llegué con quince minutos de retraso y en la puerta del restaurante observé una mujer con aspecto de estar esperando a alguien. Mal comienzo, espero que mejor final.
—¡Hola!, disculpa el retraso. Soy un impresentable.
Me agarró la mano y me introdujo en el local sin decir ni una palabra.
El camarero nos acomodó en la mesa que teníamos reservada. Ella se recogió grácilmente el vestido y se sentó como creo que solo deben saber sentarse las diosas del Olimpo.
No parecía muy dispuesta a ser ella la que comenzara la conversación así que dije lo primero que se me ocurrió.
—¿Hace mucho que conoces a Abel?.
Nada. Se limitó a mirarme fijamente. Sus ojos eran de un azul muy profundo y yo comencé a derretirme por dentro con una mezcla de extrañeza y fascinación.
—¿Vienes mucho a este restaurante?. Creo que su especialidad son los caracoles rellenos, ¿quieres que pida para los dos?.
Mutismo absoluto. Comencé a sentirme un pelín incómodo. Hacen falta varios años de relación para aprender a saborear los silencios. Tenía que abrir una brecha así que me lancé con todo.
“Hace bastante calor para ser febrero”. "¿Te gusta la música clásica o eres más de electro-latino?”. “Donde se ponga el Mercadona que se quite el Lidl, ¿verdad?”. "Ahí la tienes, enseñando sus miserias por la tele como quien no quiere la cosa. ¿Sabes de quién te hablo, no?”.
Se limitó a esbozar lo que quise entender como una ligera sonrisa, aunque podía ser eso o que le estaba dando un ictus.
“Dios mío, ¿qué hago”, me dije para mis adentros.
"¡A mí qué me cuentas!. Solo te acuerdas de que existo cuando tienes problemas o para burlarte de mí como introducción de alguno de tus estúpidos relatos. ¡Apáñatelas tú solo que ya eres mayorcito!".
Decidí tomármelo con calma. Tal vez, lo que estaba ocurriendo no fuera más que una cámara oculta y no me apetecía salir en la tele poniendo cara de imbécil.
La cena transcurrió con total tranquilidad, monacal, incluso, pero he de reconocer que me encontraba cada vez más a gusto. El simple hecho de tenerla frente a mí y poder observar, embelesado, el estilazo que tenía chupando caracoles había terminado por arrebatarme el corazón.
Cuando acabamos los postres, me pregunté cómo iba a terminar esta cita. La respuesta fue muy sencilla. Se levantó con la misma elegancia con la que se había sentado y se marchó del restaurante sin mirar atrás.
Aún estaba dándole vueltas a la cabeza y a la cucharilla del café cuando los sonidos del móvil me indicaron que acababan de entrar varios “whatsapp”.
“¡Hola, Nacho!. Por favor, perdóname”. Emoticono triste.
“Me quedé sin batería y no pude avisarte de que me iba a ser imposible cenar contigo”. Emoticono paella.
Me siento fatal. ¿Podríamos quedar mañana?”. Emoticono beso.
Realmente odio cuando me ocurren estas cosas.

KERIDO ODIARIO: LAS RINQUINAS

Le he amado demasiado para no odiarle.
Jean-Baptiste Racine


Rinquina: Del Motrileño; peonza, trompo pequeño.

De repente, hace casi un lustro, pensé que si tuviera pasta de sobra me compraría una impresora 3d e imprimiría peonzas. Las vendería a tres o cuatro euros y sus diseños serían artísticos e innovadores. Por ejemplo, una peonza transparente con un depósito circular donde metería un poco de agua con colorante o arenitas de colores, a fin de que la fuerza centrífuga creara una línea circular en el borde. Además, disponiendo de las herramientas adecuadas y pegamento, como aquel taladrito de manualidades que regalé una vez, podría fabricar peonzas con diferentes objetos, como huesos de chirimoya, de níspero y de aguacate, pero también, con taquitos de carpintero, canicas y arandelas, o incluso con tapones chulos. Cualquier cosa simétrica podría servirme para inventarlas. Imaginaría rinquinas hélice y rinquinas esféricas, rinquinas para zurdos, y, por supuesto, la Rinquina Derviche. Cada una tendría un nombre y una historia mística detrás. Publicaría fotos en Facebook acompañadas de textos como “Mientras siga girando, todo irá bien”.

Así que me pasé dos años girando ahorros en mi cuenta corriente hasta que junté los necesarios para comprar una impresora 3d. Los siguientes cuatro meses me dediqué a entender cómo diablos funcionaba y a conseguir conectarla al ordenador. Tardé algo más de un año en imprimir la primera peonza útil; La Rinquina Iris. Al girar, el arco de sus colores se transformaba en el Sol. Imprimí doscientos cincuenta ejemplares. Las puntas eran tan uniformes que las rinquinas daban vueltas sobre sí mismas sin desplazarse ni un milímetro del sitio, por muy lisa que fuera la superficie. Eso me dio la idea de investigar en el diseño de las puntas para conseguir desplazamientos previstos. De este modo, inventé la Rinquina Planeta, que además de girar sobre su eje, efectuaba desplazamientos circulares. Así, uno podía aprender a jugar con las dos peonzas al mismo tiempo, la Rinquina Sol y la Rinquina Planeta, para ver cómo la segunda orbitaba alrededor de la primera tan rícamente. A cinco euros cada una y a ocho las dos juntas.

También fundé una web para que la venta on line fluyera. La llamé simplemente “RINQUINAS”, e inserté un pequeño texto de presentación: “Lo único que impide que una rinquina gire para siempre es el rozamiento. Si la accionáramos en el espacio, nunca dejaría de girar. En RINQUINAS, experimentamos con la fuerza de la gravedad para que nuestras peonzas, además de girar, bailen”. La primera persona del plural era solo lenguaje publicitario.

Diseñé unas cajas específicas y se las encargué a una fábrica. En una fotocopiadora de las afueras imprimieron con primorosa letra las leyendas que acompañarían a cada rinquina dentro de la caja. Una especie de prospecto donde se explicaba el modo de uso, la duración máxima de giro conseguida (retando al comprador o compradora a superarlo), y sus características físicas y místicas. Aportando igualmente información y dibujos sobre otros modelos en venta.

Giraba el mes de Noviembre de 2018 cuando me personé con mi producto en la primera tienda de la lista. Juegos No Game.Imposible no visitar esa tienda si te veías obligado a hacer un regalo guay sin comprometer mucho tus conocimientos sobre la otra persona. La chica que atendía el negocio se mostró muy atenta, entrañable y resolutiva, y ni siquiera necesitó llamar a su jefa o jefe para decirme que no, gracias, que ya estaban vendiendo esas peonzas y a un precio más barato.

¿¿Disculpa??

Venían presentadas en unas cajas mucho más preciosísimas que las mías. Y en cada caja se podían ver dos peonzas porque la pared era transparente. En realidad, no eran dos peonzas. Eran, ¡¡mis peonzas!! La Rinquina Sol y la Rinquina Planeta, a cinco euros ambas dos, sin opción de comprarlas por separado. En la tapa, la siguiente leyenda: “¡RINQUINAS!, para que el Mundo siga girando”.

La hermosa tendera acabó de amargarme el día al afirmar que se estaban vendiendo muy bien, que ya habían vendido más de treinta en menos de un mes. Por supuesto, culpé a Julio Javier, mi mejor y único amigo.

No hay wifi en el taller donde manejo la impresora. A no ser que la impresora se conecte por sí misma y envíe información a un centro de datos espía. Solo había una explicación: el espía fue mi amigo. No podía triunfar sin que él lo viera, pues yo ya he presenciado todos sus triunfos, que son muchos, y le conté mis proyectos y le di un pendrive con un montón de diseños. Como fue el primer motrileño que se compró una impresora 3d, ya sabía cómo funcionaba. Y me robó la idea.

Qué odio tan fino y melancólico sentí hacia él.

Sin embargo, aunque le odie infinitamente, seguirá siendo mi mejor y único amigo, porque, si alguna vez me sale algo bien, ¿a quién diablos se lo voy a contar? Y el mundo seguirá girando, a pesar de todo.


Caracol Romera.