El odio es pasión más viva que la amistad.
Luc de Clapiers
Luc de Clapiers
La oscuridad se tragó todos los sonidos de la noche excepto al gato. Aquel animal era totalmente inconsolable.
El silencio amplificada sus lastimeros
maullidos consiguiendo que se incrustaran en mi cerebro como esa boba melodía de la que eres
incapaz de desprenderte o como ese recuerdo que desearías que nunca hubiera quedado grabado en tu memoria.
Un día, en un arranque de furia y
estupidez, quemé las alas a una mariposa. Ya hace cuarenta años de aquello y,
desde entonces, no he conseguido dormir bien ni una sola noche.
Gato y remordimiento resultaban una
mezcla demasiado explosiva para poder descansar así que decidí lanzarme a las
calles y ahogar en alcohol mis pensamientos.
Sentado en la terraza de aquel bar, los
tragos de bourbon iban poniendo mi mundo en su sitio o, al menos, en el sitio
que yo quería que estuviera.
En la mesa de al lado, un hombre
abrazaba a una mujer. Lo que, en principio, debería ser una imagen hermosa, a
mí no me lo estaba pareciendo. Él se asemejaba al Kraken rodeando con sus
groseros tentáculos a un navío con la única intención de hacerlo naufragar y el
rostro de ella reflejaba que la situación le incomodaba profundamente. Cuanto
más intentaba zafarse del agobiante manoseo, más hacía él por aferrarse a su
presa.
Le odié, por instinto, como suelo odiarme a mí
mismo. Sé lo sencillo que resulta dañar a lo que crees amar.
—Disculpa —le dije.
—¿Qué mierda quieres? —replicó. ¿No ves
que estoy ocupado?.
Resolví que dialogar no
iba a llevarme a ningún sitio así que le estampané la cabeza contra la mesa.
Mientras me alejaba, la chica intentaba atajar la hemorragia de aquel cerdo y, al mismo tiempo, me dedicaba todo tipo de insultos y amenazas. No hay nada como pensar que el enemigo es alguien de fuera para olvidar que el mal puede estar compartiendo tu misma cama.
Mientras me alejaba, la chica intentaba atajar la hemorragia de aquel cerdo y, al mismo tiempo, me dedicaba todo tipo de insultos y amenazas. No hay nada como pensar que el enemigo es alguien de fuera para olvidar que el mal puede estar compartiendo tu misma cama.
De regreso a la mía, el gato seguía en
el mismo punto en que lo había dejado.
Intenté sincronizar mi respiración con sus maullidos. Tal vez así lograría dormir más de quince minutos seguidos antes que la locura decidiera llamar a la puerta.
