Él sabía bien de odios, pues el que odia con tenacidad
sabe reconocer bien ese mismo sentimiento en otros y sabe apreciar
cuándo una animadversión es ya definitiva e irreversible.
Santiago Posteguillo
Cada mañana tengo la opción de elegir entre dos caminos; uno estrecho y otro ancho. Tan adormilado me encontraba que, sin que mediara la intención ni el deseo, fue el camino estrecho el que me eligió a mí y un chorro de gélida realidad aterrizó violentamente sobre mi atontado rostro sacándome, abruptamente, del estado de profundo sopor en el que me encontraba.
Tras unos instantes de conmoción, reaccioné. Pensé que, precisamente lo que había ocurrido, era lo que necesitaba. Lo imprevisto, lo inesperado, lo brutal. Esa súbita sacudida sirvió, no solo para despertarme, sino también para limpiar las telarañas de mi mente que se estaba consumiendo ahogada en la mugre acumulada de mis propias mentiras.
Alguna vez he reflexionado sobre el poder del odio como elemento liberador pero, ¿qué se puede hacer cuando a quien más odias es, precisamente, la persona en la que te habías acabado convirtiendo?.
Con calma, descolgué la ducha. Miré fijamente a los agujeros que, un momento antes, me habían empapado y les expresé mi gratitud repitiendo; gracias, gracias, gracias.
The Nuevo.
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