sábado, 24 de agosto de 2019

KERIDO ODIARIO: LA MIERDAMÚSICA

Te odio con el odio de la ilusión marchita
Amado Nervo

La "mierdamúsica" es un ente con identidad propia. Me acecha, me persigue, se adelanta a mis propios pensamientos y aparece allí donde menos me lo espero.
Mi vecino de abajo canta a voz en grito. Nos dedica, con disciplina militar, tres pases diarios; al amanecer, a la hora de la siesta y a las dos de la madrugada.               Lo suyo no podría denominarse exactamente “mierdamúsica”. Se trata, más bien, de una mezcla de copla ultrasónica, dementes tarareos de grandes éxitos de los ochenta, alaridos de hombre lobo y el canto de cortejo del periquito australiano. Mi vecino es un enfermo mental. Lo sospechábamos todo el vecindario y él mismo nos lo corroboró describiéndonos el término médico de su enfermedad: “yo lo que estoy es como un cencerro”.
Un día, me lo encontré en el rellano de la escalera e intenté convencerle de que, tal vez, cantar no era lo suyo y que podía encontrar otras aficiones como, por ejemplo, lanzarse desde la azotea. Ya lo tenía casi convencido cuando, de pronto, apareció la vecina de arriba y le dijo: “Tío, me gusta tu canto. Sigue así, no lo dejes”. No sé si mi vecina es una cachonda u otra jodía chiflada pero el resultado fue que el vecino canta ahora a todas horas.
En la playa en la que hoy me encuentro, la “mierdamúsica” ha tomado la forma de una niña gorda e hija única. Tan única que, en su corta vida, no parecía haber hablado con ningún otro ser humano que no fuera de su familia y, a pesar de eso, era la propietaria o, al menos, la exclusiva administradora de un teléfono móvil que conseguía manejar con una habilidad cuasi diabólica y en el que cabían todas las “mierdamúsicas” de las últimas temporadas que mi querida “mierdaniña”, en lugar de estudiar y labrarse la educación que, sin duda; aún no poseía, prefirió utilizar su capacidad cognitiva en memorizar todas y cada una de las “mierdaletras” y, mientras las escuchaba a todo el volumen que el aparato podía alcanzar, era capaz de cantarlas a viva voz y en perfecta sincronía mientras su padre y su madre aplaudían y jaleaban sus interpretaciones como si estuvieran en un jodido concurso de “mierdatalentos”.
La crispación que toda esta escena me producía me hizo preguntarme si era lícito que un adulto pudiera llegar a odiar a una niña que no contaría con más de diez años y no tardé ni un segundo en responderme que no solo era lícito sino justo y necesario.
Me visualicé levantándome y acercándome a la jovial familia; librándome de sendos guantazos de madre y padre; acojonando a la niña narrándole alguna de las historias de la antología de los niños muertos; aprovechándome de su estado de estupor para arrebatarle el teléfono y, como final de tan gerundivo y dramático clímax; estampanándole el móvil contra una roca.
Me levanté dispuesto a cumplir con el plan pergeñado pero el padre se levantó al mismo tiempo y lo que antes era, simplemente, una confusa figura detrás de una sombrilla, se convirtió en una amenazante realidad. Una descomunal y tatuada masa de grasa se presentó ante mí y advertí en su mirada que si, por el motivo que fuere, estuviera en su intención arrancarme el corazón de cuajo no sería yo el primer ser humano al que aquella bestia hubiera proporcionado el mismo tratamiento.
Recogí mis playeros bártulos y me marché. Una huida a tiempo siempre es una victoria.
Regresé a la playa al día siguiente y allí encontré, de nuevo, a mi estimada y  peculiar familia. Mientras sus progenitores colocaban sombrillas, estiraban toallas y enfriaban cervezas; la niña ya estaba en su silla con el móvil a todo trapo dispuesta, una vez más, a darlo todo por su arte.
Yo, por mi parte, me he traído a mi vecino. Le conté que la acústica de un lugar abierto sería perfecta para lograr cotas de volumen inigualables y por si le diera un bajón en algún momento, traje también a mi vecina para que no pare de animarle.
Tres, dos, uno…¡Qué comience el combate!.

The Nuevo.

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