Le he amado demasiado para no odiarle.
Jean-Baptiste Racine
Rinquina: Del Motrileño; peonza, trompo pequeño.
De repente, hace casi un lustro, pensé que si tuviera pasta de sobra me compraría una impresora 3d e imprimiría peonzas. Las vendería a tres o cuatro euros y sus diseños serían artísticos e innovadores. Por ejemplo, una peonza transparente con un depósito circular donde metería un poco de agua con colorante o arenitas de colores, a fin de que la fuerza centrífuga creara una línea circular en el borde. Además, disponiendo de las herramientas adecuadas y pegamento, como aquel taladrito de manualidades que regalé una vez, podría fabricar peonzas con diferentes objetos, como huesos de chirimoya, de níspero y de aguacate, pero también, con taquitos de carpintero, canicas y arandelas, o incluso con tapones chulos. Cualquier cosa simétrica podría servirme para inventarlas. Imaginaría rinquinas hélice y rinquinas esféricas, rinquinas para zurdos, y, por supuesto, la Rinquina Derviche. Cada una tendría un nombre y una historia mística detrás. Publicaría fotos en Facebook acompañadas de textos como “Mientras siga girando, todo irá bien”.
Así que me pasé dos años girando ahorros en mi cuenta corriente hasta que junté los necesarios para comprar una impresora 3d. Los siguientes cuatro meses me dediqué a entender cómo diablos funcionaba y a conseguir conectarla al ordenador. Tardé algo más de un año en imprimir la primera peonza útil; La Rinquina Iris. Al girar, el arco de sus colores se transformaba en el Sol. Imprimí doscientos cincuenta ejemplares. Las puntas eran tan uniformes que las rinquinas daban vueltas sobre sí mismas sin desplazarse ni un milímetro del sitio, por muy lisa que fuera la superficie. Eso me dio la idea de investigar en el diseño de las puntas para conseguir desplazamientos previstos. De este modo, inventé la Rinquina Planeta, que además de girar sobre su eje, efectuaba desplazamientos circulares. Así, uno podía aprender a jugar con las dos peonzas al mismo tiempo, la Rinquina Sol y la Rinquina Planeta, para ver cómo la segunda orbitaba alrededor de la primera tan rícamente. A cinco euros cada una y a ocho las dos juntas.
También fundé una web para que la venta on line fluyera. La llamé simplemente “RINQUINAS”, e inserté un pequeño texto de presentación: “Lo único que impide que una rinquina gire para siempre es el rozamiento. Si la accionáramos en el espacio, nunca dejaría de girar. En RINQUINAS, experimentamos con la fuerza de la gravedad para que nuestras peonzas, además de girar, bailen”. La primera persona del plural era solo lenguaje publicitario.
Diseñé unas cajas específicas y se las encargué a una fábrica. En una fotocopiadora de las afueras imprimieron con primorosa letra las leyendas que acompañarían a cada rinquina dentro de la caja. Una especie de prospecto donde se explicaba el modo de uso, la duración máxima de giro conseguida (retando al comprador o compradora a superarlo), y sus características físicas y místicas. Aportando igualmente información y dibujos sobre otros modelos en venta.
Giraba el mes de Noviembre de 2018 cuando me personé con mi producto en la primera tienda de la lista. Juegos No Game.Imposible no visitar esa tienda si te veías obligado a hacer un regalo guay sin comprometer mucho tus conocimientos sobre la otra persona. La chica que atendía el negocio se mostró muy atenta, entrañable y resolutiva, y ni siquiera necesitó llamar a su jefa o jefe para decirme que no, gracias, que ya estaban vendiendo esas peonzas y a un precio más barato.
¿¿Disculpa??
Venían presentadas en unas cajas mucho más preciosísimas que las mías. Y en cada caja se podían ver dos peonzas porque la pared era transparente. En realidad, no eran dos peonzas. Eran, ¡¡mis peonzas!! La Rinquina Sol y la Rinquina Planeta, a cinco euros ambas dos, sin opción de comprarlas por separado. En la tapa, la siguiente leyenda: “¡RINQUINAS!, para que el Mundo siga girando”.
La hermosa tendera acabó de amargarme el día al afirmar que se estaban vendiendo muy bien, que ya habían vendido más de treinta en menos de un mes. Por supuesto, culpé a Julio Javier, mi mejor y único amigo.
No hay wifi en el taller donde manejo la impresora. A no ser que la impresora se conecte por sí misma y envíe información a un centro de datos espía. Solo había una explicación: el espía fue mi amigo. No podía triunfar sin que él lo viera, pues yo ya he presenciado todos sus triunfos, que son muchos, y le conté mis proyectos y le di un pendrive con un montón de diseños. Como fue el primer motrileño que se compró una impresora 3d, ya sabía cómo funcionaba. Y me robó la idea.
Qué odio tan fino y melancólico sentí hacia él.
Sin embargo, aunque le odie infinitamente, seguirá siendo mi mejor y único amigo, porque, si alguna vez me sale algo bien, ¿a quién diablos se lo voy a contar? Y el mundo seguirá girando, a pesar de todo.
Caracol Romera.

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