El amor y el odio no son ciegos,
sino que están cegados
por el fuego que llevan dentro.
Friedridch Nietzsche.
No es sencillo pasar desapercibido en un pueblo pequeño y, menos aún, cuando estás marcado desde el mismo día de tu puñetero nacimiento. Todos tenían muy claro que yo tenía que ser el malo de la historia y como en toda profecía autocumplida que se precie; lo fui.
Ese pueblo en el que nací, crecí y envejecí prematuramente se
encuentra en Asturias. ¡El jodido paraíso, según algunos!. Para mí, un lugar a
detestar hasta que las circunstancias hicieron que no me quedara más remedio
que largarme.
Los orígenes asturianos de mi familia se remontan al principio de
los tiempos. Nunca se han visto en la necesidad de moverse más allá de su
aldea. Es como si existiese un muro de metacrilato transparente que rodeara el
pueblo y les obligara a mantener su existencia en una perenne, asfixiante y
endogámica relación.
A mi padre nunca le vi doblando el espinazo. Él dice que es por un
problema que tuvo en una costilla cuando era joven. Yo creo que nació vago y
así morirá, siempre y cuando lo de morirse no le suponga ningún esfuerzo.
Mi madre, en cambio, no para de trabajar durante todo el santo
día. No sólo se encarga de todas las tareas de la casa, también es ella la que
se ocupa de la recolección de nuestro pequeño terreno de manzanos; pomarada le
decimos en Asturias. Con las manzanas produce una sidra digna de dádiva divina.
Tanto a mi hermano como a mí no nos bautizaron con agua sino con esa misma
sidra, así que con eso ya está todo dicho.
Y hablando de mi hermano, el muy cabrón es la peor putachusma que
te puedes encontrar. Se afana en restregarme por la jeta lo que considera una
gran trayectoria profesional. Realmente, el tío no es más que un miserable ganadero,
pero como mi familia y los del pueblo se pasan el día alabándole lo bien que lo
hace todo, el muy capullo no se lo puede tener más creído. Yo me hice vegano
con tal de no tener que comer nada que viniera de su parte. No creo que os
hagáis una idea de lo que este acto de rebeldía supuso en mi casa. Un asturiano
no carnívoro era una aberración aún mayor que al que se le ocurrió decir que el
cachopo no era más que un San Jacobo grande.
―¿Cómo ye, ho?. ¿Qué dices que te has hecho?
―Vegano, abuelo. Me he hecho vegano.
―¡Fatu yes, fíu!. ¿Eso qué cojones significa?
―Que ya no voy a comer ni carne ni leche ni huevos.
―¡Huevos los que tú tienes, babayu!. Desde el mismo día que
viniste al mundo sabía que ibas a amargarme la existencia. Naciste con la marca
del mal grabada en la piel y la soplapollez esta de ser vegano no es más que un
detalle comparado con lo que tás destinau facernos de sufrir. ¡Larga de aquí que
te estrapayu!.
“Bajai una”, pensé yo para mis adentros. Ese mismo día
mi abuelo montó en “Cólera”, que era su caballo favorito, marchó monte arriba y
llevamos ya de los tiempos que no le hemos vuelto a ver. No nos preocupó gran
cosa porque era de sus comportamientos habituales cuando se cabreaba.
El muy capullo me odia desde que me tuvo delante por primera vez
y, desde ese día hasta hoy, no he conseguido hacer una sola cosa que le haya
parecido ni medio bien y esto del veganismo ha sido ya la gota que ha colmado
el vaso.
―¿Usted sabe el origen de la inquina quel güelo siente por mí,
madre?.
―La inquina no se lo que ye, fíu pero si quieres saber por qué te
odia tu güelo voy facer por contartelu. Ya yes buen mozu para saber la verdad.
Había una verdad por saber. Intrigado, me acomodé en el sofá.
Igual no éramos simplemente una panda de pueblerinos aburridos.
―Cuente, madre, cuente y no omita detalle.
―Desde luego, que yes muy raru hablando, fíu. En fin, debes saber
que tu padre no ye tu padre.
¡Zás, en toda la boca!. O mi madre no tiene ni idea de ir dándole
emoción a un relato o, tal vez, saber que la persona a la que he llamado padre
durante toda la vida es un ser aún más ajeno de lo que ya suponía, sólo sea el
principio de la historia.
―Una tarde, mientras paseaba por la pomarada acabé siendo poseída
por el diablo y de esa unión naciste tú.
¡Pues ya está! Definitivamente a mi madre se le ha ido la olla.
―¡Calle ho!. ¡Qué me está contando, madre! ―exclamé.
―Fue tal cual lo cuento. Un ser oscuro
como la noche salió de detrás de “El Sabio”, nuestro manzano más antiguo. Al
principio, sentí algo de miedo, pero después me dejé llevar por sus dulces
zalamerías. Me rodeó con sus brazos como si de una serpiente se tratare y me
poseyó como nadie lo había hecho hasta entonces. Nunca más le volví a ver. Nada
iba a decirle a nadie pero, en cuanto crucéme con el tu güelu, de algún modo, lo
supo. No sé cómo, pero lo sabía. No me dijo ni una palabra, pero su mirada lo
decía todo. Creo que, en el fondo, lo
que le dolía era no habérseme echado él encima.
―¡Pero cómo puede decir eso, madre! ―exclamé, de nuevo.
―Mira, fíu, tu güelu fue quien creó todo esto y no puede soportar
que haya cosas que escapen a su control y tu existencia es una de esas cosas. A
su entender, la peor de todas.
“¡Es usted una furcia, madre!”. La estridente voz de mi hermano
retumbó en el pasillo.
―Deja que te lo explique―dijo mi madre, sollozando.
―¡No hay nada que explicar! ―bramó mi hermano―. Con lo que he
escuchado tengo bastante. Voy pal monte para quel güelo conozca con quien
comparte la casa.
Salí tras él. Si yo era la causa del conflicto tendría que ser yo
quien lo solucionara. Le alcancé a la altura de la pomarada.
―¡Espera, por favor! ―dije, en tono conciliador.
Mi hermano frenó su caminar. Se giró lentamente. Sus ojos estaban
anegados de lágrimas.
―Lo siento ―dijo, entre sollozos.
―¿Qué es lo que sientes? ―pregunté, indiferente.
―Siento la forma que he tenido de reaccionar. Tú sabes que yo no
soy así. Que seas hijo del diablo no cambia el hecho de que eres mi hermano. Este
asunto no tiene por qué salir de aquí. Si nadie se entera, la familia seguirá
siendo respetada, como lo es ahora.
―Eres muy comprensivo ―le dije―. Lástima que yo no lo sea tanto.
Me agaché y le mayé la cabeza con lo primero que encontré, creo
que era un pedazo de la osamenta de un caballo o algún bicho similar. Mi
intención primera no era matarle, pero cuando le vi ensangrentado, tirado en el
suelo, algo se apoderó de mí y volví a golpearle, una y otra vez, hasta que
quedó convertido en un amasijo de carne. Vomité, por mi condición de vegano y,
cuando me repuse, supe de inmediato lo que debía hacer; enterrarle.
Volvía a la casa para darme una ducha cuando escuché su atronadora
voz.
―¿Dónde está tu hermano?.
―¡Qué sé yo, güelu!. ¡Acaso tengo pinta de ir tomando notas para
saber dónde se encuentra ese babayu!.
―¡No me tomes por imbécil!. ¡Tus manos están manchadas con su
sangre!. ¡No eres más que un vil asesino!.
―¡Déjame en paz!. Tú hace mucho que no existes. No eres más que
una voz en mi cabeza.
―¡Qué estás diciendo, insensato!
―Digo que no existes. Digo que estás muerto. Digo que yo te maté.
El día que discutimos por lo de ser vegano cogí su escopeta de
caza y, cuando se disponía a montar en su caballo, disparé. No soy un gran tirador, no hay nada que haga
del todo bien. El disparo le dio a “Cólera”, pero al derrumbarse dejó a mi
güelu atrapado bajo su cuerpo. Me acerqué, le miré a los ojos, recargué el arma
y, desde entonces, mora enterrado a pocos pasos de donde hoy he enterrado a mi
hermano.
―En cuanto los del pueblo se enteren me van a hacer pedazos. ¿Qué hago, cagonmimantu?.
―Lo mejor es que huyas cuanto antes, ¿oyisti? ―respondiome mi güelu―. Aquí ya has
hecho todo lo que tenías que hacer.
―¿Sabías que esto acabaría así, verdad?
―Por supuesto, no soy amigo de dejar nada al azar.
En cuanto atravesé el túnel del “Negrón” se disiparon las nubes del
cielo y también las que nublaban mi cabeza. Asturias, principio y final de
todo. Hoy quedas atrás, hoy sólo soy yo el que importa. Mi nombre es Caín y mi
marca conquistará toda la tierra.



