jueves, 6 de mayo de 2021

TRATAR A LA PUTACHUSMA

El odio es una tendencia a aprovechar todas 

las ocasiones para perjudicar a los demás.


Plutarco




Aparcar ocupando dos plazas es el típico comportamiento de un putachusma y mi vecino lo es. Desde que se compró el coche nuevo, como quien no quiere la cosa, aunque posea un garaje en el edificio, él siempre lo deja en la calle, bajo su ventana. Y siempre pilla dos sitios de aparcamiento, como insinuando que su vehículo es tan grande que requiere más metros de acera que los demás. De acuerdo, es un coche grande, de alta gama, pero no necesita restregármelo por las narices todo el rato (pues no me queda más remedio que verlo desde la ventana de mi salón), para disfrutarlo sin ambages, ni obligarme a encontrar un aparcamiento muy lejos de mi casa. Las más de las veces en las lindes de Villatomarporculo de Arriba, que se dice pronto. 

Vaciar el cenicero del coche junto al coche en vez de hacerlo en una papelera pública también es putachusma. Esta misma mañana lo he visto con mis propios ojos, en un semáforo. Recuerdo que al mirar a estribor mientras esperaba el verde, pensé que el muchacho que ocupaba el asiento del piloto en el coche de al lado era sin duda un claro espécimen de putachusma, con sus espeluznantes tatuajes escritos en el hombro izquierdo, su pelo rapado al cero, su barba de tres días, la agresiva línea de sus músculos, la música a todo trapo y la imponente dama que le acompañaba, rubia, tatuada también y extremadamente hermosa, como una flor virgen en las fauces de una hiena. 

De repente, del vehículo que les precedía se abrió la puerta de babor. Unas manos se asomaron y había un cenicero en ellas. Dentro del cenicero, yo diría que cuarenta o sesenta colillas así como una tonelada de ceniza. Cuando toda esta molicie acabó en el asfalto, la puerta volvió a cerrarse pero el semáforo seguía en rojo. 

Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, el putachusma tatuado se apeó de su Seat León y se dirigió tranquilamente al Audi de delante. Se encaramó de un salto en el capó, se abrió la bragueta, sacó la picha y meó sobre el parabrisas, incluso se la sacudió un poco para no mojar los calzoncillos con las últimas gotas. Justo cuando volvió a su asiento, reverdeció el semáforo y todos seguimos con nuestras vidas, excepto el conductor del Audi que se quedó perplejo sin saber explicarse qué demonios había sucedido.

Al llegar a casa, pensé: “¡Qué coño!”. Había recibido una revelación. Solo un putachusma sabe tratar a otro putachusma aunque pertenezca a otra categoría. Me anillé el rallador de coches en el dedo corazón y lo restregué con saña por toda la superficie del BMW de mi vecino. Además, usando el cuchillo de pelar ajos, le rebané los cuatro neumáticos y, para rematar mi venganza, decidí regalarle mi epifanía hecha frase pintándola con espray de color rojo en el lateral de su, hasta ese momento, precioso vehículo: “Solo un putachuma sabe como tratar a un putachusma”. 

Porque, en verdad, tender la ropa desnudo para que la chica que vive enfrente te vea, perseguirla por la calle, enviarle flores y escribirle cartas, enamorarte de ella sin su permiso y masturbarte en la terraza todos los días, cuatro veces al día sin dejar de pensar en ella, es igualmente de ser un jodido putachusma; lo reconozco. Pero aún es más verdad que eso me ha permitido responder a mi vecino como se merecía.


Caracol Romera.




viernes, 12 de marzo de 2021

KERIDO ODIARIO: HATE MAN

El odio es barato.

Por eso los humanos lo usamos constantemente.

Mark Hawthorne


Corría el año 2001 cuando me embarqué en un vuelo con destino a Berkeley, en el estado de California. Berkeley se encuentra en la bahía de San Francisco y es famosa por su universidad, que es reconocida como una de las mejores del mundo, pero también por albergar en sus calles a un personaje de lo más peculiar conocido como “HateMan”.

Su verdadero nombre es Mark Hawthorne. Es un vagabundo, filósofo y, sobre todo, profeta del odio y del rencor a todo el mundo.

Mi deseo era localizarle para hacerle una entrevista. No creía que resultara sencillo encontrar a una persona que vive en las calles de una ciudad de más de cien mil habitantes pero no podía desaprovechar la oportunidad que me proporcionaba el periódico para el que trabajaba. Hawthorne también trabajó durante nueve años en un periódico, nada menos que en el New York Times. Me preguntaba que le habría ocurrido para acabar viviendo como un vagabundo. Tenía quince horas de viaje en clase turista para darle vueltas y con tanto tiempo por delante, podría acumular suficiente odio para preparar una entrevista que estuviera a la altura.

El dolor que sentía en las piernas confirmaba que el viaje había sido interminable y lo remataba el hecho de tener que contestar un cuestionario en el que me hicieron absurdas preguntas del tipo: “pretende introducir verduras o caracoles en los EEUU“ o “tiene usted intención de atentar contra el presidente”. A punto estuve de responder: “me lo estoy pensando”, pero preferí contestar con sinceridad y no pasarme de listo, por si acaso.

De camino al hotel, se me ocurrió preguntarle al taxista
si tenía idea de donde podría encontrar a “HateMan”. Para mi sorpresa, me contestó que todo el mundo sabía donde
encontrarle.

—Vaya usted al People´s Park. Él siempre está allí.

—¡Oh, vaya!, pues muchas gracias.

—Si quiere conocerle, recuerde algo importante. Cuando vaya a presentarse, debe decirle que le odia.

—¿Cómo voy a decir eso? No le conozco.

—Si no lo hace, olvídese. No hablará con usted.

Después de acomodar mi equipaje en la habitación del hotel y pegarme una ducha, me dispuse a comenzar mi búsqueda. Antes de salir, pregunté al recepcionista por la forma de llegar al People´s Park.

—¿Va usted detrás de Hate Man?

—Sí, en efecto. Por lo que veo, es aún mas conocido de lo que yo me esperaba.

El recepcionista sonrió y apuntó en un papel la dirección.

—Está cerca de aquí. No le costará nada encontrarlo.

People´s Park es un parque que se encuentra muy cerca de la Universidad. En efecto, guiado por el bullicio estudiantil, no tardé mucho en llegar a mi destino y, aún menos, distinguir entre la multitud a quien había venido a buscar.

Vestía con capas de ropa negra de las que colgaban montones de imperdibles, lucía un sombrero también profusamente decorado, guantes sin dedos y su delgado rostro se difuminaba entre una gran y descuidada barba blanca. Me acerqué y le saludé, cortésmente.

—Buenos días, señor Hawthorne.

Me miró de arriba abajo con displicencia, se dio la vuelta, apagó un cigarrillo en un cenicero que ya estaba repleto de colillas y se tumbó sobre la hierba. No parecía estar muy interesado en hablar conmigo pero entonces recordé lo que me había dicho el amable taxista.

—Disculpe, realmente lo que quería decirle es que le odio.

Se incorporó muy despacio, esbozando una ligera sonrisa.

—Te odio, amigo. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Soy periodista. He hecho un largo viaje desde España para entrevistarle. Podría darle algo de dinero.

—No acepto limosnas, gracias. Yo también trabajé en un periódico en mi juventud. Dame un cigarrillo y te contaré lo que quieras saber.

Menos mal que no había sido capaz de cumplir la promesa que me hice a mí mismo en fin de año sobre lo de dejar de fumar. Saqué un paquete del bolsillo, le ofrecí uno y yo me dispuse a fumar otro para acompañarle. Él le quitó el filtro, lo encendió con un ceremonial casi solemne y le dio una profunda calada.

—Es mi único vicio —dijo, guiñándome un ojo.

—Señor Hawthorne…

—Llámame Mark.

—De acuerdo, Mark. ¿Querría explicarme por qué hay que saludarle diciendo “te odio”?

—Tú y yo no nos conocemos. Te presentaste ante mí con la falsa cordialidad que la sociedad te ha impuesto como la forma correcta de hacerlo pero, la realidad, es que la gente tiene miedo de lo desconocido y, como dijo Yoda, el miedo acaba por convertirse en odio. Si puedes verbalizar ese odio sin tapujos, si puedes ser honesto con alguien que es opuesto a ti y declarar, abiertamente, que tu primer y más sincero sentimiento es el de odiarme, entonces podré confiar en tus intenciones y sentirme cómodo contigo.

—Lo entiendo. ¿Qué ocurrió en su vida para acabar siendo un vagabundo?

—Fui “normal” durante 35 años, tan normal que mi existencia no significaba nada pero, aunque mi apariencia pueda dar esa impresión, yo no me considero un vagabundo ni, como les llaman ahora, un “sin hogar”. —dijo, deletreando y enfatizando cada letra. Más tarde, descubrí que siempre hacía lo mismo cuando tenía que usar alguna palabra que no le gustara. —No tengo hogar —prosiguió diciendo —porque no quiero tenerlo. Si no quisieras tener un BMW, ¿dirías que “no” tienes un BMW? Me gusta vivir al aire libre y estoy donde quiero estar. El odio de exterior es mucho más sano que los odios que se generan en ambientes cerrados donde tienes que preocuparte de pagar un alquiler y, para colmo; tratar con vecinos insufribles. Yo les suelo llamar “P U T A C H U S M A”. Vivir de esa manera, produce estrés a largo plazo y no necesito eso. Puedes pensar que estoy loco, y la sociedad mojigata probablemente lo piense también. Si ser feliz con la vida que llevo, si disfrutar cada uno de los minutos de la libertad que he querido darme, es ser un loco, entonces sí, lo soy, y estoy orgulloso de ello.

Durante nuestra conversación, mucha gente se acercó para saludarle con el consabido “te odio”. Con algunos, conseguía, además, que le empujaran, hombro contra hombro, en una especie de ritual de fuerza para ver quien de los dos poseía el odio más sólido. Enjuto pero fuerte, Hate Man se mantenía firme frente a chavales mucho más jóvenes. Después, les pedía tabaco y todos accedían. En mi vida había conocido a alguien que fumara tanto.

—Ya te dije que es mi único vicio. Ni alcohol, ni drogas.

—¿No teme que eso pueda matarle? La pregunta provocó que soltara una gran carcajada.

—He vivido mucho. Durante los años que llevo en el parque he visto de todo. Incluso, hubo un tiempo en que la gente plantaba sus tiendas a mi alrededor en lo que llamaban “el campamento del odio”. Éramos como una gran familia de personas muy individuales, muy raras, muy únicas…Ahora, ocurre con menos frecuencia pero no me importa, la gente viene y va. Yo, en cambio, siempre estaré aquí.

Charlamos durante horas. Era alguien muy especial, sin duda. Yo estaba fascinado con todas las historias y las anécdotas que me fue contando de su azarosa vida. El objeto de mi viaje; la entrevista en sí, se había disipado en mi mente como el humo del tabaco de Hate Man. Solo quería saber más cosas de él por el simple placer de conocerlas. Finalmente, llegó la hora de despedirnos.

Cerró su puño, manteniendo el dedo corazón levantado. Ahora que conocía al personaje, me pareció la manera más normal de despedirse pero, segundos después, comenzó a mover el dedo hacia él para indicarme que me acercara.

—Dame un último cigarrillo de despedida y te contaré un pequeño gran secreto.

A estas alturas, no podía negarle nada. Le ofrecí el paquete entero, era lo menos que podía hacer, pero después de regalarme una de sus enigmáticas sonrisas, sacó solo uno y me devolvió el resto.

—Lo que voy a contarte no puede salir en tu reportaje. ¿Me das tu palabra?

—¡Claro!, le odio tanto que no podría traicionarle. Sería de muy mal gusto.

—Has estado muy rápido en tu respuesta. Sabía que podía confiar en ti. Puede que te sorprenda lo que voy a confesarte: Yo no soy el verdadero Mark Hawthorne.

—¡No me jodas! —exclamé, sin poder salir de mi asombro.

—Tranquilo, es sencillo de explicar. Mark murió hace muchos años. Yo era uno de sus seguidores y no podía permitir que su legado cayera en el olvido. Desde que decidí convertirme en Hate Man, soy Mark Hawthorne, y como ya te dije antes: La gente viene y va, pero yo siempre estaré aquí.

Regresé al hotel, escribí el reportaje y lo envié por email. Fue lo último que supieron de mí en el periódico. No había nada en España que significara gran cosa para mí, así que decidí quedarme en Berkeley. Trabajé un tiempo en el diario local y después tuve otros mucho trabajos, pero en ninguno tuve, realmente, la sensación de encajar.

Durante los diez años siguientes me dediqué a recorrer gran parte del sur de los Estados Unidos y el norte de México. Probé el peyote, lo que me abrió la mente. Me atropelló un motorista ebrio. Caí en depresión y estuve casi un año sin hablar, solo me comunicaba con notas. Odié y amé a partes iguales hasta que, por fin, decidí que era el momento de volver a Berkeley y al People´s Park.

Me reencontré con Mark. Ya nunca me separé de él. Se convirtió en mi mentor y en mi amigo. Estuve a su lado en los buenos momentos y en los no tan buenos, hasta que una fría noche de diciembre del 2020, murió entre mis brazos.

Me visto con capas de ropa negra en las que llego colgadas cientos de imperdibles, llevo un sombrero decorado a mi antojo, guantes negros sin dedos, mi delgado rostro se difumina entre una enorme y descuidada barba blanca y mi único vicio, es el tabaco. Mi nombre es Mark Hawthorne, aunque todos me conocen como Hate Man. La gente viene y va. Yo siempre estaré aquí.

Para concluir, solo quería decirte una cosa a ti que estás terminando de leer este relato: Te odio.




The Nuevo.































miércoles, 3 de marzo de 2021

KERIDO ODIARIO: MADRID

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris

Nescio, sed fieri sentio et excrucior

Odio y amo. Quizás te preguntes por qué.

No lo sé, pero así ocurre y me torturo.

Catulo




“Odio su desorden y su condición de impredecible”, escribió Manuel de Lorenzo en un artículo publicado en “El Progreso” el 13 de Enero de 2018.

Mi odio empezó en el Manzanares, ese río tan bonito que cicatriza Madrid con un gran bosque ripario. Desde que bajaron las esclusas, se formaron islas y la vegetación se apoderó del espacio y muchas aves encontraron en ellas su medio de vida y su lugar en el Mundo. Los peces remontaron la corriente, el agua fluía pizpireta y cantarina, y la gente de la tercera edad, como una servidora, descubrimos nuevas formas de entretener la mirada.

En una ocasión leí que alguien había avistado una nutria a la altura del Puente de Segovia, así que me pasé horas, días enteros, buscándola sin parar. Salía de casa por la mañana con un bocadillo y una cantimplora y no regresaba hasta que la oscuridad me impedía seguir mirando.

Soy una gata madrileña de largo pasado, los padres de mis dos abuelos y de mis dos abuelas ya eran de aquí, y hubo una descendencia de madrileña endogamia hasta llegar a quien suscribe. Que yo sepa, ningún miembro de mi familia muerta odió nunca a esta ciudad como la odio yo ahora.

El hecho de no encontrar a la supuesta nutria me provocó una frustración enorme que acabó derivando en puro rencor. Durante los largos minutos que me pasé asomada al río imaginaba ese mismo paisaje pero sin diques, sin hormigón, sin el runruneo del tráfico y sin el alarido de las sirenas de la policía y de las ambulancias. Y era un paisaje esencialmente apacible, donde nada se movía con prisa. Me daba la vuelta, miraba a la gente y todo quisqui respiraba urgencias: bicicletas, patines, neumáticos, zapatos, insectos, hormigas, perros y hasta los pájaros volaban a velocidades supersónicas. Las cosas se desplazaban tan rápidamente que era difícil descifrarlas, infinitamente más rápido que los latidos de mi propio corazón. Y sentía mucha pena y mucha rabia de ver a toda esa pobre gente acelerada como si el Apocalipsis en persona fuera a caer sobre ella si llegaban tarde a donde quisiera que estuvieran yendo. ¿Acaso hay derecho a que las criaturas vivan agónicas para evitar la condena eterna?

Quisiera proponer un ejemplo cuya relación con este odio me llegó mientras contemplaba el Manzanares en busca de la maldita nutria. ¿Qué hay de la siesta? Por el amor de Dios, mi marido murió con 53 años como consecuencia de una tremenda deuda de sueño. Lo sé porque eso fue lo que nos dijo la doctora que le atendió durante sus últimas semanas de vida.”Usted, lo que necesita únicamente es dormir”. “Pero, ¿cuándo?”, le preguntaba él, y luego, en la calle, me decía, “solo los muertos duermen por estos andurriales”. Y añadía discursos del tipo, “si duermes en Madrid, te pierdes Madrid, la capital más hermosa del planeta”.

Perderse Madrid significaba no vivirlo con todas sus consecuencias desde la primera hora del día hasta la última de la noche. Madrugadas brutales para llegar a tiempo al trabajo, un sandwich o un “túper” con lentejas, otros noventa minutos de Metro a la vuelta, y luego; que si las clases de trompeta del niño, que si el entrenamiento de la niña, que si falta leche, que si ir a pasear por la Casa de Campo....Un día sin nuestro paseo obligatorio por la Casa de Campo nos parecía pura purria. Porque se trata de un lugar maravilloso lleno de vida silvestre aunque no sea más que un parque. He visitado otros parque ubicados en grandes ciudades y, por muy bonitos que sean, ninguno tiene ni punto de comparación con este.

Acomodándonos a la rutina, mientras la niña entrenaba y el niño tocaba la trompeta, mi marido y yo, cogidos de la mano, rodeábamos el lago o nos perdíamos primorosamente por nemorosos senderos plagados de vegetación. La verdad es que todos los recuerdos que conservo asociados a la Casa de Campo son gratos. Porque luego llegaban los fines de semana y la mejor manera de aprovecharlos era organizar picnics con nuestras amigas. Cervecita, jamón y tortilla de patatas. Contábamos conejos y recogíamos bellotas para sembrarlas en otros lugares y en macetas, y nuestro asombro nunca cesaba al contemplar toda esa naturaleza estricta en medio de una urbe, como si no nos fuéramos a morir mañana o el año que viene, como si el infinito estuviera condensado en las hojas caídas de un quercus.

Cuando el estado de mi marido empeoró, la doctora fue tajante, ni fármacos ni baja laboral ni sandeces: siesta. Y la verdad es que el hombre, pobrecito mío, lo intentó durante varias semanas. Pero, claro, solía llegar del trabajo a eso de las ocho de la tarde, noche cerrada en invierno, y dormir una siesta a esa hora, sin que entrara luz por las ventanas, le producía un cuadro de ansiedad acongojante que claramente empeoraba su salud. Una tarde, de regreso a casa, se quedó dormido en el Metro y ya no despertó más. Como todos los días, cogió la línea verde en Canillejas, en Alonso Martínez hizo un transbordo a la línea azul, supongo que se quedó dormido antes de llegar a la estación del Lago, y no se bajó en Batán. Levantaron su cadáver en la estación Puerta Sur, lo que no deja de ser irónico porque, de no haber amado tanto a este conjunto de casas, edificios y personas, tal vez habría conseguido dormir la siesta en Cádiz. Solíamos pasar las vacaciones en Zahara de los Atunes y nos encantaba el Sur. Una vez le pregunté; “si no fueras madrileño, ¿de dónde te gustaría ser?” “Pues de Cádiz”, respondió, “o de más al Sur ni pollas”. O sea, de Marruecos. Y añadió; “pero, mira, en todas partes se jode el mundo”. Porque la siesta no está asociada a lugares concretos, como se suele pensar, sino a biorritmos corporales, que a su vez están asociados a una actitud vital determinada. La doctora nos aseguró que la siesta aumenta la calidad de vida porque disminuye la tensión y el riesgo de infarto mientras aumenta los recursos del sistema inmunológico y ayuda en la digestión y en la prevención del cáncer. Textualmente dijo, “Aunque Madrid sea la capital de España, una capital europea, se puede habitar como quien habita un pueblo, y en los pueblos, que yo sepa, siempre se duerme la siesta”. Desde luego, en verano, en Zahara de los Atunes, la dormíamos todos los días mientras nuestras hijas permanecían neutralizadas por la tele, o, con más edad, por los móviles, aparte de eso éramos incapaces de contradecir dicha afirmación, aunque nos pareciera un estereotipo, porque no habíamos hablado con las vecinas y los vecinos de todos los pueblos de España para saber si dormían la siesta a diario.

Pero era verdad, Madrid es una capital y al mismo tiempo está formada por un conglomerado de pequeños municipios reconocible en los distintos distritos e incluso en los barrios. Entonces, podemos hablar del pueblo de Lavapiés, del pueblo de Malasaña, del pueblo al Oeste de la calle Toledo, de Caramuel, del Alto de Extremadura, Chueca, Chamartín, Chamberí, Tetuán, Tejares, San Fermin... Uno de Lavapiés podría decir; “primo, me voy de viaje”, el primo le preguntaría; “a dónde”, y él responder “a Arganzuela” y quedarse tan pancho.

Conozco a parroquianos que no han salido del barrio en toda su vida nada más que para renovarse el carnet de identidad. Y ahora, gracias a la iniciativa y a la presión de los ecologistas, hay una fauna de peces, aves y nutrias en pleno centro. Bueno, lo de las nutrias es un decir, porque yo nunca las he visto, y eso es suficiente para que el odio me obligue a reconocer que amo esta ciudad.

Caracol Romera.



viernes, 12 de febrero de 2021

KERIDO ODIARIO: LA VERDAD UNIVERSAL


Me ames o me odies, ambas cosas son a mi favor.

Si me amas, siempre estaré en tu corazón,

y si me odias, siempre estaré en tu mente.

Qandeel Baloch


A los siete años cimentaba mi niñez en torno a una máxima: lo que mi madre me contara debía ser considerado como una verdad universal.

Con este axioma bajo el brazo, cuando me dijo que tuviera cuidado mascando chicle porque si me lo tragaba se acabaría pegando en las tripas y moriría; yo lo creí a pies juntillas.

Una mañana me levanté con ganas de vivir al límite, así que decidí gastar toda mi paga en un montón de chicles “bazooka”. Mi objetivo final era crear el globo más grande de la historia y, con algo de suerte, lograr elevarme unos cuantos centímetros del suelo.

Estuve un rato mascando aquella masa gomosa y llegué a la conclusión que lo mejor para conseguir mi objetivo sería dar un gran brinco e hinchar el globo al mismo tiempo. Me subí a la mesa, cogí impulso, salté, y cuando aterricé, ocurrió lo inevitable: me tragué aquella enorme bola de chicle.

Comprendí que mi destino estaba sellado pero como no quería molestar a nadie me senté en mi sillón favorito y me dispuse a esperar la muerte. Esperé, esperé y esperando me quedé dormido.

Cuando desperté, miré a mi alrededor y, al descubrir que seguía en casa, corrí a la cocina a abrazar a mi madre. Era incapaz de odiarla a pesar de haberme mentido. Estaba tan contento de seguir vivo que no me importó que mi madre me hubiera engañado.

El lunes, jugando en el patio del colegio, los mayores me dijeron que los Reyes Magos no existían. Tampoco me importó.

Mientras pudiera abrazar a mi madre, todo mi mundo seguiría estando en su sitio.


The Nuevo.





jueves, 11 de febrero de 2021

KERIDO ODIARIO: A PROPÓSITO DEL ODIO

Los odios no juramentados y ocultos 

deben de temerse más 

que aquellos declarados abiertamente. 


Cicerón


Lo primero que sentí al despertar fue odio, un odio cargado de terror y universalidad. Me odié personalmente por despertar tan temprano y odié a la persona pizpireta que con su voz cantarina se asomó a mi almohada para anunciar a gritos con la cadencia de la megafonía del Metro que eran las siete y media. Por el amor de Dios, ¿qué necesidad hay de cantar tan temprano? ¿Qué necesidad hay de ser o parecer feliz al alba? Porque yo, lo primero que siento cuando despierto tan temprano es un odio genocida y un deseo muy explícito de acabar con la raza humana.

No obstante, arrugué mis sentimientos porque no me quedaba más remedio que levantarme, y me puse a fumar compulsivamente para que se me pasara el mal rollo antes de ir a la oficina.

Esa mañana, toda la putachusma de Madrid había decidido tomar el mismo camino que yo. A través del bluetooth del coche encendí la grabadora del móvil y fui registrando las matrículas de los vehículos que cometían imprudencias en los túneles de la M30 con la intención de amedrentarlos cuando llegase a mi despacho y encendiera el ordenador. Investigaría una a una todas esas matrículas porque sé que es muy difícil tenerlo todo en regla. Hay tantas normas y tantos requisitos no solo para conducir sino incluso para respirar que resulta prácticamente imposible cumplirlas todas al cien por cien. Por cualquier mínima cosa irregular que les encontrara, se iban a cagar del susto.

La primera matrícula que consulté era la de un Toyota que me adelantó por el carril de la derecha para pasar luego al de la izquierda sin intermitente y obligándome a dar un frenazo y un bocinazo. Así es, si no hubiera tenido una reunión aprimera hora, habría seguido a ese cabrón hasta darle alcance, obligarle a detenerse y bajarse del auto para partirle la cara a hostias.

Resulta que pertenecía a un tal Sebastián Figuelduero, residente en el mismo edificio que yo, en realidad, en la misma planta del mismo edificio. De hecho, la puerta de su casa se encontraba justo enfrente de la mía. Puta madre, pensé, miel sobre hojuelas. Conocía a ese mamón de odiarlo desde la primera reunión de vecinos a las que asistí. No intervenía ni sé lo que votó, sencillamente, me cayó mal en cuanto lo miré durante varios minutos. Apenas me había cruzado con él un par de veces en el rellano y en el portal, pero nunca le había prestado la atención que le presté entonces. Hacía un gesto repetitivo con la cara y con la boca que era propio de un babeo continuo y el hijoputa vestía vaqueros de pitillo aunque rondara los cuarenta. Hay una gran diferencia entre los hombres que se visten con pantalones de pitillo que se apoyan en los tobillos provocando arrugas en el pernil y aquellos que usan pantalones de caída libre. A los del primer grupo habría que cortarles las piernas para que no inciten al odio allá por donde caminan. Por consiguiente, ya odiaba al conductor del Toyota mucho antes de su temeraria maniobra en los túneles de la M-30.

En su expediente aparecieron varias multas todavía no reclamadas. Una por pasarse del tiempo de estacionamiento en una zona verde; otra, por estacionar en un espacio reservado a personas con movilidad reducida; una tercera por circular sin la ITV al corriente; y la cuarta por llevar el parabrisas sucio y las escobillas del limpiaparabrisas, desgastadas. Todo ello en un margen de dos meses. Genial, ya me encargaría yo de darles preferencia en la listas de pendientes.

Como no disponía de pruebas de su actitud al volante de esa mañana en ese punto concreto, decidí consultar las cámaras de la carretera. Si yo tomé la salida de Córdoba y él siguió avanzando, era probable que hubiera salido en la A3. Conecté la cámara que enfoca la boca del túnel, accedí a su memoria y busqué la hora. Si el incidente ocurrió a las 8:13, aparecería alrededor de las 8:18. Rebobiné hasta esa hora y ese minuto y la espera no duró ni un cigarrillo. Allí estaba, el mismo Toyota rojo que por poco se estampana conmigo y con otros conductores a las 8:13. Pero no observé nada raro en él, ni siquiera circulaba por el carril rápido. Sin embargo, un kilómetro más adelante aparecía de nuevo en tan solo veinte segundos, lo que indicaba que se había desplazado como mínimo a ciento ochenta kilómetros por hora. Hice una copia de los dos vídeos y me regodeé con la imagen de la notificación y con la parte sancionadora de la misma. La redactaría yo misma para darle rienda suelta a todo el odio que sentía hacia mese tipejo.

No obstante, no hice nada de todo eso porque congelé las imágenes de la siguiente cámara y pulsé el botón del zoom solo por curiosidad, y descubrí que era una mujer la que pilotaba.

Madre mía, ¿qué podía hacer salvo preguntarme quién era y por qué conducía de esa manera con un vehículo a nombre de Sebastián Figuelduero?

La única explicación posible era que estaba huyendo. Él la habría estado reteniendo, maltratando e, incluso, torturando hasta que ella consiguió escapar con las llaves del Toyota. Menudo hijo de la gran puta.

O bien le contaba toda la historia a la Guardia Civil solo para joderle o bien le jodía yo misma. Pasé el día dudando y meditando como debía proceder hasta que, a la mañana siguiente, mi marido volvió a despertarme con su odiosa voz cantarina. Estaba claro, de momento, mi repentina necesidad de matar a alguien no se materializaría en mi vecino.

Caracol Romera.







miércoles, 20 de enero de 2021

KERIDO ODIARIO: LA ISLA

El odio es una larga espera. 


Ren Maran



La isla era tan pequeña que las doscientas cincuenta mil personas que la habitaban se habían visto alguna vez en sus vidas, incluso dos veces. Tan breve y diminuta era, que las ciento noventa y siete ciudades que la ocupaban parecían una sola desde el espacio. 
Si tu novia vivía en la ciudad de al lado, con cruzar un par de manzanas ya podías abrazarla, pero si su residencia se hallaba a doce o trece ciudades de distancia, podías tardar cuatro horas en recorrer sesenta kilómetros. No había montañas ni campos ni polígonos industriales, solo casas, edificios y varios millones de rotondas. Todo lo que necesitaban sus habitantes, incluso agua y tomates, debía importarse del continente. 
La falta de dimensiones para desarrollar una personalidad propia, una intimidad como Dios manda, las fue volviendo hoscas y ensimismadas, casi místicas, y compensaban la escasez de espacio exterior con un mundo interior que era amplio y profundo y, al mismo tiempo, resignado y rencoroso. 
Y por este mismo motivo, se odiaban. Cada persona odiaba a las que tenía alrededor porque las consideraba culpables de su amargura. Todas se habían convertido en putachusma para todas. Odiaban a sus vecinos, a sus vecinas, a las hijas e hijos de cualquiera, incluso a los propios, a familiares, parejas…y, en realidad, a ellas mismas. El único sentimiento compartido era el odio. De modo que el índice de natalidad fue disminuyendo hasta alcanzar el cero. 
Los jóvenes emigraban a lugares donde poder estirar las piernas. La población se volvió vieja y cochambrosa y se fue muriendo por causas naturales o por poner la música muy alta. No había espacio para más cementerios, así que enterraban los cadáveres en sus propios dormitorios sellando las puertas de entrada y las ventanas. La última persona que murió se llamaba Antoine Favrè y era tan viejo que, aunque lo intentó, no fue capaz de enterrarse a sí mismo. 
En la actualidad, solo habitan la isla gatos gordos y perros desesperados, y todo el mundo sabe lo mucho que se odian.


Caracol Romera.



jueves, 26 de noviembre de 2020

KERIDO ODIARIO: LA COLECCIÓN

 Hay un tiempo para amar 

y un tiempo para odiar


Eclesiastés 3:8

  La gente del barrio me llama misántropo y yo les odio por ello. Pensaba que lo que querían decir al otorgarme tal denominación era que me gustaba ir a misa y a mí eso de ir a misa no me gusta. Soy un ateo de andar por casa aunque, cierto es, que echo mano de dios siempre que las cosas se me tuercen que, en el fondo, es lo que solemos hacer todos.

  Me dio por consultar en internet la definición de misántropo y resulta que es aquel que odia a otras personas. Una vez resuelto el malentendido, concluí que el vecindario me calificaba de esa manera porque ya les odiaba antes de tal designación, lo cual es cierto...y después, también.

En el libro II de la Retórica de Aristóteles se distingue entre ira y odio: la ira se siente hacia personas concretas cuyas acciones o existencia afectan al iracundo, mientras que el odio puede aparecer sin motivos personales.

Yo, nunca he tenido un ataque de ira. Me parece un desperdicio de energía innecesario y, en los tiempos que corren, todo lo que sea ahorrar energía va en beneficio del planeta pero odiar, sí. Odiar los odio a todos y tengo mis motivos para ello.

Si le echáis un vistazo a la cita que encabeza el comienzo de esta página descubriréis que la biblia dice que hay un tiempo para amar y otro para odiar. A mí no me da la vida para hacerlo todo así que decidí dedicar todo mi tiempo a odiar a mis semejantes. Como veis, este es uno de esos momentos que aprovecho la palabra de dios en mi propio beneficio. ¡Aunque a misa no pienso ir, os pongáis como os pongáis! No me andéis jodiendo con eso, ¿vale?

He de decir, para que quede negro sobre blanco, que fueron ellos los que empezaron a mirarme mal y todo por enseñarles mi colección. Parte de culpa la tuvo también mi psicólogo que se empeñó en que debía abrirme más al mundo exterior y no pasarme todo el día encerrado en casa.

—Tienes que salir más y relacionarte. No es bueno para ti estar siempre solo.

—Es que todos lo que me rodean son putachusma. Usted también lo es pero como le pago no me queda más remedio que aguantarle.

—Mira, Ángel, me has dicho que tienes un “hobby” y eso está bien. Ahora lo que podrías hacer es enseñárselo a las personas de tu barrio e igual encuentras a alguien que comparta tu afición o, al menos, podrá servirte para comenzar una conversación y te aseguro que nadie te va a juzgar por ello.

¿Qué no me iban a juzgar? Me juzgaron y me condenaron.
En cuanto me paseé por el barrio con el frasco donde colecciono todas las uñas que me he ido cortando desde que tengo uso de razón, la gente no paró de señalarme y de gritarme cosas horribles. Desde entonces no he vuelto a hablar con nadie más que para decirles que les odio profundamente.

Al fin y al cabo, yo no he hecho nada malo. Por lo que tengo entendido, solo dios tiene potestad para juzgar mis actos y, hasta el momento, no he recibido notificación alguna. A mi modo de ver, es preferible coleccionar las uñas de uno que no los dedos de otro. Aunque todo es empezar, claro.


The Nuevo.