jueves, 26 de noviembre de 2020

KERIDO ODIARIO: LA COLECCIÓN

 Hay un tiempo para amar 

y un tiempo para odiar


Eclesiastés 3:8

  La gente del barrio me llama misántropo y yo les odio por ello. Pensaba que lo que querían decir al otorgarme tal denominación era que me gustaba ir a misa y a mí eso de ir a misa no me gusta. Soy un ateo de andar por casa aunque, cierto es, que echo mano de dios siempre que las cosas se me tuercen que, en el fondo, es lo que solemos hacer todos.

  Me dio por consultar en internet la definición de misántropo y resulta que es aquel que odia a otras personas. Una vez resuelto el malentendido, concluí que el vecindario me calificaba de esa manera porque ya les odiaba antes de tal designación, lo cual es cierto...y después, también.

En el libro II de la Retórica de Aristóteles se distingue entre ira y odio: la ira se siente hacia personas concretas cuyas acciones o existencia afectan al iracundo, mientras que el odio puede aparecer sin motivos personales.

Yo, nunca he tenido un ataque de ira. Me parece un desperdicio de energía innecesario y, en los tiempos que corren, todo lo que sea ahorrar energía va en beneficio del planeta pero odiar, sí. Odiar los odio a todos y tengo mis motivos para ello.

Si le echáis un vistazo a la cita que encabeza el comienzo de esta página descubriréis que la biblia dice que hay un tiempo para amar y otro para odiar. A mí no me da la vida para hacerlo todo así que decidí dedicar todo mi tiempo a odiar a mis semejantes. Como veis, este es uno de esos momentos que aprovecho la palabra de dios en mi propio beneficio. ¡Aunque a misa no pienso ir, os pongáis como os pongáis! No me andéis jodiendo con eso, ¿vale?

He de decir, para que quede negro sobre blanco, que fueron ellos los que empezaron a mirarme mal y todo por enseñarles mi colección. Parte de culpa la tuvo también mi psicólogo que se empeñó en que debía abrirme más al mundo exterior y no pasarme todo el día encerrado en casa.

—Tienes que salir más y relacionarte. No es bueno para ti estar siempre solo.

—Es que todos lo que me rodean son putachusma. Usted también lo es pero como le pago no me queda más remedio que aguantarle.

—Mira, Ángel, me has dicho que tienes un “hobby” y eso está bien. Ahora lo que podrías hacer es enseñárselo a las personas de tu barrio e igual encuentras a alguien que comparta tu afición o, al menos, podrá servirte para comenzar una conversación y te aseguro que nadie te va a juzgar por ello.

¿Qué no me iban a juzgar? Me juzgaron y me condenaron.
En cuanto me paseé por el barrio con el frasco donde colecciono todas las uñas que me he ido cortando desde que tengo uso de razón, la gente no paró de señalarme y de gritarme cosas horribles. Desde entonces no he vuelto a hablar con nadie más que para decirles que les odio profundamente.

Al fin y al cabo, yo no he hecho nada malo. Por lo que tengo entendido, solo dios tiene potestad para juzgar mis actos y, hasta el momento, no he recibido notificación alguna. A mi modo de ver, es preferible coleccionar las uñas de uno que no los dedos de otro. Aunque todo es empezar, claro.


The Nuevo.







miércoles, 25 de noviembre de 2020

KERIDO ODIARIO: TRES VECES

 A la larga, odiamos 

lo que usualmente tememos. 


William Shakespeare



Ni dos, ni cuatro...tres veces.

Quiero terminar la clase de hoy hablándoles de un fenómeno denominado “distorsión de memoria”.  

Se trata, básicamente, de un fallo en el cerebro en el que se mezclan la repetición y la asunción de ciertos hechos. Los comunicadores, los políticos y, por supuesto, el mundo de la publicidad utilizan este sistema continuamente.

—¿En los anuncios de televisión, por ejemplo?

—Buena apreciación, señor Martínez. Efectivamente, es un método que utilizan a menudo en la publicidad tanto televisiva como radiofónica. Repetir tres veces la misma idea en un corto período de tiempo. La primera vez puede que no la oigas, la segunda quizá ni la entiendas pero al escucharla por tercera vez, esa será la que te llegue. En ese momento, tu subconsciente la memorizará por completo y la asimilará como verdadera y…se nos ha acabado el tiempo. 

Mañana continuaremos donde lo hemos dejado. No olviden repasar los temas cuatro y cinco porque la próxima semana tendremos un examen. No, no me lloren. Les aseguro que les resultará muy sencillo. Si tienen las ideas claras, por supuesto.

Me despedí de mis alumnos y me dispuse a salir a la carrera, como de costumbre.

Aunque parece que las cosas se van colocando en su sitio, todavía me queda bastante para rehacer el caos en el que se ha convertido mi vida. Menos mal que mi hijo ya es un poco más autónomo y ya no me necesita pegada a él todo el día. Por cierto, voy a llamar para avisarle de qué llegaré tarde.

—Hola, mi amor, ¿ya estás en casa?

—Sí, mamá. No hay nada comestible en la nevera.

—Lo sé, cariño. Lo siento pero es que no me da la vida para todo. Pide una pizza y yo llegaré en cuanto pueda. Aún me quedan recados por hacer.

—¡Jolín, mamá, siempre igual!

—Venga, no seas protestón. En cuanto llegue hacemos algo juntos. ¿De acuerdo?

—Vale. Te quiero, pesada.

—Yo también te quiero, tonto.

No había terminado de guardar el móvil en el bolso, cuando alguien me agarró del brazo arrancándome de mis pensamientos.

—¡Tenemos que hablar!

Era el imbécil de mi exmarido. Le está costando entender que nos estemos divorciando. Le pedí que me soltara pero me sujetó aún con más fuerza.

—¡Hemos terminado, no tenemos nada de qué hablar! —grité, intentando zafarme, al mismo tiempo.

—¿Por qué no podemos seguir juntos? Yo te quiero. Te quiero sobre todas las cosas.

—¡Tú no sabes lo que es amar! Solo hay una persona a la que quieres y es a ti mismo. ¡Suéltame! ¡Te odio, me oyes! ¡Te odiooo!

El tiempo se detuvo durante un instante eterno. Sacó un cuchillo del bolsillo y, mirándome fijamente a los ojos, me lo clavó en el estómago mientras gritaba:

“¡Si no eres mía no serás de nadie, zorra! ¡Estás muerta! ¡Muerta! ¡Muer...!”.

Mientras me derrumbaba, en lugar de intentar taponar la herida, me tapé los oídos. Pensé que si conseguía no escucharla por tercera vez, aquella idea no se grabaría en mi cerebro como una irremediable certeza.

Me quedé en aquel callejón en compañía de mis sombras repitiéndome a mí misma: Vivirás, vivirás...


The Nuevo.





martes, 27 de octubre de 2020

KERIDO ODIARIO: LA ESPUMA DE LAS BIRRAS

Estoy libre de todo prejuicio. 

Odio a todos por igual. 

W.C. Fields.


A modo de prefacio.

Si algo me ha enseñado la pandemia es que en la vida, lo esencial es formular juicios a posteriori sobre todas las cosas.


Mi padre atribuía el origen de todos los males del universo mundo a un único elemento perturbador: las corrientes. Si agarrabas un constipado, padecías de dolor lumbar, la diarrea no te dejaba salir de casa o si te electrocutabas por haber metido, como un imbécil, los dedos en un enchufe; para mi padre, la causa común, más allá de toda duda razonable de todas estas desgracias y de todas las demás, siempre era la misma: las malditas corrientes. 

Por eso, mucho antes de que el virus comenzara a esparcirse por toda la geografía planetaria, yo sabía que era lo que debía hacer para evitar contagiarme. 

Pensé que mi deber ciudadano era advertir a las autoridades sanitarias, así que envié una carta a la OMS narrando la teoría de mi padre pero, por lo que fuera, hicieron oídos sordos y, como consecuencia, todos nos encontramos confinados a la espera de que remita la jodida pandemia.

Como soy persona previsora, me pasé por el supermercado y arramblé con todo el papel higiénico que encontré en los estantes así como con una amplia selección de cervezas. Cada tipo de cerveza tiene su propia personalidad y debes saber elegir cual es la más adecuada dependiendo del estado de ánimo en el que te encuentres en ese momento. Si estás de buen humor; elige una “Pilsen” para no complicarte la vida, si necesitas resolver algún conflicto; una tipo “Ale” te impondrá carácter y ganarás confianza, si el tema se está poniendo serio; opta por una cerveza negra tipo “Guinnes”, si lo que quieres es echarte a llorar; bebe una sin alcohol y si lo que buscas es pillar un cabreo de mil pelotas; prueba una de esas mierdas con sabores. Elijas la que elijas, permíteme un consejo; cuida la espuma. La espuma es como el paraguas que protege a la birra del mundo exterior. Si notas que va a desaparecer, lo mejor es acabes la cerveza de un solo trago. 

Lo de estar encerrado en casa no me iba a suponer un gran esfuerzo dado mi odio visceral por los seres vivos en general, y la raza humana en particular. Incluso dispondría de más tiempo para poder terminar el ensayo que estoy escribiendo: “El odio como elemento generador de endorfinas. Interacción y propuesta”.

La existencia la comparto con un koala de nombre “Nicolas” y un geko sin nombre que se pasa el día subiendo y bajando por las paredes.  Cuando comenzamos a convivir, Nicolás me comentó que era un experto cocinero. Tres años después, aún no le he visto cocinar nada y, realmente, no creo ni que sepa donde está la cocina porque no la ha pisado nunca. Sobre el geko, lo único que puedo contar es que no parece estar ni mínimamente afectado por la gravedad de la situación que estamos viviendo ni por la gravedad en general.

Solo a una persona soy capaz de llamar “amigo”. Su nombre es “Polluelo” y es coleccionista compulsivo. El objeto de su compulsión es todo lo relacionado con el famoso diseñador de moda: “Jean Gaul Paultier”.

¡Qué casualidad!, el teléfono me avisa de que Polluelo me convoca a una videoconferencia.

—Hola, Nuevo. ¿Cómo lo llevas?

—Bien. ¿Y tú en qué andas, Polluelo?

—Pues, te quería comentar…¿Te enteraste qué Jean Gaul ha sacado una colección de mascarillas?

—No tenía ni idea. Supongo que querrás comprarte alguna.

—Lo cierto es que me las he comprado todas.

—¿Y te queda dinero para comer?

—Ni un céntimo de euro.

—No te preocupes. Te haré una transferencia. Disfruta de tus mascarillas y aléjate de las corrientes. Por cierto, ¿qué tal con Alicia?

—Bueno, ya sabes, me quiere mucho pero comienza a estar un poco harta de mi obsesión con Jean Gaul.

—Vaya, lo siento. Cuídala, es lo mejor que tienes.

—Lo haré. Gracias, Nuevo. Nos vemos pronto.

Nada más colgar, el teléfono volvió a reclamar mi presencia en otra videoconferencia pero esta vez no tenía ni idea de quien pudiera ser.

—Hola…¿Quién eres?

—Soy…Nuevo. ¿Y tú?

—Disculpa me he confundido…adiós.

—No, espera, no cuelgues, por favor.

Al otro lado de la pantalla, me observaban los ojos más profundos que jamás había visto acompañando el rostro de una bellísima mujer. Resolví que debía preguntarle cualquier cosa que se me ocurriera para que no me dejara.

—Parece que está quedando buena mañana. ¿Qué tal llevas el confinamiento?

—Estaba siendo un jodido aburrimiento hasta que me confundí al llamar.

¡Toma, ya,! Ésta no te la esperabas, Nuevo. Todas mis creencias sobre las relaciones humanas se estaban dando la vuelta como un jersey de lana y me estaba enamorando de alguien que no conocía de nada. Mejor así, el desconocimiento es misterio y el misterio genera deseo, aunque ahora lo que quería era saber más de ella.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Hierba.

—Es un nombre precioso.

—Sí, bueno…mis padres tenían una plantación de maría y les dio por ahí. Tengo que dejarte, ¿te gustaría que mañana te llamara otra vez?

—Me encantaría.

Nuestro amor creció exponencialmente como, al mismo tiempo, crecieron los infectados por el jodido virus. Nos casamos “on line” en una ceremonia tan entrañable como ridícula y, al día siguiente, nos fuimos de viaje de novios virtual para coronar la cima del Everest. No tuvimos mucha suerte porque montones de alpinistas tuvieron la misma idea y estuvimos más de tres horas haciendo cola para poder coronar la cima. Fue, sin duda, una desafortunada decisión porque, a partir de entonces, todo comenzó a ir mal.

Hierba se infectó con el virus y un girasol comenzó a crecer en sus pulmones impidiéndole respirar con normalidad. El gobierno había emitido una orden negando el traslado al hospital a los mayores de veinticinco años y ella acababa de cumplir los veintiséis por lo que acabé dilapidando gran parte de mis ahorros tratando de sanarle a base de terapias alternativas sin ninguna base científica que las sustentara. 

No había vuelto a escribir ni una sola línea de mi tesis. Mi amor por Hierba había extirpado la mayor parte del odio que sentía. Al único que me sentía capaz de odiar era a un puñetero virus de mierda lo que resultaba bastante desalentador hasta que, un día, el odio se convirtió solo en tristeza. 

A medida que la pena crecía en mi interior, más pequeña se hacía mi casa, literalmente. Las paredes, el techo, las habitaciones, la cocina, el baño. Todo mi hogar iba menguando sin que pudiera hacer nada para evitarlo. El geko decidió que lo mejor era largarse, Nicolás se pasaba el día agarrado a mi espalda, sollozando y yo no hacía otra cosa que beber cervezas sin buscar motivo ni excusa para hacerlo.

Una videollamada. Es Polluelo. No sé si tendré fuerzas para escuchar lo que quiera contarme.

—Nuevo, estoy bien jodido.

—¿Qué te ocurre? El desencajado rostro de Polluelo no presagiaba nada bueno.

—Anoche discutí con Alicia. Esta mañana me dejó una nota en la nevera en la que decía que se había llevado mi revolver y en las noticias acaban de anunciar que Jean Gaul ha sido asesinado. Le han disparado en su estudio y estoy seguro que ha sido ella. Ahora vendrán a por mí.

—¿Por qué? Tú no has tenido nada que ver.

—Todo el mundo sabe que soy el mayor coleccionista de Paultier, que en paz descanse. Eso me convierte en el sospechoso número uno. 

—No lo entiendo.

—Pues es fácil de entender, el fin último de todo admirador fanático que se precie es el de acabar con el objeto de su fanatismo. ¿Por qué crees que compré la pistola? Lo que ocurre es que siempre he sido demasiado cobarde... Están golpeando la puerta. Seguro que son ellos. Voy a abrir.

—No lo hagas, Polluelo. ¡Huye por la ventana!

—Mi destino ya está escrito, Nuevo. Si no me crees, pregúntale al tipo que está escribiendo este relato. Además, si no fuera por esto sería porque debo tres meses de alquiler. Adiós, si ves a Alicia dile que la quería sobre casi todas las cosas.

Polluelo abrió la puerta y una horda de policías entró en tromba en la estancia, tirándole al suelo. Mientras le colocaban los grilletes, procedieron a leerle las acusaciones.

—Don Polluelo Manuel Martín de Porres, se le acusa del asesinato de afamado modisto y líder de opinión, el excelentísimo señor don Jean Gaul Paultier con el agravante de no haber abonado el alquiler durante los últimos tres meses. ¿Cómo se declara?

—Inocente.

—Nos ha salido cachondo el colega. Mire, vamos a resumir porque tenemos una mañana pelín ajetreada. Ha sido usted acusado, juzgado y hallado culpable de todos los cargos. Tiene derecho a ser ejecutado mientras grita como una nenaza o, en silencio, para no molestar a los vecinos.

—Pues gritando. A los vecinos que les den por culo. Son todos putachusma.

—Sargento romerales, proceda.

Mientras Polluelo firmaba el consentimiento informado, el sargento extrajo de un maletín el “extirpavísceras” y, comenzando por el corazón, procedió a extraer todos los órganos que pudieran servir para el servicio nacional de trasplantes. Un policía los iba guardando en recipientes y otro les iba poniendo bien de hielo.

Efectivamente, Polluelo gritó lo que no está escrito y todo el barrio pudo escuchar su agonía. Los vecinos más entregados aprovecharon para salir a sus balcones a aplaudir y vitorear a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Corté la comunicación, tuve miedo de que me acusaran de testigo, cómplice o cualquier otra cosa que se les ocurriera.

El teléfono no me dio tregua. Esta vez era Hierba la que aparecía la otro lado de la pantalla.

—Hola, mi amor. ¿Cómo te encuentras?

—Esto se acaba, Nuevo—dijo, con un hilo de voz.

—No digas eso. Te vas a poner bien.

—El girasol ha crecido mucho. Apenas puedo respirar.

—Dime dónde vives. Iré a abrazarte y te sentirás mejor.

—Es muy arriesgado.

—No me importa. Haría cualquier cosa por ti.

Resultó que éramos prácticamente vecinos. Solo un edificio nos separaba. Le coloqué una mascarilla a Nicolás y salí corriendo, con el koala en plan mochila, hacia el piso de Hierba.

Por el camino tuvimos que esquivar a una patrulla, a los miembros de una secta que vaticinaban el fin del mundo y una manifestación en contra de la dictadura sanitaria.

Cuando conseguí llegar a la casa, me encontré la puerta abierta así como todas las ventanas de la única estancia que no había reducido su tamaño. Su piso había corrido, prácticamente, la misma suerte que el mío y había quedado reducido a la mínima expresión. Hierba estaba tirada en el suelo. La cogí en brazos y la acomodé en el sofá.

—Has venido

—Claro, cariño. ¿Lo dudabas? Voy a cerrar las ventanas, hay mucha corriente.

—No, déjalas abiertas. Lo prefiero así.

—Pues voy a buscar las pastillas, ¿dónde las guardas?

—Hace mucho que no las tomo. Eran asquerosas y no me hacían ningún bien. Solo quiero que me hagas un favor.

—Lo que quieras.

—Arráncame el girasol. Para un rato que voy a estar contigo quiero que me veas como cuando nos conocimos.

—Pero, el girasol y tú sois simbióticos, si te lo quito, morirás sin remedio.

—Solo es un jodido parásito. Hazlo, por favor.

Agarré la flor y tiré con todas mis fuerzas. Cuando logré arrancarlo, una sonrisa se dibujó en el rostro de Hierba. Mientras la besaba, su vida se fue desvaneciendo entre mis brazos.

Como apenas me quedaba dinero para poder pagar un entierro digno, decidí que lo mejor sería quemar el cadáver en la bañera y llevarme las cenizas en un bote de ColaCao para poder recordarla todas las mañanas.

No tardé ni dos días en infectarme. Nicolás se empeñaba en bajarme la fiebre colocándome paños de agua fría en la cabeza.

—¿Qué opinas de lo que ha pasado?—le pregunté.

—Si una banda mafiosa te dice que quiere invitarte a un picnic en un bosque en un día de lluvia, ¿tú qué crees que podría salir mal?

—Eres muy críptico para ser un simple koala. No sé que va a ser de ti, si muero.

—Tranquilo, sé cuidar de mí mismo. Y soy un gran cocinero.

—Un cabronazo es lo que eres.

Al menos, no todo es un puto desastre. El girasol no me salió del pecho sino del ombligo. Así que si sobrevivo y, con un poco de suerte, para cuando llegue el verano se ha terminado el confinamiento, podría pasear por la playa y esta estúpida flor me serviría para disimular las lorzas de la enorme barriga que estoy echando durante estos meses de encierro.

—Nicolás, ¿queda alguna cerveza en la nevera?

—Hice un pedido ayer, así que vamos servidos.

En fin, no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Todo esto pasará...o eso quiero creer.


The Nuevo.









viernes, 25 de septiembre de 2020

KERIDO ODIARIO: EL PUEBLO SIN ODIO

El odio es un pez espada, se mueve en el agua invisible, 
y entonces se le ve venir, y tiene sangre en el cuchillo: 
lo desarma la transparencia. 
Pablo Neruda.


Jamás pensé que encontraría un lugar en este universo mundo que se encontrara 100% libre de odio hasta que conocí la existencia de un pueblo de la provincia de Almería que. además, tuvo en su poder el honor de ser considerado el pueblo más contento de España; Sopalmo.

Atravesada en su corazón por la carretera que lleva de Mojácar a Carboneras, esta pedanía es tan minúscula que, si te despistas, tu visita habrá consistido en un simple “hola y adiós” porque ya te encontrarás en cualquier otro sitio.

Si tienes la fortuna de parar a tiempo, podrás disfrutar de sus casas de un blanco casi mágico que contrastan con grandes macetas pintadas de un intenso color azul que embellecen con sus flores las ventanas y calles del pueblo, y lo envuelven de un aroma, mezcla de felicidad y buen rollo que hará que te encuentres irremediablemente bien.

En Sopalmo todos los días son fiesta porque tienen por costumbre celebrar todos y cada uno de los santos del santoral. ¿Hay algo mejor que un día de fiesta?, debieron pensar los Sopalmeños. Pues, todos. Así cada mañana el pueblo amanece engalanado en honor a la santa o al santo que corresponda y se festeja por todo lo alto. Los hombres bailan y las mujeres cantan. Hay algo de mágico e hipnótico en ese canto susurrante que hace que al escucharlo te olvides de todos tus problemas, te abandones a la felicidad y solo pienses si alguna vez en tu rutinaria vida estuviste tan contento como lo estás en ese momento.

Sopalmo se cierra oficialmente a las 2:22 de la madrugada. Todos aquellos turistas que no lo hayan abandonado antes de esa hora, serán asesinados implacable y sistemáticamente. Los cuerpos serán incinerados, los vehículos, desmontados pieza por pieza y será borrado hasta el recuerdo de que aquella gente, alguna vez, hubiera siquiera pisado la aldea, como si nunca hubieran existido. 

De vez en cuando les da por perdonar a alguien. Estos afortunados tienen que demostrar que han sabido interiorizar la peculiar idiosincrasia de la localidad, abjurar de todas sus creencias previas, comprometerse a salvaguardar las costumbres del lugar, estar contentos sobre todas las cosas y, condición fundamental; jamás abandonar el pueblo. Esta sangre nueva, mantiene vivo el lugar sin tener que caer en la endogamia.

—¡¿Pero qué cojones?! Habías dicho que Sopalmo estaba 100% libre de odio y ahora me cuentas que se cargan a todo el que pasa por allí. ¡No tiene sentido!

—Claro qué sí, amigo mío. No hay odio en la mirada del cocodrilo, solo realiza eficazmente su trabajo. Ocurre igual con los vecinos de Sopalmo. Cuando matan, lo hacen asépticamente. No hay pasión, ni odio, solo convencimiento y firmeza. No van a permitir que unos extraños les obliguen a cambiar sus seculares tradiciones ni su forma de vida y, si te sirve de consuelo, los que son apiolados mueren con una sonrisa en la boca.

Cuando tienen todo recogido y las familias han regresado a sus hogares, el alcalde pone en marcha una maquinaria formidable que hace que todo el pueblo quede enterrado bajo el subsuelo. Allí pasan la noche, como madriguera de topos, ajenos a la locura del mundo exterior y esperando el siguiente amanecer en el que volverán a engalanar el pueblo para repartir felicidad y muerte entre los que los visiten.

Con lo que no contaban los Sopalmeños era que su “modus vivendi” no iba a ser amenazado por ningún ser pluricelular sino por un microvirus. EL Sars cov 2, estampanable coronavirus donde los haya y azote planetario durante 2020, no desaprovechó la ocasión de plantarse en el pueblo de los contentos cual moderno jinete del Apocalipsis y arrasar con todo.

Sin posibilidad de distancia social, los vecinos de Sopalmo fueron diezmados en pocos días y la puntilla la recibieron al enterarse de la imposibilidad de celebrar más fiestas. La Covid-19 y la depresión fueron exterminando a, prácticamente, toda la población hasta que solo quedaron dos familias. Después de meditarlo mucho, decidieron tomar la dramática decisión de enterrar el pueblo definitivamente. Con lágrimas en los ojos se despidieron mientras sus casas se hundían en la tierra y en el olvido.

Y allí continúan a la espera de que algún día puedan volver a ver la luz, renacer de sus cenizas, volver a celebrar todo lo celebrable y que la contentura vuelva a reinar en las blancas calles del pueblo de Sopalmo. O no.


The Nuevo.

viernes, 11 de septiembre de 2020

KERIDO ODIARIO: EL PUEBLO SIN ODIO 2

Es mejor ser odiado por lo que eres, 
que ser amado por lo que no eres. 
André Gide


Habían pasado un plácido día de playa en el Algarrobico.

—Vaya puta mierda de puta mierda, te dije que te quitaras la arena de los pies antes de entrar.

—Se me olvidó.

—No se te puede olvidar eso, mira cómo has puesto el coche.

—Vale, tampoco hace falta que grites, no es para tanto.

—¿Cómo que no es para tanto? ¿Cómo que no es para tanto? Claro, como tú no lo vas limpiar.

—Que no me grites, hostias, que solo es un poco de arena en la alfombrilla.

—Pues un poco de arena y otro poco de arena y otro poco de arena hacen una duna ni pollas, y mira cuánta has dejado en el suelo, podríamos clavar una sombrilla ahí. Pero te la suda.

—Que no seas gilipollas y mires a la carretera y ve más despacio.

—Miraré adonde me dé la gana, y correré lo que me salga de los cojones, ¿me vas a enseñar tú a conducir?

—Pues para, que yo me bajo, y el “mierdaniño” se baja conmigo.

—¿Cómo que pare? ¿Cómo que te bajas? No, tú llegas a casa conmigo. Y el “mierdaniño” también.

—O paras en la cuneta o me tiro en marcha. Tú verás.

—Mira, que te den, haz lo que quieras. O sea, me cabreo porque me dejas el coche hecho una mierda y al final eres tú la ofendida. Manda huevos. No te puedes imaginar cuánto te odio.

—Gracias, yo también te odio mucho.

El coche se detiene en la cuneta, la mujer y el “mierdaniño” se apean. El hombre acelera a más no poder transmitiendo su enfado al manejo del vehículo. Las ruedas emiten humo y chirridos de rallye. “Tontopolla”, piensa ella, y luego le regaña a su hijo por olvidar la gorra en el asiento.

Varios kilómetros más adelante, el coche vuelve a detenerse en un pueblo. Queda bien aparcado y el conductor se baja y se dirige a un bar que se asoma a la carretera. De pronto, se siente muy bien, extremadamente bien, la polla de bien. Algo que no controla y que no sabría identificar le induce calma y sosiego y alegría de vivir. Ni rastro de odio. Sabe que está en Sopalmo porque ha pasado muchas veces por esa ruta, pero no sabe que Sopalmo es el pueblo de la gente feliz. Eso todavía lo ignora. Una muchacha que le recuerda a su esposa cuando era joven se acerca a su mesa y le pregunta qué va a tomar.

Un cóctel de analgésicos, piensa él, pero se pide una cerveza de tres cuartos de litro. Tarde o temprano, su esposa y su hijo pasarán por ahí y él ha decidido esperar tan ricamente.

A pesar de toda la movida de la arena y de parar en la cuneta precipitadamente, se siente extrañamente bien. Como si todo estuviera al fin en su sitio natural. No siente ningún dolor, ningún malestar y el Universo parece organizado para que su vida sea un lugar apacible. Se fija en la camarera que le recuerda a su esposa de joven. Joder, qué buena está, masculla entre sorbo y sorbo, me la follaría aquí mismo, sobre la marcha. Su esposa y su hijo están tardando mucho, pero ni tan mal, no tiene ninguna prisa y se pide el segundo tercio. La camarera se lo trae al instante con una tapa de pulpo seco. Y para que el cliente sitúe la tapa en su debida importancia, le dice que el pulpo del que procede esa pata fue cazado en una de las playas de la Granatilla, a tiro de piedra de allí. A él le importan muy poco las playas y sus nombres pero la camarera le interesa mucho. De modo que prolonga la conversación con preguntas. Del tipo, ah, sí, ¿y dónde está esa playa?, ¿y por qué se llama de las granatillas?, ¿hay granatillas en la arena?, ¿y cómo te llamas tú?

La camarera, mientras responde, le coge la mano para parecer más sincera, y este sencillo gesto de humanidad averigua en él hormonas sexuales. Así que cuando ella le pide que la siga a la cocina para enseñarle el famoso pulpo, él camina tras ella incluso sin mascarilla, casi babeando. Se siente tan feliz que va imaginando un polvo entre harina y platos sucios, como si la camarera fuera Jessica Lange y él, Jack Nickolson. Acto seguido, se deja degollar por ella con sumo placer. Y esa forma de morir le parece la más feliz de todas las posibles. Mientras se desangra y muere, la camarera le da las gracias por morir tan “felicico”, porque la felicidad es un componente esencial para que las barbacoas generen ese ambiente que solo las barbacoas pueden generar. FIN.

Epílogo:

La mujer y el “mierdaniño” llegan a Sopalmo extenuadas por el calor del sol y por las cuestas. No ven el coche aparcado porque alguien lo ha quitado de en medio. De pronto, ni las impertinencias de su marido ni la posible insolación de su hijo le importan lo más mínimo. Solo quiere ducharse y descansar en una cama decente.

Se sienta en la terraza del bar y pide un botellín de agua y un Aquarius. Se saca el móvil del bolsillo y llama a su marido. Nadie responde. Pero se está bien allí. No lo puede negar. La camarera se acerca y, sin que nadie le pregunte, le dice que disponen de habitaciones libres y que esa noche celebrarán, como todas las noches, una fiesta y una barbacoa. Ella sonríe como diciendo, pues lo mismo me quedo.




Caracol Romera.

jueves, 9 de julio de 2020

ROMPER CON EL PASADO



El odio es una tendencia a aprovechar 
todas las ocasiones para perjudicar a los demás.
Plutarco



Abrí la puerta y allí estaba ella, tan hermosa como de costumbre.
—Lo siento —dijo dulcemente—. Nunca debí marcharme. Ahora mis sentimientos están claros. Te amo.
Rodeé su cuerpo con mis brazos y dejé que mi boca se hiciera dueña de sus labios besándola como si acabáramos de conocernos...

Rompí la cuartilla y arrojé los trozos a la chimenea.

¡Pero qué estoy haciendo! Vuelvo a proyectar mis propios anhelos en mis personajes y la historia terminará por perder todo su sentido.
Tienes que asumirlo, cretino. Ella no va a volver por mucho que lo escribas. Está enamorada de ese poeta de tres al cuarto y son estúpidamente felices. Lo reconozco, odio con toda mi alma la felicidad ajena y más aún la de ellos.
Sería sencillo acabar con todo esto. Sólo tendría que abrir la caja fuerte, sacar mi revólver, acercarme hasta su casa y obligarla a mirar mientras le reviento la tapa de los sesos a ese mamarracho...

Convertí el papel en una bola y lo lancé a la papelera.

Tengo que volver a escribirlo todo. Mis lectores no entenderían que el protagonista se convirtiera en un asesino.
¡No puedo creerlo! Estoy haciendo realidad todos los tópicos del escritor abandonado. Todo lo que escribo no es más que pura basura. Desde que te fuiste es como si la inspiración también se hubiera esfumado. Ahora mismo creo que podría vender mi alma al diablo sólo por conseguir una buena idea. ¡Oh, Lucifer, Príncipe de las Tinieblas, acude en mi ayuda!
Riéndome de mi propia ocurrencia me dirigí al mueble bar dispuesto a ahogar ampliamente mis penas. Cuando me disponía a desenroscar el tapón del escocés, caí en la cuenta. Hacía tiempo que me sentía observado y ese crujido que escucho a mi espalda no creo que vaya a presagiar nada bueno...

Arranqué el folio de la máquina de escribir y lo rompí en mil pedazos.

A veces, aunque duela, hay que saber decir adiós...

MAYÚS + SUPR

The Nuevo