Poder odiar y ser odiado sin conocerse
es una de las ventajas de este mundo.
Alessandro Manzoni
El odio, aunque muchos se empeñen en creer lo contrario, no es un sentimiento inamovible. Lo que hace años podríamos odiar profundamente hoy puede resultarnos aceptable e, incluso, llegar a gustarnos.
El tiempo, empeñado en caernos encima minuto a minuto, es el factor más importante para que nuestros sentimientos se maticen o, incluso, para que cambie radicalmente nuestra forma de pensar.
Por poner un ejemplo; el dios judeocristiano. Cuando era un crío, le dio por las construcciones y se creó un planeta para él solito en apenas siete días (del resto del universo mundo no tenemos constancia escrita). En su fogosa juventud, se dedicó a castigar con mano dura a todo aquel al que se le ocurriera llevarle la contraria utilizando un sinfín de creativos métodos que iban desde la destrucción de ciudades con fuego y azufre al ahogamiento universal por inundación planetaria. En la madurez, su carácter se tornó más tranquilo y reflexivo e intentó no resolver todos los problemas a guantazos. A día de hoy, que yo calculo que debe estar a las puertas de convertirse en dios emérito, lo único que debe preocuparnos es que su vista ya no sea la que fue y, sin mala intención, le dé por apretar el botón de “apocalipsis” en lugar del de “entrañable aparición de mi rostro en una tostada quemada”.
En lo que a mí respecta, siempre había odiado las citas a ciegas y hoy, en cambio, estoy esperando ansiosamente a que llegue a mi móvil el mensaje de la chica a la que mi amigo Abel ha convencido para que salga esta noche conmigo.
Desde lo de Eva, que después de cinco años decidió romper nuestra relación apelando al manido “no es por ti, es por mí”, no he vuelto a salir con nadie. Demasiado trabajo, demasiados Orfidales, demasiada frustración, demasiado Netflix… Este último año en soledad he conseguido que los buenos momentos no me lleguen ni para llenar una caja de zapatos.
“Hola, soy Sara. Abel me ha hablado mucho de ti. ¿Te apetece cenar juntos para conocernos?”.
Comencé a sudar mientras intentaba leer el “whatsapp” que acababa de llegar y el móvil, como el resto de mi vida, se me fue de las manos cayendo encima de la cabeza del gato que, en plan venganza, optó por arrearme un mordisco en el tobillo. “¡Hoy vas a comer lo que yo te diga, jodido rencoroso!”, le grité, pero él, que siempre tiene que maullar la última palabra, concluyó la discusión meándose en el pasillo. No seguí con el tema porque tenía las de perder.
Recuperé el teléfono y escribí: “Desde luego. ¿Dónde?”.
Después de un montón de “escribiendo” que me parecieron interminables, recibí la contestación: “En el restaurante “De Primero Tenemos”, si te parece bien”.
“Me parece perfecto. ¿Reservo para las 10?”.
“Genial”.
“Genial”. Emoticono de beso
“Nos vemos”. Emoticono de beso.
Pues ya está. Espero no hacer el ridículo más allá de lo indispensable.
Después de pasar el día maqueándome lo mejor posible para parecer un tipo interesante me dispuse a salir con tiempo porque la puntualidad nunca ha sido mi fuerte y no quisiera llegar tarde a una primera cita.
A pesar de mis esfuerzos, llegué con quince minutos de retraso y en la puerta del restaurante observé una mujer con aspecto de estar esperando a alguien. Mal comienzo, espero que mejor final.
—¡Hola!, disculpa el retraso. Soy un impresentable.
Me agarró la mano y me introdujo en el local sin decir ni una palabra.
El camarero nos acomodó en la mesa que teníamos reservada. Ella se recogió grácilmente el vestido y se sentó como creo que solo deben saber sentarse las diosas del Olimpo.
No parecía muy dispuesta a ser ella la que comenzara la conversación así que dije lo primero que se me ocurrió.
—¿Hace mucho que conoces a Abel?.
Nada. Se limitó a mirarme fijamente. Sus ojos eran de un azul muy profundo y yo comencé a derretirme por dentro con una mezcla de extrañeza y fascinación.
—¿Vienes mucho a este restaurante?. Creo que su especialidad son los caracoles rellenos, ¿quieres que pida para los dos?.
Mutismo absoluto. Comencé a sentirme un pelín incómodo. Hacen falta varios años de relación para aprender a saborear los silencios. Tenía que abrir una brecha así que me lancé con todo.
“Hace bastante calor para ser febrero”. "¿Te gusta la música clásica o eres más de electro-latino?”. “Donde se ponga el Mercadona que se quite el Lidl, ¿verdad?”. "Ahí la tienes, enseñando sus miserias por la tele como quien no quiere la cosa. ¿Sabes de quién te hablo, no?”.
Se limitó a esbozar lo que quise entender como una ligera sonrisa, aunque podía ser eso o que le estaba dando un ictus.
“Dios mío, ¿qué hago”, me dije para mis adentros.
"¡A mí qué me cuentas!. Solo te acuerdas de que existo cuando tienes problemas o para burlarte de mí como introducción de alguno de tus estúpidos relatos. ¡Apáñatelas tú solo que ya eres mayorcito!".
Decidí tomármelo con calma. Tal vez, lo que estaba ocurriendo no fuera más que una cámara oculta y no me apetecía salir en la tele poniendo cara de imbécil.
La cena transcurrió con total tranquilidad, monacal, incluso, pero he de reconocer que me encontraba cada vez más a gusto. El simple hecho de tenerla frente a mí y poder observar, embelesado, el estilazo que tenía chupando caracoles había terminado por arrebatarme el corazón.
Cuando acabamos los postres, me pregunté cómo iba a terminar esta cita. La respuesta fue muy sencilla. Se levantó con la misma elegancia con la que se había sentado y se marchó del restaurante sin mirar atrás.
Aún estaba dándole vueltas a la cabeza y a la cucharilla del café cuando los sonidos del móvil me indicaron que acababan de entrar varios “whatsapp”.
“¡Hola, Nacho!. Por favor, perdóname”. Emoticono triste.
“Me quedé sin batería y no pude avisarte de que me iba a ser imposible cenar contigo”. Emoticono paella.
Realmente odio cuando me ocurren estas cosas.
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