La gente odia a quien la hace sentir la propia inferioridad.
Lord Chesterfield.
¿Alguien puede pensar que si no hubiera edulcorado ligeramente mi currículo hubiera terminado trabajando en er CERN y, aún menos, hubieran dejado que pusiera mis manos sobre er Gran Colisionador de Hadrones?
Para los apollardaos, aclararé que er CERN es el mayor laboratorio de investigación en física de partículas del mundo y el LHC, como aquí le llamamos, es er acelerador de partículas más grande construido hasta la fecha.
Alcancé mi doctorado en Física y Ciencias del Espacio en la universidad de Granada que para algo soy Motrileño. Hasta ahí, todo perfecto. Sin embargo, en lo que se refiere a los idiomas he de reconocer que se me dan, por decirlo suavemente, como er mismísimo culo, así que no me quedó más remedio que maquillar er currículo y afirmar que hablaba inglés y francés como las mismísimas Virginia Woolf o Simone de Beauvoir respectivamente. Ni soy er primero ni seré el último que miente en su currículo para conseguir un empleo y hasta ahora nadie ha muerto a causa de eso. Hasta ahora.
Mi padre, bellísima persona donde las haya, pero emocionalmente corto en lo que podría definirse como apoyo incondicional a sus vástagos, me estampó la misma frase el día que le anuncié que iba a entrar en la universidad que cuando le dije que me iba a trabajar a Suiza: “Tú sabrás donde te metes, muchacho. Si ya nos cuesta entendernos con los de los alrededores cuanto más con los extranjeros”. Ahora, visto con perspectiva, mi padre tenía más razón que un santo.
Pensaréis que trabajar aquí es er sueño cumplido de cualquier científico. Yo era de la misma opinión hasta que me di cuenta de que er Centro se había convertido en una simple fábrica de patentes. La putachusma que tengo por compañeros son una pandilla de tontopollas que se burlan constantemente de mi acento y su única preocupación, como he comentado antes, es la de conseguir el mayor número de patentes posible y asín medrar en la organización. Han convertido en prosaico negocio lo que para mí era el alma de la ciencia: sublimar la esencia del conocimiento a través de la observación y la experimentación.
Sin lugar a dudas, quien más daño me causó, fue Eloise. Su doctorado en Física de Partículas y su corazón duro como er cromo consiguió con su desdén que er mío terminara por desintegrarse, reduciéndolo a unos cuantos bosones y ferminones sin capacidad de volver a amar. “Deja de observar er espacio y céntrate o nunca llegarás a nada aquí”, fue lo último que me dijo en francés, o eso creí entenderle.
Asín, de una manera tan simple, es como suelen comenzar las cosas; empiezas odiando a tus compañeros de trabajo y acabas odiando a toda la humanidad. La diferencia de este caso con er resto es que en la mayoría de las ocasiones no tienes acceso a un acelerador de hadrones que puede convertir tu ansia viva de venganza en una apocalíptica realidad.
Mi teoría es que er universo es, en sí mismo, un ser vivo y, por consiguiente, se puede acabar con él. Lo veo como un infinito Jekyll y Hide en er que la materia común, la que forma las estrellas y las galaxias, sería la representación de la luz, la bondad y del amor y su antítesis, la materia oscura, representaría el odio reconcentrado que, por cierto, es lo que yo siento ahora mismo.
La materia común necesita de la materia oscura para que todo er ente gravitacional del universo se mantenga en funcionamiento. Conviven, se complementan, no podrían existir la una sin la otra, forman parte de un todo esencial. Entre ambas, discreto pero majestuoso; er vacío estelar. Er vacío, sutil pero firmemente cumple la función del aceite en los engranajes o del líquido sinovial en las articulaciones. Si todo fluye, si luz y oscuridad no entran en conflicto, es gracias al vacío. Mi plan es utilizar er Gran Colisionador de Hadrones para provocar er colapso del vacío y, de ese modo, destruir er frágil equilibrio existente entre er amor y el odio, provocando er fin del universo. Sencillo, ¿no os parece?.
Con mi carné de manipulador de átomos en mano me planté delante de los guardias de seguridad. Unos cordiales “jelouses” y “jaguaryuses” acompañados de unas tapitas de pulpo seco y unas botellas de ron “Montero” que me había enviado mi padre desde Motril me facilitaron el acceso. “Por si tienes que comprar un par de voluntades”, me dijo con buen criterio.
Convencí a los guardias que no era necesario que me acompañaran hasta la sala del acelerador excusándome en que con er alientazo a ron que despedían podrían trastocar las condiciones ambientales de mi experimento y, mientras yo terminaba mi trabajo, ellos podrían continuar degustando las viandas tan agustico. ¡Comed, comed, malditos!. Será lo último que hagáis antes de jincar el pico.
Las opciones que ofrece el Gran Colisionador de Hadrones son múltiples y van desde acabar con la existencia tal como la conocemos hasta encargar un whopper completo. Lo malo es que todas las instrucciones vienen en inglés.
Con mi ordenador portátil conectado al traductor de Google utilicé er método analítico deductivo para descubrir cuál de los cientos de combinaciones sería la más adecuada para llevar a buen puerto mi malvado plan. Después de múltiples vicisitudes lingüísticas, conseguí acceder a la conciencia digital que rige los designios del acelerador.
―Greetings professor Falken. I have not seen you for a long time. A game of chess?.
¡Vaya por Dios!, la primera vez que puedo hablar con una inteligencia artificial y me toca una que chochea.
―I'm not Professor Falken. I don´t want to play chess. I want the key to finish the whole universe. Menos mal que tengo a Google echándome una mano.
―Of course!. Solve this riddle and you will get the key to start the apocalypse.
Er traductor me dio a entender que lo que me iba a dar la clave para poner la máquina en modo apocalipsis iba ser un simple acertijo. Tres mil millones de euros costó la criatura y esto es todo lo que da de sí.
―I'm ready. Shoot!
―Why is six afraid of seven? ―preguntó la digitalizada voz del artefacto.
“¿Por qué er seis teme al siete?”. Después de un rato intentando deducir la respuesta, me dio en pensar que la máquina llevaba mucho tiempo sin ser arrancada y lo de hacer preguntas estúpidas demostraba que se encontraba muy sola a la par que terriblemente aburrida aunque, a mi modo de ver, podía haber elegido cualquier otro puñetero día para jugar a las adivinanzas.
―I don´t now. I have no idea. Tell me the answer, please―respondí, imitando su metálica voz para intentar caerle bien.
―Because seven, eight, nine…hahaha!
¡Cuchi, er tío!. Encima se ríe er cibernético tonto de los cojones este. Pues yo no le veo la gracia por ningún lado.
“Porque siete, ocho, nueve…”. Me lo repito varias veces intentando darle un sentido. No hay manera, no entiendo nada. No le doy más vueltas y quiero suponer que esos tres son los números para iniciar el dispositivo y dar comienzo a la hecatombe. Parsimoniosamente, pulso la secuencia y me apresto a disfrutar desde mi privilegiada posición del cataclismo universal.
Los primeros haces de protones se inyectaron en er circuito más pequeño del túnel, después pasaron al segundo anillo de aceleración para posteriormente transferirse al super sincotrón preparando su paso al anillo principal donde ya se jincaron vivos alcanzando casi a la velocidad de la luz y un buhero negro se comenzó a formar. A medida que iba creciendo, su concentración de masa se hacía tan elevada que su campo gravitatorio absorbió todo alrededor hasta que ya no quedó más que la nada. Adiós, universo, mi plan ha sido un éxito
…
El apocalipsis duró lo que viene siendo una chispitilla. La prueba es que tú sigues leyendo este relato y no has debido sentir más que un ligero respingo.
Paradójicamente fue el odio lo que os salvó. Er bureho se tragó el cosmos pero también lo gestó y, en apenas un nanosegundo, lo parió de nuevo haciendo que todo se reiniciara. Bueno, todo no. Mis partículas aún siguen dispersas vagando de galaxia en galaxia.
Ahora me encuentro pelín esnortao, lo que me parece algo bastante lógico después de haber sufrido una experiencia tan traumática como la propia desintegración molecular. Mientras recorro el universo en busca de algún buhero negro naciente que pueda recomponerme, creo haber descubierto que fue lo que salió mal. ¡Ahora sé por qué er seis teme al siete!. La respuesta es: porque er siete se comió al nueve. Es un jodido chiste fonético. “Ocho” y “comió” suenan de forma muy similar en er puñetero idioma de Shakespeare. Por tanto, el número que habría iniciado la destrucción total sin remisión es er siete. Debí haberlo imaginado, para Pitágoras era er número perfecto, el que representa la totalidad del universo en movimiento.
No está en mi ánimo enfadarme por una chuminá. Los errores forman parte del aprendizaje y a mí, particularmente, me han servido para reafirmar mi odio por la humanidad. Si algún día consigo regresar no habrá nada que me impida cumplir mi venganza. De momento, en mi currículo escribiré “Máster en Destrucción Temporal del Universo” y, sinceramente, no creo que naide pueda decir que estoy mintiendo.
