El odio es una larga espera.
Ren Maran
La isla era tan pequeña que las doscientas cincuenta mil personas que la habitaban se habían visto alguna vez en sus vidas, incluso dos veces. Tan breve y diminuta era, que las ciento noventa y siete ciudades que la ocupaban parecían una sola desde el espacio.
Si tu novia vivía en la ciudad de al lado, con cruzar un par de manzanas ya podías abrazarla, pero si su residencia se hallaba a doce o trece ciudades de distancia, podías tardar cuatro horas en recorrer sesenta kilómetros. No había montañas ni campos ni polígonos industriales, solo casas, edificios y varios millones de rotondas. Todo lo que necesitaban sus habitantes, incluso agua y tomates, debía importarse del continente.
La falta de dimensiones para desarrollar una personalidad propia, una intimidad como Dios manda, las fue volviendo hoscas y ensimismadas, casi místicas, y compensaban la escasez de espacio exterior con un mundo interior que era amplio y profundo y, al mismo tiempo, resignado y rencoroso.
Y por este mismo motivo, se odiaban. Cada persona odiaba a las que tenía alrededor porque las consideraba culpables de su amargura. Todas se habían convertido en putachusma para todas. Odiaban a sus vecinos, a sus vecinas, a las hijas e hijos de cualquiera, incluso a los propios, a familiares, parejas…y, en realidad, a ellas mismas. El único sentimiento compartido era el odio. De modo que el índice de natalidad fue disminuyendo hasta alcanzar el cero.
Los jóvenes emigraban a lugares donde poder estirar las piernas. La población se volvió vieja y cochambrosa y se fue muriendo por causas naturales o por poner la música muy alta. No había espacio para más cementerios, así que enterraban los cadáveres en sus propios dormitorios sellando las puertas de entrada y las ventanas. La última persona que murió se llamaba Antoine Favrè y era tan viejo que, aunque lo intentó, no fue capaz de enterrarse a sí mismo.
En la actualidad, solo habitan la isla gatos gordos y perros desesperados, y todo el mundo sabe lo mucho que se odian.
Caracol Romera.
