viernes, 12 de marzo de 2021

KERIDO ODIARIO: HATE MAN

El odio es barato.

Por eso los humanos lo usamos constantemente.

Mark Hawthorne


Corría el año 2001 cuando me embarqué en un vuelo con destino a Berkeley, en el estado de California. Berkeley se encuentra en la bahía de San Francisco y es famosa por su universidad, que es reconocida como una de las mejores del mundo, pero también por albergar en sus calles a un personaje de lo más peculiar conocido como “HateMan”.

Su verdadero nombre es Mark Hawthorne. Es un vagabundo, filósofo y, sobre todo, profeta del odio y del rencor a todo el mundo.

Mi deseo era localizarle para hacerle una entrevista. No creía que resultara sencillo encontrar a una persona que vive en las calles de una ciudad de más de cien mil habitantes pero no podía desaprovechar la oportunidad que me proporcionaba el periódico para el que trabajaba. Hawthorne también trabajó durante nueve años en un periódico, nada menos que en el New York Times. Me preguntaba que le habría ocurrido para acabar viviendo como un vagabundo. Tenía quince horas de viaje en clase turista para darle vueltas y con tanto tiempo por delante, podría acumular suficiente odio para preparar una entrevista que estuviera a la altura.

El dolor que sentía en las piernas confirmaba que el viaje había sido interminable y lo remataba el hecho de tener que contestar un cuestionario en el que me hicieron absurdas preguntas del tipo: “pretende introducir verduras o caracoles en los EEUU“ o “tiene usted intención de atentar contra el presidente”. A punto estuve de responder: “me lo estoy pensando”, pero preferí contestar con sinceridad y no pasarme de listo, por si acaso.

De camino al hotel, se me ocurrió preguntarle al taxista
si tenía idea de donde podría encontrar a “HateMan”. Para mi sorpresa, me contestó que todo el mundo sabía donde
encontrarle.

—Vaya usted al People´s Park. Él siempre está allí.

—¡Oh, vaya!, pues muchas gracias.

—Si quiere conocerle, recuerde algo importante. Cuando vaya a presentarse, debe decirle que le odia.

—¿Cómo voy a decir eso? No le conozco.

—Si no lo hace, olvídese. No hablará con usted.

Después de acomodar mi equipaje en la habitación del hotel y pegarme una ducha, me dispuse a comenzar mi búsqueda. Antes de salir, pregunté al recepcionista por la forma de llegar al People´s Park.

—¿Va usted detrás de Hate Man?

—Sí, en efecto. Por lo que veo, es aún mas conocido de lo que yo me esperaba.

El recepcionista sonrió y apuntó en un papel la dirección.

—Está cerca de aquí. No le costará nada encontrarlo.

People´s Park es un parque que se encuentra muy cerca de la Universidad. En efecto, guiado por el bullicio estudiantil, no tardé mucho en llegar a mi destino y, aún menos, distinguir entre la multitud a quien había venido a buscar.

Vestía con capas de ropa negra de las que colgaban montones de imperdibles, lucía un sombrero también profusamente decorado, guantes sin dedos y su delgado rostro se difuminaba entre una gran y descuidada barba blanca. Me acerqué y le saludé, cortésmente.

—Buenos días, señor Hawthorne.

Me miró de arriba abajo con displicencia, se dio la vuelta, apagó un cigarrillo en un cenicero que ya estaba repleto de colillas y se tumbó sobre la hierba. No parecía estar muy interesado en hablar conmigo pero entonces recordé lo que me había dicho el amable taxista.

—Disculpe, realmente lo que quería decirle es que le odio.

Se incorporó muy despacio, esbozando una ligera sonrisa.

—Te odio, amigo. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Soy periodista. He hecho un largo viaje desde España para entrevistarle. Podría darle algo de dinero.

—No acepto limosnas, gracias. Yo también trabajé en un periódico en mi juventud. Dame un cigarrillo y te contaré lo que quieras saber.

Menos mal que no había sido capaz de cumplir la promesa que me hice a mí mismo en fin de año sobre lo de dejar de fumar. Saqué un paquete del bolsillo, le ofrecí uno y yo me dispuse a fumar otro para acompañarle. Él le quitó el filtro, lo encendió con un ceremonial casi solemne y le dio una profunda calada.

—Es mi único vicio —dijo, guiñándome un ojo.

—Señor Hawthorne…

—Llámame Mark.

—De acuerdo, Mark. ¿Querría explicarme por qué hay que saludarle diciendo “te odio”?

—Tú y yo no nos conocemos. Te presentaste ante mí con la falsa cordialidad que la sociedad te ha impuesto como la forma correcta de hacerlo pero, la realidad, es que la gente tiene miedo de lo desconocido y, como dijo Yoda, el miedo acaba por convertirse en odio. Si puedes verbalizar ese odio sin tapujos, si puedes ser honesto con alguien que es opuesto a ti y declarar, abiertamente, que tu primer y más sincero sentimiento es el de odiarme, entonces podré confiar en tus intenciones y sentirme cómodo contigo.

—Lo entiendo. ¿Qué ocurrió en su vida para acabar siendo un vagabundo?

—Fui “normal” durante 35 años, tan normal que mi existencia no significaba nada pero, aunque mi apariencia pueda dar esa impresión, yo no me considero un vagabundo ni, como les llaman ahora, un “sin hogar”. —dijo, deletreando y enfatizando cada letra. Más tarde, descubrí que siempre hacía lo mismo cuando tenía que usar alguna palabra que no le gustara. —No tengo hogar —prosiguió diciendo —porque no quiero tenerlo. Si no quisieras tener un BMW, ¿dirías que “no” tienes un BMW? Me gusta vivir al aire libre y estoy donde quiero estar. El odio de exterior es mucho más sano que los odios que se generan en ambientes cerrados donde tienes que preocuparte de pagar un alquiler y, para colmo; tratar con vecinos insufribles. Yo les suelo llamar “P U T A C H U S M A”. Vivir de esa manera, produce estrés a largo plazo y no necesito eso. Puedes pensar que estoy loco, y la sociedad mojigata probablemente lo piense también. Si ser feliz con la vida que llevo, si disfrutar cada uno de los minutos de la libertad que he querido darme, es ser un loco, entonces sí, lo soy, y estoy orgulloso de ello.

Durante nuestra conversación, mucha gente se acercó para saludarle con el consabido “te odio”. Con algunos, conseguía, además, que le empujaran, hombro contra hombro, en una especie de ritual de fuerza para ver quien de los dos poseía el odio más sólido. Enjuto pero fuerte, Hate Man se mantenía firme frente a chavales mucho más jóvenes. Después, les pedía tabaco y todos accedían. En mi vida había conocido a alguien que fumara tanto.

—Ya te dije que es mi único vicio. Ni alcohol, ni drogas.

—¿No teme que eso pueda matarle? La pregunta provocó que soltara una gran carcajada.

—He vivido mucho. Durante los años que llevo en el parque he visto de todo. Incluso, hubo un tiempo en que la gente plantaba sus tiendas a mi alrededor en lo que llamaban “el campamento del odio”. Éramos como una gran familia de personas muy individuales, muy raras, muy únicas…Ahora, ocurre con menos frecuencia pero no me importa, la gente viene y va. Yo, en cambio, siempre estaré aquí.

Charlamos durante horas. Era alguien muy especial, sin duda. Yo estaba fascinado con todas las historias y las anécdotas que me fue contando de su azarosa vida. El objeto de mi viaje; la entrevista en sí, se había disipado en mi mente como el humo del tabaco de Hate Man. Solo quería saber más cosas de él por el simple placer de conocerlas. Finalmente, llegó la hora de despedirnos.

Cerró su puño, manteniendo el dedo corazón levantado. Ahora que conocía al personaje, me pareció la manera más normal de despedirse pero, segundos después, comenzó a mover el dedo hacia él para indicarme que me acercara.

—Dame un último cigarrillo de despedida y te contaré un pequeño gran secreto.

A estas alturas, no podía negarle nada. Le ofrecí el paquete entero, era lo menos que podía hacer, pero después de regalarme una de sus enigmáticas sonrisas, sacó solo uno y me devolvió el resto.

—Lo que voy a contarte no puede salir en tu reportaje. ¿Me das tu palabra?

—¡Claro!, le odio tanto que no podría traicionarle. Sería de muy mal gusto.

—Has estado muy rápido en tu respuesta. Sabía que podía confiar en ti. Puede que te sorprenda lo que voy a confesarte: Yo no soy el verdadero Mark Hawthorne.

—¡No me jodas! —exclamé, sin poder salir de mi asombro.

—Tranquilo, es sencillo de explicar. Mark murió hace muchos años. Yo era uno de sus seguidores y no podía permitir que su legado cayera en el olvido. Desde que decidí convertirme en Hate Man, soy Mark Hawthorne, y como ya te dije antes: La gente viene y va, pero yo siempre estaré aquí.

Regresé al hotel, escribí el reportaje y lo envié por email. Fue lo último que supieron de mí en el periódico. No había nada en España que significara gran cosa para mí, así que decidí quedarme en Berkeley. Trabajé un tiempo en el diario local y después tuve otros mucho trabajos, pero en ninguno tuve, realmente, la sensación de encajar.

Durante los diez años siguientes me dediqué a recorrer gran parte del sur de los Estados Unidos y el norte de México. Probé el peyote, lo que me abrió la mente. Me atropelló un motorista ebrio. Caí en depresión y estuve casi un año sin hablar, solo me comunicaba con notas. Odié y amé a partes iguales hasta que, por fin, decidí que era el momento de volver a Berkeley y al People´s Park.

Me reencontré con Mark. Ya nunca me separé de él. Se convirtió en mi mentor y en mi amigo. Estuve a su lado en los buenos momentos y en los no tan buenos, hasta que una fría noche de diciembre del 2020, murió entre mis brazos.

Me visto con capas de ropa negra en las que llego colgadas cientos de imperdibles, llevo un sombrero decorado a mi antojo, guantes negros sin dedos, mi delgado rostro se difumina entre una enorme y descuidada barba blanca y mi único vicio, es el tabaco. Mi nombre es Mark Hawthorne, aunque todos me conocen como Hate Man. La gente viene y va. Yo siempre estaré aquí.

Para concluir, solo quería decirte una cosa a ti que estás terminando de leer este relato: Te odio.




The Nuevo.































miércoles, 3 de marzo de 2021

KERIDO ODIARIO: MADRID

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris

Nescio, sed fieri sentio et excrucior

Odio y amo. Quizás te preguntes por qué.

No lo sé, pero así ocurre y me torturo.

Catulo




“Odio su desorden y su condición de impredecible”, escribió Manuel de Lorenzo en un artículo publicado en “El Progreso” el 13 de Enero de 2018.

Mi odio empezó en el Manzanares, ese río tan bonito que cicatriza Madrid con un gran bosque ripario. Desde que bajaron las esclusas, se formaron islas y la vegetación se apoderó del espacio y muchas aves encontraron en ellas su medio de vida y su lugar en el Mundo. Los peces remontaron la corriente, el agua fluía pizpireta y cantarina, y la gente de la tercera edad, como una servidora, descubrimos nuevas formas de entretener la mirada.

En una ocasión leí que alguien había avistado una nutria a la altura del Puente de Segovia, así que me pasé horas, días enteros, buscándola sin parar. Salía de casa por la mañana con un bocadillo y una cantimplora y no regresaba hasta que la oscuridad me impedía seguir mirando.

Soy una gata madrileña de largo pasado, los padres de mis dos abuelos y de mis dos abuelas ya eran de aquí, y hubo una descendencia de madrileña endogamia hasta llegar a quien suscribe. Que yo sepa, ningún miembro de mi familia muerta odió nunca a esta ciudad como la odio yo ahora.

El hecho de no encontrar a la supuesta nutria me provocó una frustración enorme que acabó derivando en puro rencor. Durante los largos minutos que me pasé asomada al río imaginaba ese mismo paisaje pero sin diques, sin hormigón, sin el runruneo del tráfico y sin el alarido de las sirenas de la policía y de las ambulancias. Y era un paisaje esencialmente apacible, donde nada se movía con prisa. Me daba la vuelta, miraba a la gente y todo quisqui respiraba urgencias: bicicletas, patines, neumáticos, zapatos, insectos, hormigas, perros y hasta los pájaros volaban a velocidades supersónicas. Las cosas se desplazaban tan rápidamente que era difícil descifrarlas, infinitamente más rápido que los latidos de mi propio corazón. Y sentía mucha pena y mucha rabia de ver a toda esa pobre gente acelerada como si el Apocalipsis en persona fuera a caer sobre ella si llegaban tarde a donde quisiera que estuvieran yendo. ¿Acaso hay derecho a que las criaturas vivan agónicas para evitar la condena eterna?

Quisiera proponer un ejemplo cuya relación con este odio me llegó mientras contemplaba el Manzanares en busca de la maldita nutria. ¿Qué hay de la siesta? Por el amor de Dios, mi marido murió con 53 años como consecuencia de una tremenda deuda de sueño. Lo sé porque eso fue lo que nos dijo la doctora que le atendió durante sus últimas semanas de vida.”Usted, lo que necesita únicamente es dormir”. “Pero, ¿cuándo?”, le preguntaba él, y luego, en la calle, me decía, “solo los muertos duermen por estos andurriales”. Y añadía discursos del tipo, “si duermes en Madrid, te pierdes Madrid, la capital más hermosa del planeta”.

Perderse Madrid significaba no vivirlo con todas sus consecuencias desde la primera hora del día hasta la última de la noche. Madrugadas brutales para llegar a tiempo al trabajo, un sandwich o un “túper” con lentejas, otros noventa minutos de Metro a la vuelta, y luego; que si las clases de trompeta del niño, que si el entrenamiento de la niña, que si falta leche, que si ir a pasear por la Casa de Campo....Un día sin nuestro paseo obligatorio por la Casa de Campo nos parecía pura purria. Porque se trata de un lugar maravilloso lleno de vida silvestre aunque no sea más que un parque. He visitado otros parque ubicados en grandes ciudades y, por muy bonitos que sean, ninguno tiene ni punto de comparación con este.

Acomodándonos a la rutina, mientras la niña entrenaba y el niño tocaba la trompeta, mi marido y yo, cogidos de la mano, rodeábamos el lago o nos perdíamos primorosamente por nemorosos senderos plagados de vegetación. La verdad es que todos los recuerdos que conservo asociados a la Casa de Campo son gratos. Porque luego llegaban los fines de semana y la mejor manera de aprovecharlos era organizar picnics con nuestras amigas. Cervecita, jamón y tortilla de patatas. Contábamos conejos y recogíamos bellotas para sembrarlas en otros lugares y en macetas, y nuestro asombro nunca cesaba al contemplar toda esa naturaleza estricta en medio de una urbe, como si no nos fuéramos a morir mañana o el año que viene, como si el infinito estuviera condensado en las hojas caídas de un quercus.

Cuando el estado de mi marido empeoró, la doctora fue tajante, ni fármacos ni baja laboral ni sandeces: siesta. Y la verdad es que el hombre, pobrecito mío, lo intentó durante varias semanas. Pero, claro, solía llegar del trabajo a eso de las ocho de la tarde, noche cerrada en invierno, y dormir una siesta a esa hora, sin que entrara luz por las ventanas, le producía un cuadro de ansiedad acongojante que claramente empeoraba su salud. Una tarde, de regreso a casa, se quedó dormido en el Metro y ya no despertó más. Como todos los días, cogió la línea verde en Canillejas, en Alonso Martínez hizo un transbordo a la línea azul, supongo que se quedó dormido antes de llegar a la estación del Lago, y no se bajó en Batán. Levantaron su cadáver en la estación Puerta Sur, lo que no deja de ser irónico porque, de no haber amado tanto a este conjunto de casas, edificios y personas, tal vez habría conseguido dormir la siesta en Cádiz. Solíamos pasar las vacaciones en Zahara de los Atunes y nos encantaba el Sur. Una vez le pregunté; “si no fueras madrileño, ¿de dónde te gustaría ser?” “Pues de Cádiz”, respondió, “o de más al Sur ni pollas”. O sea, de Marruecos. Y añadió; “pero, mira, en todas partes se jode el mundo”. Porque la siesta no está asociada a lugares concretos, como se suele pensar, sino a biorritmos corporales, que a su vez están asociados a una actitud vital determinada. La doctora nos aseguró que la siesta aumenta la calidad de vida porque disminuye la tensión y el riesgo de infarto mientras aumenta los recursos del sistema inmunológico y ayuda en la digestión y en la prevención del cáncer. Textualmente dijo, “Aunque Madrid sea la capital de España, una capital europea, se puede habitar como quien habita un pueblo, y en los pueblos, que yo sepa, siempre se duerme la siesta”. Desde luego, en verano, en Zahara de los Atunes, la dormíamos todos los días mientras nuestras hijas permanecían neutralizadas por la tele, o, con más edad, por los móviles, aparte de eso éramos incapaces de contradecir dicha afirmación, aunque nos pareciera un estereotipo, porque no habíamos hablado con las vecinas y los vecinos de todos los pueblos de España para saber si dormían la siesta a diario.

Pero era verdad, Madrid es una capital y al mismo tiempo está formada por un conglomerado de pequeños municipios reconocible en los distintos distritos e incluso en los barrios. Entonces, podemos hablar del pueblo de Lavapiés, del pueblo de Malasaña, del pueblo al Oeste de la calle Toledo, de Caramuel, del Alto de Extremadura, Chueca, Chamartín, Chamberí, Tetuán, Tejares, San Fermin... Uno de Lavapiés podría decir; “primo, me voy de viaje”, el primo le preguntaría; “a dónde”, y él responder “a Arganzuela” y quedarse tan pancho.

Conozco a parroquianos que no han salido del barrio en toda su vida nada más que para renovarse el carnet de identidad. Y ahora, gracias a la iniciativa y a la presión de los ecologistas, hay una fauna de peces, aves y nutrias en pleno centro. Bueno, lo de las nutrias es un decir, porque yo nunca las he visto, y eso es suficiente para que el odio me obligue a reconocer que amo esta ciudad.

Caracol Romera.