El odio es un pez espada, se mueve en el agua invisible,
y entonces se le ve venir, y tiene sangre en el cuchillo:
lo desarma la transparencia.
Pablo Neruda.
Jamás pensé que encontraría un lugar en este universo mundo que se encontrara 100% libre de odio hasta que conocí la existencia de un pueblo de la provincia de Almería que. además, tuvo en su poder el honor de ser considerado el pueblo más contento de España; Sopalmo.
Atravesada en su corazón por la carretera que lleva de Mojácar a Carboneras, esta pedanía es tan minúscula que, si te despistas, tu visita habrá consistido en un simple “hola y adiós” porque ya te encontrarás en cualquier otro sitio.
Si tienes la fortuna de parar a tiempo, podrás disfrutar de sus casas de un blanco casi mágico que contrastan con grandes macetas pintadas de un intenso color azul que embellecen con sus flores las ventanas y calles del pueblo, y lo envuelven de un aroma, mezcla de felicidad y buen rollo que hará que te encuentres irremediablemente bien.
En Sopalmo todos los días son fiesta porque tienen por costumbre celebrar todos y cada uno de los santos del santoral. ¿Hay algo mejor que un día de fiesta?, debieron pensar los Sopalmeños. Pues, todos. Así cada mañana el pueblo amanece engalanado en honor a la santa o al santo que corresponda y se festeja por todo lo alto. Los hombres bailan y las mujeres cantan. Hay algo de mágico e hipnótico en ese canto susurrante que hace que al escucharlo te olvides de todos tus problemas, te abandones a la felicidad y solo pienses si alguna vez en tu rutinaria vida estuviste tan contento como lo estás en ese momento.
Sopalmo se cierra oficialmente a las 2:22 de la madrugada. Todos aquellos turistas que no lo hayan abandonado antes de esa hora, serán asesinados implacable y sistemáticamente. Los cuerpos serán incinerados, los vehículos, desmontados pieza por pieza y será borrado hasta el recuerdo de que aquella gente, alguna vez, hubiera siquiera pisado la aldea, como si nunca hubieran existido.
De vez en cuando les da por perdonar a alguien. Estos afortunados tienen que demostrar que han sabido interiorizar la peculiar idiosincrasia de la localidad, abjurar de todas sus creencias previas, comprometerse a salvaguardar las costumbres del lugar, estar contentos sobre todas las cosas y, condición fundamental; jamás abandonar el pueblo. Esta sangre nueva, mantiene vivo el lugar sin tener que caer en la endogamia.
—¡¿Pero qué cojones?! Habías dicho que Sopalmo estaba 100% libre de odio y ahora me cuentas que se cargan a todo el que pasa por allí. ¡No tiene sentido!
—Claro qué sí, amigo mío. No hay odio en la mirada del cocodrilo, solo realiza eficazmente su trabajo. Ocurre igual con los vecinos de Sopalmo. Cuando matan, lo hacen asépticamente. No hay pasión, ni odio, solo convencimiento y firmeza. No van a permitir que unos extraños les obliguen a cambiar sus seculares tradiciones ni su forma de vida y, si te sirve de consuelo, los que son apiolados mueren con una sonrisa en la boca.
Cuando tienen todo recogido y las familias han regresado a sus hogares, el alcalde pone en marcha una maquinaria formidable que hace que todo el pueblo quede enterrado bajo el subsuelo. Allí pasan la noche, como madriguera de topos, ajenos a la locura del mundo exterior y esperando el siguiente amanecer en el que volverán a engalanar el pueblo para repartir felicidad y muerte entre los que los visiten.
Con lo que no contaban los Sopalmeños era que su “modus vivendi” no iba a ser amenazado por ningún ser pluricelular sino por un microvirus. EL Sars cov 2, estampanable coronavirus donde los haya y azote planetario durante 2020, no desaprovechó la ocasión de plantarse en el pueblo de los contentos cual moderno jinete del Apocalipsis y arrasar con todo.
Sin posibilidad de distancia social, los vecinos de Sopalmo fueron diezmados en pocos días y la puntilla la recibieron al enterarse de la imposibilidad de celebrar más fiestas. La Covid-19 y la depresión fueron exterminando a, prácticamente, toda la población hasta que solo quedaron dos familias. Después de meditarlo mucho, decidieron tomar la dramática decisión de enterrar el pueblo definitivamente. Con lágrimas en los ojos se despidieron mientras sus casas se hundían en la tierra y en el olvido.
Y allí continúan a la espera de que algún día puedan volver a ver la luz, renacer de sus cenizas, volver a celebrar todo lo celebrable y que la contentura vuelva a reinar en las blancas calles del pueblo de Sopalmo. O no.
The Nuevo.
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