Estoy libre de todo prejuicio.
Odio a todos por igual.
W.C. Fields.
A modo de prefacio.
Si algo me ha enseñado la pandemia es que en la vida, lo esencial es formular juicios a posteriori sobre todas las cosas.
Mi padre atribuía el origen de todos los males del universo mundo a un único elemento perturbador: las corrientes. Si agarrabas un constipado, padecías de dolor lumbar, la diarrea no te dejaba salir de casa o si te electrocutabas por haber metido, como un imbécil, los dedos en un enchufe; para mi padre, la causa común, más allá de toda duda razonable de todas estas desgracias y de todas las demás, siempre era la misma: las malditas corrientes.
Por eso, mucho antes de que el virus comenzara a esparcirse por toda la geografía planetaria, yo sabía que era lo que debía hacer para evitar contagiarme.
Pensé que mi deber ciudadano era advertir a las autoridades sanitarias, así que envié una carta a la OMS narrando la teoría de mi padre pero, por lo que fuera, hicieron oídos sordos y, como consecuencia, todos nos encontramos confinados a la espera de que remita la jodida pandemia.
Como soy persona previsora, me pasé por el supermercado y arramblé con todo el papel higiénico que encontré en los estantes así como con una amplia selección de cervezas. Cada tipo de cerveza tiene su propia personalidad y debes saber elegir cual es la más adecuada dependiendo del estado de ánimo en el que te encuentres en ese momento. Si estás de buen humor; elige una “Pilsen” para no complicarte la vida, si necesitas resolver algún conflicto; una tipo “Ale” te impondrá carácter y ganarás confianza, si el tema se está poniendo serio; opta por una cerveza negra tipo “Guinnes”, si lo que quieres es echarte a llorar; bebe una sin alcohol y si lo que buscas es pillar un cabreo de mil pelotas; prueba una de esas mierdas con sabores. Elijas la que elijas, permíteme un consejo; cuida la espuma. La espuma es como el paraguas que protege a la birra del mundo exterior. Si notas que va a desaparecer, lo mejor es acabes la cerveza de un solo trago.
Lo de estar encerrado en casa no me iba a suponer un gran esfuerzo dado mi odio visceral por los seres vivos en general, y la raza humana en particular. Incluso dispondría de más tiempo para poder terminar el ensayo que estoy escribiendo: “El odio como elemento generador de endorfinas. Interacción y propuesta”.
La existencia la comparto con un koala de nombre “Nicolas” y un geko sin nombre que se pasa el día subiendo y bajando por las paredes. Cuando comenzamos a convivir, Nicolás me comentó que era un experto cocinero. Tres años después, aún no le he visto cocinar nada y, realmente, no creo ni que sepa donde está la cocina porque no la ha pisado nunca. Sobre el geko, lo único que puedo contar es que no parece estar ni mínimamente afectado por la gravedad de la situación que estamos viviendo ni por la gravedad en general.
Solo a una persona soy capaz de llamar “amigo”. Su nombre es “Polluelo” y es coleccionista compulsivo. El objeto de su compulsión es todo lo relacionado con el famoso diseñador de moda: “Jean Gaul Paultier”.
¡Qué casualidad!, el teléfono me avisa de que Polluelo me convoca a una videoconferencia.
—Hola, Nuevo. ¿Cómo lo llevas?
—Bien. ¿Y tú en qué andas, Polluelo?
—Pues, te quería comentar…¿Te enteraste qué Jean Gaul ha sacado una colección de mascarillas?
—No tenía ni idea. Supongo que querrás comprarte alguna.
—Lo cierto es que me las he comprado todas.
—¿Y te queda dinero para comer?
—Ni un céntimo de euro.
—No te preocupes. Te haré una transferencia. Disfruta de tus mascarillas y aléjate de las corrientes. Por cierto, ¿qué tal con Alicia?
—Bueno, ya sabes, me quiere mucho pero comienza a estar un poco harta de mi obsesión con Jean Gaul.
—Vaya, lo siento. Cuídala, es lo mejor que tienes.
—Lo haré. Gracias, Nuevo. Nos vemos pronto.
Nada más colgar, el teléfono volvió a reclamar mi presencia en otra videoconferencia pero esta vez no tenía ni idea de quien pudiera ser.
—Hola…¿Quién eres?
—Soy…Nuevo. ¿Y tú?
—Disculpa me he confundido…adiós.
—No, espera, no cuelgues, por favor.
Al otro lado de la pantalla, me observaban los ojos más profundos que jamás había visto acompañando el rostro de una bellísima mujer. Resolví que debía preguntarle cualquier cosa que se me ocurriera para que no me dejara.
—Parece que está quedando buena mañana. ¿Qué tal llevas el confinamiento?
—Estaba siendo un jodido aburrimiento hasta que me confundí al llamar.
¡Toma, ya,! Ésta no te la esperabas, Nuevo. Todas mis creencias sobre las relaciones humanas se estaban dando la vuelta como un jersey de lana y me estaba enamorando de alguien que no conocía de nada. Mejor así, el desconocimiento es misterio y el misterio genera deseo, aunque ahora lo que quería era saber más de ella.
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Hierba.
—Es un nombre precioso.
—Sí, bueno…mis padres tenían una plantación de maría y les dio por ahí. Tengo que dejarte, ¿te gustaría que mañana te llamara otra vez?
—Me encantaría.
Nuestro amor creció exponencialmente como, al mismo tiempo, crecieron los infectados por el jodido virus. Nos casamos “on line” en una ceremonia tan entrañable como ridícula y, al día siguiente, nos fuimos de viaje de novios virtual para coronar la cima del Everest. No tuvimos mucha suerte porque montones de alpinistas tuvieron la misma idea y estuvimos más de tres horas haciendo cola para poder coronar la cima. Fue, sin duda, una desafortunada decisión porque, a partir de entonces, todo comenzó a ir mal.
Hierba se infectó con el virus y un girasol comenzó a crecer en sus pulmones impidiéndole respirar con normalidad. El gobierno había emitido una orden negando el traslado al hospital a los mayores de veinticinco años y ella acababa de cumplir los veintiséis por lo que acabé dilapidando gran parte de mis ahorros tratando de sanarle a base de terapias alternativas sin ninguna base científica que las sustentara.
No había vuelto a escribir ni una sola línea de mi tesis. Mi amor por Hierba había extirpado la mayor parte del odio que sentía. Al único que me sentía capaz de odiar era a un puñetero virus de mierda lo que resultaba bastante desalentador hasta que, un día, el odio se convirtió solo en tristeza.
A medida que la pena crecía en mi interior, más pequeña se hacía mi casa, literalmente. Las paredes, el techo, las habitaciones, la cocina, el baño. Todo mi hogar iba menguando sin que pudiera hacer nada para evitarlo. El geko decidió que lo mejor era largarse, Nicolás se pasaba el día agarrado a mi espalda, sollozando y yo no hacía otra cosa que beber cervezas sin buscar motivo ni excusa para hacerlo.
Una videollamada. Es Polluelo. No sé si tendré fuerzas para escuchar lo que quiera contarme.
—Nuevo, estoy bien jodido.
—¿Qué te ocurre? El desencajado rostro de Polluelo no presagiaba nada bueno.
—Anoche discutí con Alicia. Esta mañana me dejó una nota en la nevera en la que decía que se había llevado mi revolver y en las noticias acaban de anunciar que Jean Gaul ha sido asesinado. Le han disparado en su estudio y estoy seguro que ha sido ella. Ahora vendrán a por mí.
—¿Por qué? Tú no has tenido nada que ver.
—Todo el mundo sabe que soy el mayor coleccionista de Paultier, que en paz descanse. Eso me convierte en el sospechoso número uno.
—No lo entiendo.
—Pues es fácil de entender, el fin último de todo admirador fanático que se precie es el de acabar con el objeto de su fanatismo. ¿Por qué crees que compré la pistola? Lo que ocurre es que siempre he sido demasiado cobarde... Están golpeando la puerta. Seguro que son ellos. Voy a abrir.
—No lo hagas, Polluelo. ¡Huye por la ventana!
—Mi destino ya está escrito, Nuevo. Si no me crees, pregúntale al tipo que está escribiendo este relato. Además, si no fuera por esto sería porque debo tres meses de alquiler. Adiós, si ves a Alicia dile que la quería sobre casi todas las cosas.
Polluelo abrió la puerta y una horda de policías entró en tromba en la estancia, tirándole al suelo. Mientras le colocaban los grilletes, procedieron a leerle las acusaciones.
—Don Polluelo Manuel Martín de Porres, se le acusa del asesinato de afamado modisto y líder de opinión, el excelentísimo señor don Jean Gaul Paultier con el agravante de no haber abonado el alquiler durante los últimos tres meses. ¿Cómo se declara?
—Inocente.
—Nos ha salido cachondo el colega. Mire, vamos a resumir porque tenemos una mañana pelín ajetreada. Ha sido usted acusado, juzgado y hallado culpable de todos los cargos. Tiene derecho a ser ejecutado mientras grita como una nenaza o, en silencio, para no molestar a los vecinos.
—Pues gritando. A los vecinos que les den por culo. Son todos putachusma.
—Sargento romerales, proceda.
Mientras Polluelo firmaba el consentimiento informado, el sargento extrajo de un maletín el “extirpavísceras” y, comenzando por el corazón, procedió a extraer todos los órganos que pudieran servir para el servicio nacional de trasplantes. Un policía los iba guardando en recipientes y otro les iba poniendo bien de hielo.
Efectivamente, Polluelo gritó lo que no está escrito y todo el barrio pudo escuchar su agonía. Los vecinos más entregados aprovecharon para salir a sus balcones a aplaudir y vitorear a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Corté la comunicación, tuve miedo de que me acusaran de testigo, cómplice o cualquier otra cosa que se les ocurriera.
El teléfono no me dio tregua. Esta vez era Hierba la que aparecía la otro lado de la pantalla.
—Hola, mi amor. ¿Cómo te encuentras?
—Esto se acaba, Nuevo—dijo, con un hilo de voz.
—No digas eso. Te vas a poner bien.
—El girasol ha crecido mucho. Apenas puedo respirar.
—Dime dónde vives. Iré a abrazarte y te sentirás mejor.
—Es muy arriesgado.
—No me importa. Haría cualquier cosa por ti.
Resultó que éramos prácticamente vecinos. Solo un edificio nos separaba. Le coloqué una mascarilla a Nicolás y salí corriendo, con el koala en plan mochila, hacia el piso de Hierba.
Por el camino tuvimos que esquivar a una patrulla, a los miembros de una secta que vaticinaban el fin del mundo y una manifestación en contra de la dictadura sanitaria.
Cuando conseguí llegar a la casa, me encontré la puerta abierta así como todas las ventanas de la única estancia que no había reducido su tamaño. Su piso había corrido, prácticamente, la misma suerte que el mío y había quedado reducido a la mínima expresión. Hierba estaba tirada en el suelo. La cogí en brazos y la acomodé en el sofá.
—Has venido
—Claro, cariño. ¿Lo dudabas? Voy a cerrar las ventanas, hay mucha corriente.
—No, déjalas abiertas. Lo prefiero así.
—Pues voy a buscar las pastillas, ¿dónde las guardas?
—Hace mucho que no las tomo. Eran asquerosas y no me hacían ningún bien. Solo quiero que me hagas un favor.
—Lo que quieras.
—Arráncame el girasol. Para un rato que voy a estar contigo quiero que me veas como cuando nos conocimos.
—Pero, el girasol y tú sois simbióticos, si te lo quito, morirás sin remedio.
—Solo es un jodido parásito. Hazlo, por favor.
Agarré la flor y tiré con todas mis fuerzas. Cuando logré arrancarlo, una sonrisa se dibujó en el rostro de Hierba. Mientras la besaba, su vida se fue desvaneciendo entre mis brazos.
Como apenas me quedaba dinero para poder pagar un entierro digno, decidí que lo mejor sería quemar el cadáver en la bañera y llevarme las cenizas en un bote de ColaCao para poder recordarla todas las mañanas.
No tardé ni dos días en infectarme. Nicolás se empeñaba en bajarme la fiebre colocándome paños de agua fría en la cabeza.
—¿Qué opinas de lo que ha pasado?—le pregunté.
—Si una banda mafiosa te dice que quiere invitarte a un picnic en un bosque en un día de lluvia, ¿tú qué crees que podría salir mal?
—Eres muy críptico para ser un simple koala. No sé que va a ser de ti, si muero.
—Tranquilo, sé cuidar de mí mismo. Y soy un gran cocinero.
—Un cabronazo es lo que eres.
Al menos, no todo es un puto desastre. El girasol no me salió del pecho sino del ombligo. Así que si sobrevivo y, con un poco de suerte, para cuando llegue el verano se ha terminado el confinamiento, podría pasear por la playa y esta estúpida flor me serviría para disimular las lorzas de la enorme barriga que estoy echando durante estos meses de encierro.
—Nicolás, ¿queda alguna cerveza en la nevera?
—Hice un pedido ayer, así que vamos servidos.
En fin, no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Todo esto pasará...o eso quiero creer.
The Nuevo.

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