Es mejor ser odiado por lo que eres,
que ser amado por lo que no eres.
André Gide
Habían pasado un plácido día de playa en el Algarrobico.
—Vaya puta mierda de puta mierda, te dije que te quitaras la arena de los pies antes de entrar.
—Se me olvidó.
—No se te puede olvidar eso, mira cómo has puesto el coche.
—Vale, tampoco hace falta que grites, no es para tanto.
—¿Cómo que no es para tanto? ¿Cómo que no es para tanto? Claro, como tú no lo vas limpiar.
—Que no me grites, hostias, que solo es un poco de arena en la alfombrilla.
—Pues un poco de arena y otro poco de arena y otro poco de arena hacen una duna ni pollas, y mira cuánta has dejado en el suelo, podríamos clavar una sombrilla ahí. Pero te la suda.
—Que no seas gilipollas y mires a la carretera y ve más despacio.
—Miraré adonde me dé la gana, y correré lo que me salga de los cojones, ¿me vas a enseñar tú a conducir?
—Pues para, que yo me bajo, y el “mierdaniño” se baja conmigo.
—¿Cómo que pare? ¿Cómo que te bajas? No, tú llegas a casa conmigo. Y el “mierdaniño” también.
—O paras en la cuneta o me tiro en marcha. Tú verás.
—Mira, que te den, haz lo que quieras. O sea, me cabreo porque me dejas el coche hecho una mierda y al final eres tú la ofendida. Manda huevos. No te puedes imaginar cuánto te odio.
—Gracias, yo también te odio mucho.
El coche se detiene en la cuneta, la mujer y el “mierdaniño” se apean. El hombre acelera a más no poder transmitiendo su enfado al manejo del vehículo. Las ruedas emiten humo y chirridos de rallye. “Tontopolla”, piensa ella, y luego le regaña a su hijo por olvidar la gorra en el asiento.
Varios kilómetros más adelante, el coche vuelve a detenerse en un pueblo. Queda bien aparcado y el conductor se baja y se dirige a un bar que se asoma a la carretera. De pronto, se siente muy bien, extremadamente bien, la polla de bien. Algo que no controla y que no sabría identificar le induce calma y sosiego y alegría de vivir. Ni rastro de odio. Sabe que está en Sopalmo porque ha pasado muchas veces por esa ruta, pero no sabe que Sopalmo es el pueblo de la gente feliz. Eso todavía lo ignora. Una muchacha que le recuerda a su esposa cuando era joven se acerca a su mesa y le pregunta qué va a tomar.
Un cóctel de analgésicos, piensa él, pero se pide una cerveza de tres cuartos de litro. Tarde o temprano, su esposa y su hijo pasarán por ahí y él ha decidido esperar tan ricamente.
A pesar de toda la movida de la arena y de parar en la cuneta precipitadamente, se siente extrañamente bien. Como si todo estuviera al fin en su sitio natural. No siente ningún dolor, ningún malestar y el Universo parece organizado para que su vida sea un lugar apacible. Se fija en la camarera que le recuerda a su esposa de joven. Joder, qué buena está, masculla entre sorbo y sorbo, me la follaría aquí mismo, sobre la marcha. Su esposa y su hijo están tardando mucho, pero ni tan mal, no tiene ninguna prisa y se pide el segundo tercio. La camarera se lo trae al instante con una tapa de pulpo seco. Y para que el cliente sitúe la tapa en su debida importancia, le dice que el pulpo del que procede esa pata fue cazado en una de las playas de la Granatilla, a tiro de piedra de allí. A él le importan muy poco las playas y sus nombres pero la camarera le interesa mucho. De modo que prolonga la conversación con preguntas. Del tipo, ah, sí, ¿y dónde está esa playa?, ¿y por qué se llama de las granatillas?, ¿hay granatillas en la arena?, ¿y cómo te llamas tú?
La camarera, mientras responde, le coge la mano para parecer más sincera, y este sencillo gesto de humanidad averigua en él hormonas sexuales. Así que cuando ella le pide que la siga a la cocina para enseñarle el famoso pulpo, él camina tras ella incluso sin mascarilla, casi babeando. Se siente tan feliz que va imaginando un polvo entre harina y platos sucios, como si la camarera fuera Jessica Lange y él, Jack Nickolson. Acto seguido, se deja degollar por ella con sumo placer. Y esa forma de morir le parece la más feliz de todas las posibles. Mientras se desangra y muere, la camarera le da las gracias por morir tan “felicico”, porque la felicidad es un componente esencial para que las barbacoas generen ese ambiente que solo las barbacoas pueden generar. FIN.
Epílogo:
La mujer y el “mierdaniño” llegan a Sopalmo extenuadas por el calor del sol y por las cuestas. No ven el coche aparcado porque alguien lo ha quitado de en medio. De pronto, ni las impertinencias de su marido ni la posible insolación de su hijo le importan lo más mínimo. Solo quiere ducharse y descansar en una cama decente.
Se sienta en la terraza del bar y pide un botellín de agua y un Aquarius. Se saca el móvil del bolsillo y llama a su marido. Nadie responde. Pero se está bien allí. No lo puede negar. La camarera se acerca y, sin que nadie le pregunte, le dice que disponen de habitaciones libres y que esa noche celebrarán, como todas las noches, una fiesta y una barbacoa. Ella sonríe como diciendo, pues lo mismo me quedo.
Caracol Romera.
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