miércoles, 25 de noviembre de 2020

KERIDO ODIARIO: TRES VECES

 A la larga, odiamos 

lo que usualmente tememos. 


William Shakespeare



Ni dos, ni cuatro...tres veces.

Quiero terminar la clase de hoy hablándoles de un fenómeno denominado “distorsión de memoria”.  

Se trata, básicamente, de un fallo en el cerebro en el que se mezclan la repetición y la asunción de ciertos hechos. Los comunicadores, los políticos y, por supuesto, el mundo de la publicidad utilizan este sistema continuamente.

—¿En los anuncios de televisión, por ejemplo?

—Buena apreciación, señor Martínez. Efectivamente, es un método que utilizan a menudo en la publicidad tanto televisiva como radiofónica. Repetir tres veces la misma idea en un corto período de tiempo. La primera vez puede que no la oigas, la segunda quizá ni la entiendas pero al escucharla por tercera vez, esa será la que te llegue. En ese momento, tu subconsciente la memorizará por completo y la asimilará como verdadera y…se nos ha acabado el tiempo. 

Mañana continuaremos donde lo hemos dejado. No olviden repasar los temas cuatro y cinco porque la próxima semana tendremos un examen. No, no me lloren. Les aseguro que les resultará muy sencillo. Si tienen las ideas claras, por supuesto.

Me despedí de mis alumnos y me dispuse a salir a la carrera, como de costumbre.

Aunque parece que las cosas se van colocando en su sitio, todavía me queda bastante para rehacer el caos en el que se ha convertido mi vida. Menos mal que mi hijo ya es un poco más autónomo y ya no me necesita pegada a él todo el día. Por cierto, voy a llamar para avisarle de qué llegaré tarde.

—Hola, mi amor, ¿ya estás en casa?

—Sí, mamá. No hay nada comestible en la nevera.

—Lo sé, cariño. Lo siento pero es que no me da la vida para todo. Pide una pizza y yo llegaré en cuanto pueda. Aún me quedan recados por hacer.

—¡Jolín, mamá, siempre igual!

—Venga, no seas protestón. En cuanto llegue hacemos algo juntos. ¿De acuerdo?

—Vale. Te quiero, pesada.

—Yo también te quiero, tonto.

No había terminado de guardar el móvil en el bolso, cuando alguien me agarró del brazo arrancándome de mis pensamientos.

—¡Tenemos que hablar!

Era el imbécil de mi exmarido. Le está costando entender que nos estemos divorciando. Le pedí que me soltara pero me sujetó aún con más fuerza.

—¡Hemos terminado, no tenemos nada de qué hablar! —grité, intentando zafarme, al mismo tiempo.

—¿Por qué no podemos seguir juntos? Yo te quiero. Te quiero sobre todas las cosas.

—¡Tú no sabes lo que es amar! Solo hay una persona a la que quieres y es a ti mismo. ¡Suéltame! ¡Te odio, me oyes! ¡Te odiooo!

El tiempo se detuvo durante un instante eterno. Sacó un cuchillo del bolsillo y, mirándome fijamente a los ojos, me lo clavó en el estómago mientras gritaba:

“¡Si no eres mía no serás de nadie, zorra! ¡Estás muerta! ¡Muerta! ¡Muer...!”.

Mientras me derrumbaba, en lugar de intentar taponar la herida, me tapé los oídos. Pensé que si conseguía no escucharla por tercera vez, aquella idea no se grabaría en mi cerebro como una irremediable certeza.

Me quedé en aquel callejón en compañía de mis sombras repitiéndome a mí misma: Vivirás, vivirás...


The Nuevo.





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