jueves, 6 de mayo de 2021

TRATAR A LA PUTACHUSMA

El odio es una tendencia a aprovechar todas 

las ocasiones para perjudicar a los demás.


Plutarco




Aparcar ocupando dos plazas es el típico comportamiento de un putachusma y mi vecino lo es. Desde que se compró el coche nuevo, como quien no quiere la cosa, aunque posea un garaje en el edificio, él siempre lo deja en la calle, bajo su ventana. Y siempre pilla dos sitios de aparcamiento, como insinuando que su vehículo es tan grande que requiere más metros de acera que los demás. De acuerdo, es un coche grande, de alta gama, pero no necesita restregármelo por las narices todo el rato (pues no me queda más remedio que verlo desde la ventana de mi salón), para disfrutarlo sin ambages, ni obligarme a encontrar un aparcamiento muy lejos de mi casa. Las más de las veces en las lindes de Villatomarporculo de Arriba, que se dice pronto. 

Vaciar el cenicero del coche junto al coche en vez de hacerlo en una papelera pública también es putachusma. Esta misma mañana lo he visto con mis propios ojos, en un semáforo. Recuerdo que al mirar a estribor mientras esperaba el verde, pensé que el muchacho que ocupaba el asiento del piloto en el coche de al lado era sin duda un claro espécimen de putachusma, con sus espeluznantes tatuajes escritos en el hombro izquierdo, su pelo rapado al cero, su barba de tres días, la agresiva línea de sus músculos, la música a todo trapo y la imponente dama que le acompañaba, rubia, tatuada también y extremadamente hermosa, como una flor virgen en las fauces de una hiena. 

De repente, del vehículo que les precedía se abrió la puerta de babor. Unas manos se asomaron y había un cenicero en ellas. Dentro del cenicero, yo diría que cuarenta o sesenta colillas así como una tonelada de ceniza. Cuando toda esta molicie acabó en el asfalto, la puerta volvió a cerrarse pero el semáforo seguía en rojo. 

Sin encomendarse ni a dios ni al diablo, el putachusma tatuado se apeó de su Seat León y se dirigió tranquilamente al Audi de delante. Se encaramó de un salto en el capó, se abrió la bragueta, sacó la picha y meó sobre el parabrisas, incluso se la sacudió un poco para no mojar los calzoncillos con las últimas gotas. Justo cuando volvió a su asiento, reverdeció el semáforo y todos seguimos con nuestras vidas, excepto el conductor del Audi que se quedó perplejo sin saber explicarse qué demonios había sucedido.

Al llegar a casa, pensé: “¡Qué coño!”. Había recibido una revelación. Solo un putachusma sabe tratar a otro putachusma aunque pertenezca a otra categoría. Me anillé el rallador de coches en el dedo corazón y lo restregué con saña por toda la superficie del BMW de mi vecino. Además, usando el cuchillo de pelar ajos, le rebané los cuatro neumáticos y, para rematar mi venganza, decidí regalarle mi epifanía hecha frase pintándola con espray de color rojo en el lateral de su, hasta ese momento, precioso vehículo: “Solo un putachuma sabe como tratar a un putachusma”. 

Porque, en verdad, tender la ropa desnudo para que la chica que vive enfrente te vea, perseguirla por la calle, enviarle flores y escribirle cartas, enamorarte de ella sin su permiso y masturbarte en la terraza todos los días, cuatro veces al día sin dejar de pensar en ella, es igualmente de ser un jodido putachusma; lo reconozco. Pero aún es más verdad que eso me ha permitido responder a mi vecino como se merecía.


Caracol Romera.




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