miércoles, 3 de marzo de 2021

KERIDO ODIARIO: MADRID

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris

Nescio, sed fieri sentio et excrucior

Odio y amo. Quizás te preguntes por qué.

No lo sé, pero así ocurre y me torturo.

Catulo




“Odio su desorden y su condición de impredecible”, escribió Manuel de Lorenzo en un artículo publicado en “El Progreso” el 13 de Enero de 2018.

Mi odio empezó en el Manzanares, ese río tan bonito que cicatriza Madrid con un gran bosque ripario. Desde que bajaron las esclusas, se formaron islas y la vegetación se apoderó del espacio y muchas aves encontraron en ellas su medio de vida y su lugar en el Mundo. Los peces remontaron la corriente, el agua fluía pizpireta y cantarina, y la gente de la tercera edad, como una servidora, descubrimos nuevas formas de entretener la mirada.

En una ocasión leí que alguien había avistado una nutria a la altura del Puente de Segovia, así que me pasé horas, días enteros, buscándola sin parar. Salía de casa por la mañana con un bocadillo y una cantimplora y no regresaba hasta que la oscuridad me impedía seguir mirando.

Soy una gata madrileña de largo pasado, los padres de mis dos abuelos y de mis dos abuelas ya eran de aquí, y hubo una descendencia de madrileña endogamia hasta llegar a quien suscribe. Que yo sepa, ningún miembro de mi familia muerta odió nunca a esta ciudad como la odio yo ahora.

El hecho de no encontrar a la supuesta nutria me provocó una frustración enorme que acabó derivando en puro rencor. Durante los largos minutos que me pasé asomada al río imaginaba ese mismo paisaje pero sin diques, sin hormigón, sin el runruneo del tráfico y sin el alarido de las sirenas de la policía y de las ambulancias. Y era un paisaje esencialmente apacible, donde nada se movía con prisa. Me daba la vuelta, miraba a la gente y todo quisqui respiraba urgencias: bicicletas, patines, neumáticos, zapatos, insectos, hormigas, perros y hasta los pájaros volaban a velocidades supersónicas. Las cosas se desplazaban tan rápidamente que era difícil descifrarlas, infinitamente más rápido que los latidos de mi propio corazón. Y sentía mucha pena y mucha rabia de ver a toda esa pobre gente acelerada como si el Apocalipsis en persona fuera a caer sobre ella si llegaban tarde a donde quisiera que estuvieran yendo. ¿Acaso hay derecho a que las criaturas vivan agónicas para evitar la condena eterna?

Quisiera proponer un ejemplo cuya relación con este odio me llegó mientras contemplaba el Manzanares en busca de la maldita nutria. ¿Qué hay de la siesta? Por el amor de Dios, mi marido murió con 53 años como consecuencia de una tremenda deuda de sueño. Lo sé porque eso fue lo que nos dijo la doctora que le atendió durante sus últimas semanas de vida.”Usted, lo que necesita únicamente es dormir”. “Pero, ¿cuándo?”, le preguntaba él, y luego, en la calle, me decía, “solo los muertos duermen por estos andurriales”. Y añadía discursos del tipo, “si duermes en Madrid, te pierdes Madrid, la capital más hermosa del planeta”.

Perderse Madrid significaba no vivirlo con todas sus consecuencias desde la primera hora del día hasta la última de la noche. Madrugadas brutales para llegar a tiempo al trabajo, un sandwich o un “túper” con lentejas, otros noventa minutos de Metro a la vuelta, y luego; que si las clases de trompeta del niño, que si el entrenamiento de la niña, que si falta leche, que si ir a pasear por la Casa de Campo....Un día sin nuestro paseo obligatorio por la Casa de Campo nos parecía pura purria. Porque se trata de un lugar maravilloso lleno de vida silvestre aunque no sea más que un parque. He visitado otros parque ubicados en grandes ciudades y, por muy bonitos que sean, ninguno tiene ni punto de comparación con este.

Acomodándonos a la rutina, mientras la niña entrenaba y el niño tocaba la trompeta, mi marido y yo, cogidos de la mano, rodeábamos el lago o nos perdíamos primorosamente por nemorosos senderos plagados de vegetación. La verdad es que todos los recuerdos que conservo asociados a la Casa de Campo son gratos. Porque luego llegaban los fines de semana y la mejor manera de aprovecharlos era organizar picnics con nuestras amigas. Cervecita, jamón y tortilla de patatas. Contábamos conejos y recogíamos bellotas para sembrarlas en otros lugares y en macetas, y nuestro asombro nunca cesaba al contemplar toda esa naturaleza estricta en medio de una urbe, como si no nos fuéramos a morir mañana o el año que viene, como si el infinito estuviera condensado en las hojas caídas de un quercus.

Cuando el estado de mi marido empeoró, la doctora fue tajante, ni fármacos ni baja laboral ni sandeces: siesta. Y la verdad es que el hombre, pobrecito mío, lo intentó durante varias semanas. Pero, claro, solía llegar del trabajo a eso de las ocho de la tarde, noche cerrada en invierno, y dormir una siesta a esa hora, sin que entrara luz por las ventanas, le producía un cuadro de ansiedad acongojante que claramente empeoraba su salud. Una tarde, de regreso a casa, se quedó dormido en el Metro y ya no despertó más. Como todos los días, cogió la línea verde en Canillejas, en Alonso Martínez hizo un transbordo a la línea azul, supongo que se quedó dormido antes de llegar a la estación del Lago, y no se bajó en Batán. Levantaron su cadáver en la estación Puerta Sur, lo que no deja de ser irónico porque, de no haber amado tanto a este conjunto de casas, edificios y personas, tal vez habría conseguido dormir la siesta en Cádiz. Solíamos pasar las vacaciones en Zahara de los Atunes y nos encantaba el Sur. Una vez le pregunté; “si no fueras madrileño, ¿de dónde te gustaría ser?” “Pues de Cádiz”, respondió, “o de más al Sur ni pollas”. O sea, de Marruecos. Y añadió; “pero, mira, en todas partes se jode el mundo”. Porque la siesta no está asociada a lugares concretos, como se suele pensar, sino a biorritmos corporales, que a su vez están asociados a una actitud vital determinada. La doctora nos aseguró que la siesta aumenta la calidad de vida porque disminuye la tensión y el riesgo de infarto mientras aumenta los recursos del sistema inmunológico y ayuda en la digestión y en la prevención del cáncer. Textualmente dijo, “Aunque Madrid sea la capital de España, una capital europea, se puede habitar como quien habita un pueblo, y en los pueblos, que yo sepa, siempre se duerme la siesta”. Desde luego, en verano, en Zahara de los Atunes, la dormíamos todos los días mientras nuestras hijas permanecían neutralizadas por la tele, o, con más edad, por los móviles, aparte de eso éramos incapaces de contradecir dicha afirmación, aunque nos pareciera un estereotipo, porque no habíamos hablado con las vecinas y los vecinos de todos los pueblos de España para saber si dormían la siesta a diario.

Pero era verdad, Madrid es una capital y al mismo tiempo está formada por un conglomerado de pequeños municipios reconocible en los distintos distritos e incluso en los barrios. Entonces, podemos hablar del pueblo de Lavapiés, del pueblo de Malasaña, del pueblo al Oeste de la calle Toledo, de Caramuel, del Alto de Extremadura, Chueca, Chamartín, Chamberí, Tetuán, Tejares, San Fermin... Uno de Lavapiés podría decir; “primo, me voy de viaje”, el primo le preguntaría; “a dónde”, y él responder “a Arganzuela” y quedarse tan pancho.

Conozco a parroquianos que no han salido del barrio en toda su vida nada más que para renovarse el carnet de identidad. Y ahora, gracias a la iniciativa y a la presión de los ecologistas, hay una fauna de peces, aves y nutrias en pleno centro. Bueno, lo de las nutrias es un decir, porque yo nunca las he visto, y eso es suficiente para que el odio me obligue a reconocer que amo esta ciudad.

Caracol Romera.



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