jueves, 11 de febrero de 2021

KERIDO ODIARIO: A PROPÓSITO DEL ODIO

Los odios no juramentados y ocultos 

deben de temerse más 

que aquellos declarados abiertamente. 


Cicerón


Lo primero que sentí al despertar fue odio, un odio cargado de terror y universalidad. Me odié personalmente por despertar tan temprano y odié a la persona pizpireta que con su voz cantarina se asomó a mi almohada para anunciar a gritos con la cadencia de la megafonía del Metro que eran las siete y media. Por el amor de Dios, ¿qué necesidad hay de cantar tan temprano? ¿Qué necesidad hay de ser o parecer feliz al alba? Porque yo, lo primero que siento cuando despierto tan temprano es un odio genocida y un deseo muy explícito de acabar con la raza humana.

No obstante, arrugué mis sentimientos porque no me quedaba más remedio que levantarme, y me puse a fumar compulsivamente para que se me pasara el mal rollo antes de ir a la oficina.

Esa mañana, toda la putachusma de Madrid había decidido tomar el mismo camino que yo. A través del bluetooth del coche encendí la grabadora del móvil y fui registrando las matrículas de los vehículos que cometían imprudencias en los túneles de la M30 con la intención de amedrentarlos cuando llegase a mi despacho y encendiera el ordenador. Investigaría una a una todas esas matrículas porque sé que es muy difícil tenerlo todo en regla. Hay tantas normas y tantos requisitos no solo para conducir sino incluso para respirar que resulta prácticamente imposible cumplirlas todas al cien por cien. Por cualquier mínima cosa irregular que les encontrara, se iban a cagar del susto.

La primera matrícula que consulté era la de un Toyota que me adelantó por el carril de la derecha para pasar luego al de la izquierda sin intermitente y obligándome a dar un frenazo y un bocinazo. Así es, si no hubiera tenido una reunión aprimera hora, habría seguido a ese cabrón hasta darle alcance, obligarle a detenerse y bajarse del auto para partirle la cara a hostias.

Resulta que pertenecía a un tal Sebastián Figuelduero, residente en el mismo edificio que yo, en realidad, en la misma planta del mismo edificio. De hecho, la puerta de su casa se encontraba justo enfrente de la mía. Puta madre, pensé, miel sobre hojuelas. Conocía a ese mamón de odiarlo desde la primera reunión de vecinos a las que asistí. No intervenía ni sé lo que votó, sencillamente, me cayó mal en cuanto lo miré durante varios minutos. Apenas me había cruzado con él un par de veces en el rellano y en el portal, pero nunca le había prestado la atención que le presté entonces. Hacía un gesto repetitivo con la cara y con la boca que era propio de un babeo continuo y el hijoputa vestía vaqueros de pitillo aunque rondara los cuarenta. Hay una gran diferencia entre los hombres que se visten con pantalones de pitillo que se apoyan en los tobillos provocando arrugas en el pernil y aquellos que usan pantalones de caída libre. A los del primer grupo habría que cortarles las piernas para que no inciten al odio allá por donde caminan. Por consiguiente, ya odiaba al conductor del Toyota mucho antes de su temeraria maniobra en los túneles de la M-30.

En su expediente aparecieron varias multas todavía no reclamadas. Una por pasarse del tiempo de estacionamiento en una zona verde; otra, por estacionar en un espacio reservado a personas con movilidad reducida; una tercera por circular sin la ITV al corriente; y la cuarta por llevar el parabrisas sucio y las escobillas del limpiaparabrisas, desgastadas. Todo ello en un margen de dos meses. Genial, ya me encargaría yo de darles preferencia en la listas de pendientes.

Como no disponía de pruebas de su actitud al volante de esa mañana en ese punto concreto, decidí consultar las cámaras de la carretera. Si yo tomé la salida de Córdoba y él siguió avanzando, era probable que hubiera salido en la A3. Conecté la cámara que enfoca la boca del túnel, accedí a su memoria y busqué la hora. Si el incidente ocurrió a las 8:13, aparecería alrededor de las 8:18. Rebobiné hasta esa hora y ese minuto y la espera no duró ni un cigarrillo. Allí estaba, el mismo Toyota rojo que por poco se estampana conmigo y con otros conductores a las 8:13. Pero no observé nada raro en él, ni siquiera circulaba por el carril rápido. Sin embargo, un kilómetro más adelante aparecía de nuevo en tan solo veinte segundos, lo que indicaba que se había desplazado como mínimo a ciento ochenta kilómetros por hora. Hice una copia de los dos vídeos y me regodeé con la imagen de la notificación y con la parte sancionadora de la misma. La redactaría yo misma para darle rienda suelta a todo el odio que sentía hacia mese tipejo.

No obstante, no hice nada de todo eso porque congelé las imágenes de la siguiente cámara y pulsé el botón del zoom solo por curiosidad, y descubrí que era una mujer la que pilotaba.

Madre mía, ¿qué podía hacer salvo preguntarme quién era y por qué conducía de esa manera con un vehículo a nombre de Sebastián Figuelduero?

La única explicación posible era que estaba huyendo. Él la habría estado reteniendo, maltratando e, incluso, torturando hasta que ella consiguió escapar con las llaves del Toyota. Menudo hijo de la gran puta.

O bien le contaba toda la historia a la Guardia Civil solo para joderle o bien le jodía yo misma. Pasé el día dudando y meditando como debía proceder hasta que, a la mañana siguiente, mi marido volvió a despertarme con su odiosa voz cantarina. Estaba claro, de momento, mi repentina necesidad de matar a alguien no se materializaría en mi vecino.

Caracol Romera.







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