Las antipatías violentas son siempre sospechosas
y revelan una secreta afinidad.
y revelan una secreta afinidad.
William Hazlitt
De hecho, esta mañana intentó
levantarse tarde, a las diez y media o así, pero no pudo, por culpa de la costumbre,
a las siete menos cuarto ya estaba despierto. Bueno, vale, no importa, se dijo,
al menos dispondría de un tiempo muy agradable para retozar en la cama con su
esposa.
Lástima que su esposa no estuviera
allí. Intentó imaginarla desde el recuerdo de un olor sencillo, a través de sus
bragas, pero tampoco pudo. ¿Dónde diablos se habían metido las bragas? Putaperra.
Sandra, mecagontó. Se asomó al patio, efectivamente, allí estaban las bragas,
sobre el colchón de la perra, hechas cisco. El único objeto de ella que quedó
en la casa. Ella, la mujer con la que habría retozado esta mañana de no haberse
ido en Enero por motivos puramente personales.
Antes de irse, le dijo, si no te veo
nunca, si ni siquiera los fines de semana, si lo único que te importa es tu
mierda de trabajo, no me interesas. Él podía elegir, renunciar a su trabajo o
renunciar a la mujer amada. Pero le costaba enfrentarse a las renuncias, no
quería resolver conflictos, como en su mejor época de bohemio suicida, se quedó
quieto, guardó silencio, y la cagó. Ella
se fue y su perra, a la que nunca debería de haber dejado sola en casa, se
comió la única evocación onanista que le quedaba.
De modo que se sentía con derecho a
una tarde de completa armonía consigo mismo, con derecho al olvido, a una
especie de muerte pasajera que lo desconectase de todo lo humano, divino y
perruno que hay en el maldito mundo. Se merecía una borrachera de diazepanes y
whisky. Se los tomaría después de ese arroz tan aromático que se iba cocinando al
amor del fuego lento. Cuatro diazepanes y media botella de whisky, junto al
mando a distancia, el sillón, la chimenea y la tele, donde está a punto de
empezar una película que le interesa.
Su plan es emborracharse hasta perder
el sentido y despertarse no importa dónde ni cuándo, en el sillón, en el sofá,
en el suelo o mañana.Mientras apaga la lumbre porque el
arroz ya está en su punto, el grillo de un sms salta ruidosamente desde el
salón. Vallen Inclán en persona.
Una nueva reserva, para hoy mismo. Piensa,
hay que joderse. Deja el arroz en reposo y enciende la tableta mientras se
pregunta por qué no cerró ventas para hoy, su primer día de descanso en cinco
semanas.
Vale, una tal Fulanita de Pollas, dos
personas, cuatro noches y un putoperro. Desde que vive solo, odia a las
parejas, y desde que conoce a Sandra, odia a los perros.
Junto al comentario referente a la
mascota, otro, el de la hora prevista de llegada, las 15:30. Perfecto, como ya
son las 15:13, solo tendrá que esperar diecisiete minutos y listo. Mientras
tanto, cierra ventas y se asegura así de que no aparecerán más reservas
inesperadas.
A las 15:24 vuelve a vestirse y se
calza las memory form. Para disminuir la pérdida de calor, tapa la sartén con
otra sartén porque no hay tapaderas tan grandes en esa cocina. A las 15:35 se
asoma a la terraza. A las 15:36 oye el ulular del viento arrastrando cosas que
no sirven. A las 15:52 se apaga la chimenea.
Los huéspedes pueden llegar en
cualquier momento y él no desea que le pillen en pleno almuerzo ni en plena
siesta ni inconsciente. De modo que espera sobrio y con la mejor de sus
dentaduras. Al fin y al cabo, no es culpa de ellos. Solo han hecho una reserva
porque el sistema se lo permitía.
A las 16:34 llama al número del
teléfono de contacto. Nadie contesta. Se sienta en la terraza, se quita las
mémory form y los calcetines y dedica los siguiente dos minutos a cortarse las
uñas de los pies. A las 16:42 riega las macetas y les echa de comer a las
tortugas y a los caracoles. Vuelve a asomarse a la terraza. Calle desierta.
Acto seguido, se acomoda en el sillón para ver la película aunque sea empezada.
Piensa, nadie me va a joder el arroz por la mitad. A las 16:53 suena el titubeo
de un motor en la calle. Se asoma. Falsa alarma, una pequeña furgoneta junto a
los contenedores de basura. A las 16:58, el timbre de la puerta despierta sus
peores pesadillas de pánico y terror. Pero solo es una vecina, para pedirle en
inglés que quite el coche de ahí porque dentro de media hora llegará una
ambulancia para llevarse a Gunter a una residencia y ese es el sitio más
próximo a la casa del enfermo. Of course, claro que sí, agradecido incluso por
tener algo que hacer mientras espera.
Tres minutos después, vuelve a llamar
a Fulanita, cuyo verdadero nombre es Aurelia, Aurelita para los vecinos. Oh, lo
siento mucho, dice la dama, por la voz, calcula que rondará los cincuenta y
siete, en media hora llegamos sin falta, oye, es que hemos parado a comer por
el camino. Pues muy bien, aquí estoy.
Y piensa que si son las cinco y
veinte, a las seis habrá acabado todo. Así que aplaza el arroz y la borrachera de
nuevo y se dedica a matar el tiempo fregando los platos. Todos están sucios desde
mediados de Febrero y en todos ha almorzado y cenado al menos tres veces desde la
última vez que los fregó.
A las 18:46, su móvil se hace notar a
toda hostia. Grito de llamada, gallo, becerro,
pequeño elefante, putobicho abandonado. Se seca las manos. Unos segundos de
odio y… Aurelita. Lo siento, ¿te lo puedes creer?, ya estamos en Caracolia,
hemos parado a tomar café y hemos coincidido con nuestros vecinos de enfrente
en el mismo sitio, no teníamos ni idea, nunca los vemos allí y resulta que
venimos a Caracolia y son las primeras personas que encontramos, parece mentira,
siento mucho el retraso, ¿te importa que pasemos a recoger la llave dentro de dos
horas? Por supuesto que no. Eso sí, ya será de noche y el arroz estará más frío
y asqueroso que su puta madre, pero vale, claro, cómo no, incluso, de mil
amores. Y mientras pulsa el icono de colgar, piensa; ¡¡Putachusma!!.

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