miércoles, 16 de agosto de 2017

KERIDO ODIARIO: LA RESERVA

Las antipatías violentas son siempre sospechosas
y revelan una secreta afinidad.
William Hazlitt

Sábado por la tarde. Amarranamiento total y siesta de tres horas. La comida, sí señor, en la lumbre, a fuego lento. Una cerveza abierta, un pito caliente, una pantalla encendida. El fuego de la chimenea y el móvil, que lleva sin sonar casi veintinueve horas, ni llamadas ni mensajes ni whatsapp, nada, silencio absoluto. Un descanso merecido después de cinco semanas sin un solo día de descanso.

De hecho, esta mañana intentó levantarse tarde, a las diez y media o así, pero no pudo, por culpa de la costumbre, a las siete menos cuarto ya estaba despierto. Bueno, vale, no importa, se dijo, al menos dispondría de un tiempo muy agradable para retozar en la cama con su esposa.

Lástima que su esposa no estuviera allí. Intentó imaginarla desde el recuerdo de un olor sencillo, a través de sus bragas, pero tampoco pudo. ¿Dónde diablos se habían metido las bragas? Putaperra. Sandra, mecagontó. Se asomó al patio, efectivamente, allí estaban las bragas, sobre el colchón de la perra, hechas cisco. El único objeto de ella que quedó en la casa. Ella, la mujer con la que habría retozado esta mañana de no haberse ido en Enero por motivos puramente personales.

Antes de irse, le dijo, si no te veo nunca, si ni siquiera los fines de semana, si lo único que te importa es tu mierda de trabajo, no me interesas. Él podía elegir, renunciar a su trabajo o renunciar a la mujer amada. Pero le costaba enfrentarse a las renuncias, no quería resolver conflictos, como en su mejor época de bohemio suicida, se quedó quieto, guardó silencio, y la cagó.  Ella se fue y su perra, a la que nunca debería de haber dejado sola en casa, se comió la única evocación onanista que le quedaba.

De modo que se sentía con derecho a una tarde de completa armonía consigo mismo, con derecho al olvido, a una especie de muerte pasajera que lo desconectase de todo lo humano, divino y perruno que hay en el maldito mundo. Se merecía una borrachera de diazepanes y whisky. Se los tomaría después de ese arroz tan aromático que se iba cocinando al amor del fuego lento. Cuatro diazepanes y media botella de whisky, junto al mando a distancia, el sillón, la chimenea y la tele, donde está a punto de empezar una película que le interesa.

Su plan es emborracharse hasta perder el sentido y despertarse no importa dónde ni cuándo, en el sillón, en el sofá, en el suelo o mañana.Mientras apaga la lumbre porque el arroz ya está en su punto, el grillo de un sms salta ruidosamente desde el salón. Vallen Inclán en persona.

Una nueva reserva, para hoy mismo. Piensa, hay que joderse. Deja el arroz en reposo y enciende la tableta mientras se pregunta por qué no cerró ventas para hoy, su primer día de descanso en cinco semanas.

Vale, una tal Fulanita de Pollas, dos personas, cuatro noches y un putoperro. Desde que vive solo, odia a las parejas, y desde que conoce a Sandra, odia a los perros.

Junto al comentario referente a la mascota, otro, el de la hora prevista de llegada, las 15:30. Perfecto, como ya son las 15:13, solo tendrá que esperar diecisiete minutos y listo. Mientras tanto, cierra ventas y se asegura así de que no aparecerán más reservas inesperadas.

A las 15:24 vuelve a vestirse y se calza las memory form. Para disminuir la pérdida de calor, tapa la sartén con otra sartén porque no hay tapaderas tan grandes en esa cocina. A las 15:35 se asoma a la terraza. A las 15:36 oye el ulular del viento arrastrando cosas que no sirven. A las 15:52 se apaga la chimenea.

Los huéspedes pueden llegar en cualquier momento y él no desea que le pillen en pleno almuerzo ni en plena siesta ni inconsciente. De modo que espera sobrio y con la mejor de sus dentaduras. Al fin y al cabo, no es culpa de ellos. Solo han hecho una reserva porque el sistema se lo permitía.

A las 16:34 llama al número del teléfono de contacto. Nadie contesta. Se sienta en la terraza, se quita las mémory form y los calcetines y dedica los siguiente dos minutos a cortarse las uñas de los pies. A las 16:42 riega las macetas y les echa de comer a las tortugas y a los caracoles. Vuelve a asomarse a la terraza. Calle desierta. Acto seguido, se acomoda en el sillón para ver la película aunque sea empezada. Piensa, nadie me va a joder el arroz por la mitad. A las 16:53 suena el titubeo de un motor en la calle. Se asoma. Falsa alarma, una pequeña furgoneta junto a los contenedores de basura. A las 16:58, el timbre de la puerta despierta sus peores pesadillas de pánico y terror. Pero solo es una vecina, para pedirle en inglés que quite el coche de ahí porque dentro de media hora llegará una ambulancia para llevarse a Gunter a una residencia y ese es el sitio más próximo a la casa del enfermo. Of course, claro que sí, agradecido incluso por tener algo que hacer mientras espera.

Tres minutos después, vuelve a llamar a Fulanita, cuyo verdadero nombre es Aurelia, Aurelita para los vecinos. Oh, lo siento mucho, dice la dama, por la voz, calcula que rondará los cincuenta y siete, en media hora llegamos sin falta, oye, es que hemos parado a comer por el camino. Pues muy bien, aquí estoy.

Y piensa que si son las cinco y veinte, a las seis habrá acabado todo. Así que aplaza el arroz y la borrachera de nuevo y se dedica a matar el tiempo fregando los platos. Todos están sucios desde mediados de Febrero y en todos ha almorzado y cenado al menos tres veces desde la última vez que los fregó.


A las 18:46, su móvil se hace notar a toda hostia. Grito de llamada, gallo, becerro, pequeño elefante, putobicho abandonado. Se seca las manos. Unos segundos de odio y… Aurelita. Lo siento, ¿te lo puedes creer?, ya estamos en Caracolia, hemos parado a tomar café y hemos coincidido con nuestros vecinos de enfrente en el mismo sitio, no teníamos ni idea, nunca los vemos allí y resulta que venimos a Caracolia y son las primeras personas que encontramos, parece mentira, siento mucho el retraso, ¿te importa que pasemos a recoger la llave dentro de dos horas? Por supuesto que no. Eso sí, ya será de noche y el arroz estará más frío y asqueroso que su puta madre, pero vale, claro, cómo no, incluso, de mil amores. Y mientras pulsa el icono de colgar, piensa; ¡¡Putachusma!!.

Caracol Romera.








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