Cuando todos los odios han salido a la luz,
todas las reconciliaciones son falsas.
Anónimo
todas las reconciliaciones son falsas.
Anónimo
Bueno, me pasé dos meses estudiando
sus hábitos, buscando el mejor momento para actuar. Pero nunca estaba solo, es
lo que tiene la putachusma, que no sabe estar sola. Se retroalimenta de su
propia esencia. La identidad del grupo no es la de cada uno de sus miembros, no
es una suma de identidades, pero sí una identidad nueva, una identidad reforzada,
donde no caben debilidades ni empatías, cualquier duda encuentra su respuesta
en la simple unión.
Sí, no me importa reconocerlo, fue un
acto premeditado, llámelo alevoso si quiere, es la verdad. Lo preparé
minuciosamente y esperé el momento oportuno, y como el momento oportuno no
llegaba nunca, lo provoqué yo mismo. Me hice pasar por una señorita del face, lo
engañé, conseguí que confiara en mí, que se separase del grupo, que su
putachusma quedara reducida a un solo individuo. Es la misma técnica que
utilizan los leones y los lobos para cazar. He visto muchos documentales y sé
cómo se hace.
No, señor, la justicia no existe, no
podía confiar en ella. Hemos creado un sistema para protegernos los unos a los
otros, pero cuando el sistema no funciona o se colapsa o se contagia de
putachusma, que solo busca el beneficio personal, hay que protegerse a uno
mismo. Si el sistema no funciona a tiempo, no funciona de ninguna manera. Cuando
las mangas verdes siempre llegan tarde, lo único que podemos hacer es afilar
los cuchillos.
Claro que la llamé, tardaron como
cuarenta y siete minutos y veinticuatro segundos en aparecer, y no hicieron
nada, se limitaron a hablar con ellos sin más consecuencias. “No están
cometiendo ningún delito, me dijeron, no tienen la música alta y ningún otro
vecino se ha quejado”. Pues ya está.
No, lo siento, no recuerdo lo que
hice con él. Sé que lo utilicé para abrir la primera incisión, el resto fue a
mano. Al principio solo cabía un dedo por el agujero, pero la herida se fue
abriendo, y al final me resultó muy fácil sacarle los intestinos y el páncreas.
He olvidado lo que hice con el cuchillo. ¿Para qué lo necesitan si estoy
confesando?
Qué va. Tardó lo más grande en morir.
Yo no quería que muriera, lo juro, fue sin querer, por lo visto se desangró, y
eso que tuve mucho cuidado. Muerto no me servía de nada, muerto, ¿cómo se lo
iba a contar a sus amigos? Eso era muy importante para mí, que todos supieran
de qué va esto.
No, no los conozco personalmente,
solo de vista, de verlos pasar por delante de mi puerta a todas horas. Ya le
digo que la putachusma se retroalimenta de sí misma en una especie de implosión
endogámica. Por separado no son nada, apenas se les nota, parecen incluso
personas con un cierto grado de civilización. Pero cuando se juntan, la cosa
cambia, todos se transforman, dejan atrás cualquier resquicio de civismo y
humanidad y se vuelven putachusma.
Claro que sí, ¿cómo no iba a
conocerle si éramos vecinos de planta? Yo siempre le saludaba a pesar de todo,
más que nada por educación, porque yo siempre saludo a todo el mundo por mucho
que lo odie, incluso a Aurelita, que la odio a más no poder porque se pasa las
noches llorando y quejándose en voz alta y su piso es contiguo al mío; o a la
señora que limpia las escaleras, tan odiosa ella, con ese olor perpetuo a
detergente, pues también la saludo en vez de estampanarla desde el quinto; o al
mierdaniño que ya ha confundido tres veces el tercero con el cuarto y llama a
mi casa para que le abra la puerta del portal; o al viejo del segundo, que vive
con un putoperro, por Dios, ¿cómo se puede vivir con un putoperro?... Espere,
no he acabado, también odio mucho al hijoputa de la frutería, no puedo soportar
que siempre esté silbando El tiempo
pasará y otras mierdas similares a esas horas de la mañana, pero le digo
una cosa, le regalo un buenos días cada vez que entro en la tienda para comprar
plátanos. Así soy yo. Hasta el cartero recibe mis saludos aunque nunca jamás
traiga una carta para mí el muy hijo de la gran puta.
Pues la verdad es que no le dio la
vida para decir nada. Eso sí, justo antes de morir, no sé por qué, me miró y soltó
una palabra que me dejó intrigado, más que decirla, la gritó, pero más que
gritarla, la exhaló, porque apenas podía hablar, no sé de dónde sacó fuerzas
para llamarme a mí, no te jode, “putachusma”.
Caracol Romera.

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