martes, 15 de agosto de 2017

KERIDO ODIARIO: LA FIESTA.

Cuando todos los odios han salido a la luz, 
todas las reconciliaciones son falsas.
Anónimo

Sí, fui yo, lo confieso, no estoy arrepentido ni de lejos, lo volvería a hacer. Lo destripé con mis propias manos y esa plenitud fue lo más grande.

Bueno, me pasé dos meses estudiando sus hábitos, buscando el mejor momento para actuar. Pero nunca estaba solo, es lo que tiene la putachusma, que no sabe estar sola. Se retroalimenta de su propia esencia. La identidad del grupo no es la de cada uno de sus miembros, no es una suma de identidades, pero sí una identidad nueva, una identidad reforzada, donde no caben debilidades ni empatías, cualquier duda encuentra su respuesta en la simple unión.

Sí, no me importa reconocerlo, fue un acto premeditado, llámelo alevoso si quiere, es la verdad. Lo preparé minuciosamente y esperé el momento oportuno, y como el momento oportuno no llegaba nunca, lo provoqué yo mismo. Me hice pasar por una señorita del face, lo engañé, conseguí que confiara en mí, que se separase del grupo, que su putachusma quedara reducida a un solo individuo. Es la misma técnica que utilizan los leones y los lobos para cazar. He visto muchos documentales y sé cómo se hace.

No, señor, la justicia no existe, no podía confiar en ella. Hemos creado un sistema para protegernos los unos a los otros, pero cuando el sistema no funciona o se colapsa o se contagia de putachusma, que solo busca el beneficio personal, hay que protegerse a uno mismo. Si el sistema no funciona a tiempo, no funciona de ninguna manera. Cuando las mangas verdes siempre llegan tarde, lo único que podemos hacer es afilar los cuchillos.

Claro que la llamé, tardaron como cuarenta y siete minutos y veinticuatro segundos en aparecer, y no hicieron nada, se limitaron a hablar con ellos sin más consecuencias. “No están cometiendo ningún delito, me dijeron, no tienen la música alta y ningún otro vecino se ha quejado”. Pues ya está.

No, lo siento, no recuerdo lo que hice con él. Sé que lo utilicé para abrir la primera incisión, el resto fue a mano. Al principio solo cabía un dedo por el agujero, pero la herida se fue abriendo, y al final me resultó muy fácil sacarle los intestinos y el páncreas. He olvidado lo que hice con el cuchillo. ¿Para qué lo necesitan si estoy confesando?

Qué va. Tardó lo más grande en morir. Yo no quería que muriera, lo juro, fue sin querer, por lo visto se desangró, y eso que tuve mucho cuidado. Muerto no me servía de nada, muerto, ¿cómo se lo iba a contar a sus amigos? Eso era muy importante para mí, que todos supieran de qué va esto.

No, no los conozco personalmente, solo de vista, de verlos pasar por delante de mi puerta a todas horas. Ya le digo que la putachusma se retroalimenta de sí misma en una especie de implosión endogámica. Por separado no son nada, apenas se les nota, parecen incluso personas con un cierto grado de civilización. Pero cuando se juntan, la cosa cambia, todos se transforman, dejan atrás cualquier resquicio de civismo y humanidad y se vuelven putachusma.

Claro que sí, ¿cómo no iba a conocerle si éramos vecinos de planta? Yo siempre le saludaba a pesar de todo, más que nada por educación, porque yo siempre saludo a todo el mundo por mucho que lo odie, incluso a Aurelita, que la odio a más no poder porque se pasa las noches llorando y quejándose en voz alta y su piso es contiguo al mío; o a la señora que limpia las escaleras, tan odiosa ella, con ese olor perpetuo a detergente, pues también la saludo en vez de estampanarla desde el quinto; o al mierdaniño que ya ha confundido tres veces el tercero con el cuarto y llama a mi casa para que le abra la puerta del portal; o al viejo del segundo, que vive con un putoperro, por Dios, ¿cómo se puede vivir con un putoperro?... Espere, no he acabado, también odio mucho al hijoputa de la frutería, no puedo soportar que siempre esté silbando El tiempo pasará y otras mierdas similares a esas horas de la mañana, pero le digo una cosa, le regalo un buenos días cada vez que entro en la tienda para comprar plátanos. Así soy yo. Hasta el cartero recibe mis saludos aunque nunca jamás traiga una carta para mí el muy hijo de la gran puta.

Pues la verdad es que no le dio la vida para decir nada. Eso sí, justo antes de morir, no sé por qué, me miró y soltó una palabra que me dejó intrigado, más que decirla, la gritó, pero más que gritarla, la exhaló, porque apenas podía hablar, no sé de dónde sacó fuerzas para llamarme a mí, no te jode, “putachusma”.


Caracol Romera.








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