miércoles, 19 de septiembre de 2018

KERIDO ODIARIO: LA CENA DE EMPRESA

Cualquier muchacho de escuela 
puede odiar como un loco. 
Pero odiar, amigo mío, odiar es un arte.
Ogden Nash.

El primer “putachusma” se le escapó nada más salir a la calle. Perdió un poco el pie en la puerta del edificio por esquivar las muletas de su vecina Aurelita, que en ese momento estaba entrando, y pisó aquella mierda de perro. Una caca enorme de San Bernardo o algo peor. La mierda explotó bajo su zapato y lo invadió todo, incluso el calcetín y la pernera del pantalón. ¡Putachusma!.
Se limpió como pudo contra el tronco de un árbol y en el bordillo de la acera. Entonces sonó el teléfono. Mariadolores. La secretaria de su jefe, para preguntarle si ya había reservado mesa. No, no lo había hecho. Se sentó en el banco de una parada de autobús con el móvil encendido. Reservas on line. Nueve de la noche. Catorce personas. Cena de empresa. ¡Putachusma!.
 Acto seguido llamó a su esposa. Lo sentía mucho, lo había olvidado, abrirían esa botella de vino en otra ocasión. La primera botella que vino a solas en mucho tiempo. Siempre había hermanas y cuñados de por medio, y los propios hijos, arruinando cualquier conversación inteligente. Ahora, la cena de empresa. 
Se levantó y elevó el brazo derecho por encima de la cabeza. 
El taxista abrió la ventanilla educadamente para respirar aire que no oliera a mierda. O bien su cliente se había cagado encima o bien había pisado heces de perro. Dijo, ¿no le parece que los perros deberían estar prohibidos en las ciudades?. Él respondió que claro. 
En cuanto se sentó a la mesa, Mariadolores entró en su despacho y le informó de que a lo mejor serían más de catorce, puesto que las parejas también podrían ir. 
Tendrás que preguntarles a todos si traerán acompañante. 
Vale, dijo él, y añadió, dime si vendrá Baldomero. El marido de la secretaria de su jefe. 
Ella preguntó, ¿huele a mierda?.
O sea que sí. Ya sumaban quince. ¡Putachusma!.
Empezó a moverse por los pasillos de la empresa. Dieciséis, diecinueve, veinte, veintitrés…, veintisiete. ¿Veintisiete?. El doble de catorce son veintiocho. Llamó a su esposa de nuevo. 
¡Oh!, ¡mi vida! Cuánto lo sentía. De haberlo sabido, no habría quedado con Nono de Pollas, el artista emergente de la ciudad. 
Todas esas personas solo quieren follarte. Las que se apellidan de Pollas y cosas así. Pero no lo dijo, solo lo pensó. 
No importa, diviértete. 
Sería el único soltero en la cena. ¡Putachusma!.
En el fondo, entendía a su esposa, ¿a quién demonios le gusta asistir a una cena de empresa?.
A Baldomero por ejemplo, cómo no, el tío más baboso que había conocido en su vida. Una persona hosca y putrefacta que siempre estaba ahí, vigilando a Mariadolores a tiempo completo, en las cervezas de los viernes, en todas las cenas o aparcado en doble fila, esperando, atento, fluyendo tóxico de celos.
 ¡Putachusma!. ¡Putachusma!. ¡Putachusma!.


Caracol Romera.

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